Marcelo Rodríguez Arriagada: Presentación a “Carta de Louis Althusser a propósito de ¿Revolución en la Revolución?” (1967)


* Traducción: Marcelo Rodríguez Arriagada (Universidad de Chile, Conicyt)

La carta de Louis Althusser a Régis Debray, dedicada a su ensayo ¿Revolución en la Revolución?,[1] está fechada el 1 de marzo de 1967. Una copia de ésta llegó a manos del intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, a través del corresponsal de L’Humanité Jacques Arnault, con el objetivo de ser publicada. En su presentación a la carta de Louis Althusser sobre el Che, publicada en 1993 en la Revista Casa de las Américas (n°190, enero-marzo 1993), Fernández Retamar escribe:

 Arnault me la envió con carta suya del 20 de marzo en que trascribió el siguiente párrafo de otra a la que Althusser adjuntó su material: ‘te confío mi preocupación esencial: querría que el texto de mi carta a Debray fuera publicado en Cuba. Por supuesto, de preferencia en Casa de las Américas, con el acuerdo de Retamar, a quien te ruego saludar amistosamente de parte mía. Creo que sería útil… Me interesa mucho’. Respondí en abril a Arnault: ‘Como le explicaré en carta personal a Althusser, necesito hablar con Régis a propósito de esta carta antes de pensar en su publicación. Régis está ahora fuera de Cuba: tan pronto como vuelva hablaremos sobre este punto’. Yo sabía que Debray estaba en Bolivia, con el Che, pero por supuesto no era asunto para airearlo por carta. Sin embargo, cuando aquél cayó prisionero en Bolivia, y viajé a Europa, conversé de la cuestión en París, en mayo de ese año, con Althusser: ambos convenimos en que en las condiciones creadas por el encarcelamiento era improcedente publicar ese material, al que, además, el aludido no podría responder. Sin embargo, de vuelta a Cuba, ante comentarios aviesos en torno al ensayo/carta (hechos por quienes quizás ni conocían el texto, pensamos que después de todo lo mejor era a darlo a conocer precedido por un imprescindible chapeau que propuse a Althusser, recabando su opinión sobre él, así como sobre la conveniencia de publicar al cabo su texto. Tras el asesinato del Che, tal proyecto, como tantos otros, fue sobrepasado por los hechos”.

            A modo de complemento de la traducción de la carta a Debray, hemos transcrito la carta de Althusser sobre el Che, publicada como se ha indicado en 1993. Tras el asesinato del Che en octubre de 1967, la revista Casa de las Américas (número 46, enero-febrero de 1968), publicó una serie de trabajos dedicados a la figura de Che, entre los cuales debería haber estado la carta de Althusser, previamente solicitado. Como señala Fernández Retamar en su presentación, el escrito de Althusser (fechado el 25 de octubre) llegó en diciembre de 1967, en el momento en que el número de la revista ya estaba imprimiéndose, por lo que fue imposible incluirla: “pocos días después de recibir aquella carta, Althusser me escribió otra, fechada el 26 de diciembre, en que, como se leerá, me expresó su deseo de que no se publicara la declaración incluida en la anterior, que queríamos hacer, como se hubiera podido hacer, porque en el número 47 de Casa recogimos no pocos textos sobre el Che que recibimos tardíamente…”.

 

Carta de Louis Althusser a propósito de ¿Revolución en la Revolución?*

Querido Régis,

            He podido leer tu folleto: ¿Revolución en la Revolución? con el interés que adivinas. Pienso que contiene lo esencial de las tesis a las cuales hacías alusión cuando nos vimos en octubre en París. Es un texto notablemente claro, vivaz y apasionante-apasionado. No son solamente cualidades de forma, sino también, si entiendo bien, cualidades políticas. No sé cuáles son los textos públicos que tratan en Cuba o América Latina las cuestiones que planteas, pero dudo que tengan las mismas cualidades, y de hecho, la misma eficacia y el mismo alcance político.

            Sin embargo, esta lectura no me ha dejado enteramente satisfecho. Te digo enseguida que “puede ser” que este sentimiento se deba a una doble circunstancia: 1)mi ignorancia de las condiciones existentes en América Latina (no las percibo sino a través de tus antiguos trabajos por una parte y de algunos artículos que se pueden leer en Francia –Le Monde, Les Temps Modernes– y los discursos de Fidel que tratan de esas cuestiones; 2) las alusiones que contiene sin duda tu texto a tal o cual situación bien conocida de tus lectores, pero que  para mí quedan como cuasi letra muerta (en muchos pasajes de tu libro, pareces hacer alusión a acontecimientos o realidades que no he podido calar de parte a parte. Agrega a esta doble circunstancia todo lo que puede resultar de mis propios “reflexiones” (retomo tu palabra), de no estar en el asunto, estar entonces en el exterior, a las vez protegido y cegado por este “exterior”.

            Bajo estas reservas, quisiera hacer respecto a tu texto algunas observaciones que siguen aquí:

            Las agruparía bajo el comentario general siguiente: puede ser que tus tesis sean justas, pero tu texto no da verdaderamente la demostración positiva, se contenta en general en dar lo que se puede llamar una demostración negativa.

            Me explico: tú procedes por eliminaciones sucesivas de líneas políticas erróneas, sean oportunistas, sean espontaneístas (autodefensa armada, insurrección sindical trotskista, propaganda armada, etc.). En estos casos, se puede decir que tu demostración es convincente: haces intervenir argumentos y hechos a la vez incontestables y en orden también bastante convergente para dar a tu discurso la fuerza de la evidencia adquiridapor el razonamiento. He tomado muchas cosas al leer estos capítulos muy claros y muy bien argumentados. Es por esto que te digo que tus demostraciones negativas son buenas.

            El resultado de este proceder es así el poner de relieve un espacio teórico y político. Cuando se ha descartado tal o cual línea, no queda ya en la materia que se examina sino un cierto número de otras líneas (en tu caso, la vietnamita y la china), después de lo cual, si se las descarta a ellas también, no queda más que un espacio libre, que se podrá entonces llenar con una nueva tesis.

Pero no vayamos demasiadode prisa. Uno de los momentos más interesantes de  tu libro es aquel en el que examinas las tesis vietnamita y china. Las más interesantes, porque allí te  entregas a un examen comparado de las condiciones históricas de los países en cuestión. Es la naturaleza misma de la tesis que examinas para criticarlas la que te fuerza a este examen histórico de las condiciones propias de los países considerados. Antes, no habías tenido, por así decirlo, necesidad de tal recurso histórico. Te bastaba criticar las tesis y posiciones precedentes por sus propias contradicciones internas, las contradicciones de su sistema de proposiciones, para refutarlas: así la “autodefensa armada” –tal como la defines- es propiamente su concepto que la refuta (inmovilismo,  que implica un compromiso tácito con el enemigo de clase, o al contrario una vulnerabilidad extrema); así el insurreccionalismo permanente del trotskismo, es también su concepto que señala su condenación (el hecho de considerar a todo campesino y a todo obrero como socialistas por esencia, el hecho de creer que bastar una huelga general insurreccional para tomar el poder, en resumen la colocación del obrerismo sobre lo que sea – y en definitiva el antihistoricismo fundamental del trotskismo, su perpetua caída en la “metafísica”, etc.). Lo mismo vale para una cierta concepción mística de las relaciones entre el Partido y la guerrilla (en donde el Partido y su dirección se queda permanecenen la ciudad y dirigen la guerrilla de lejos, etc.). Ahora bien, en el caso de Vietnam y de China, tenemos que ver con  éxitos históricos, luego con realidades que lejos de ser condenadas por su concepto, son sostenidas por él, y que no se las puede entonces descartar por un simple análisis de las contradicciones de su concepto, como anteriormente (en particular no se puede decir que la Dirección de la lucha tiene por lugar de residencia la “ciudad” con todos sus riesgos…). No es entonces a causa de su concepto que las descartas, sino a causa de las realidades históricas a las cuales respondía adecuadamente este concepto. El nervio de tu argumentación deviene entonces: a otras, a toda otra realidad histórica, son necesarios evidentemente otros conceptos, otras tesis políticas. Es por eso que estás obligadoa comprometerte en un breve pero importante análisis comparado de las condiciones históricas respectivas. Cuando digo que estás “obligado” a comprometerteen este análisis de historia comparada, no quiero decir que lo haces a regañadientes. Quiero decir que tu objeto te ha obligado a seguir esta vía, que me parece la única vía fecunda, puesto que es en tal caso un objeto serio y verdadero.

            Pero dejemos aquí este punto, que volveremos a encontrar.

            He aquí precisamente el lugar de mis reservas, o en todo caso de mis interrogantes.

            Una vez despejado el espacio por estas críticas sucesivas (comprendidas  todas las últimas que acabo de mencionar), tú dices: no hay allí sino una sola vía, la de la guerrilla, es ella la que debe tener el rol principal, es ella la cadena principal, es sobre ella que es necesario poner el acento, es ella el partido político “in nuce” [en germen], etc. Dicho de otra manera, reemplazas el espacio que acabas de despejar, por una tesis positiva que lo va a ocupar. Lo que me interesa, es la manera cómo presentas esta tesis, cómo la demuestras. Es aquí donde interviene lo que decía anteriormente: la falta de una demostración positiva.

            Por supuesto, no ten contentas con pronunciar el nombre de la guerrilla, tú hablas de ella abundantemente. Sin embargo, hablas de ella de un modo particular (del cual voy a decirte una palabra) que, en fin de cuenta, no altera el sentimiento del lector de que la validez de la guerrilla está menos probada por ella misma que por la debilidad de las otras formas de lucha pasadas anteriormente examinadas, que ella se sostiene menos por sus cualidades positivas que por lo negativo de las otras formas. Te aseguro, querido Régis, al leer (y te he leído tan atentamente como mi “conocimiento” del español me lo permite, es decir tanto más atentamente…) que tu “solución” interviene en tu texto, digo bien: en tu texto, un poco como un “deux ex machina”, como una solución completamente hecha y completamente encontrada que basta aplicar para que los problemas más graves sean de golpe, y al menos en el principio, y por consiguiente también después, zanjados.

            Paradojalmente, la relación de esta solución con las condiciones históricas propias en América Latina pasa por la imposibilidad de otras soluciones… Desde luego, la validez histórica de esta solución no produce dudasrespecto de Cuba, puesto que la vía cubana ha pasado por la guerrilla descrita. Desde luego,se percibe que tras  tus afirmaciones sobre el rol de la guerrilla está la experiencia revolucionaria de Cuba, y su éxito. Pero este sentimiento no hace sino reforzar la impresión que describía hace un instante: la “solución” que  tu propones obtiene toda su fuerza no de una demostración positiva de sus cualidades, sino del fracaso de otras (por consiguiente de la demostración de su carácter negativo), y ella es propiamente sostenida en la existencia (teórica) por el peso y el prestigio de la Revolución cubana que, desgraciadamente para nosotros,queda siempre en la sombra, en segundo plano,  como un testimonio prestigioso que podrá hablar, pero que (salvo en algunas circunstancias: citas de Fidel y del “Che”, el ejemplo de la gran huelga, tal o cual otro ejemplo) se calla, en todo caso se calla acerca de las condiciones históricas de su éxito. Aún allí, este silencio puede ser un silencio para mí, ignorante como soy de la historia real de la Revolución Cubana. Este silencio puede estar pleno de alusiones y de lecciones para tus lecturas cubanas o latinoamericanas pero dudo un poco de ello al menos leer el prefacio de Retamar y tus declaraciones en Granma que insisten sobre el hecho de que la Revolución Cubana no ha sido verdaderamente estudiada y comprendida. El resultado de todo este conjunto de circunstancias es que la “solución” que nos presentas queda “en el aire”, carece de una demostración positiva, quiero decir: carece no solamente de una demostración conceptual (de la no-contradicción de su concepto), sino también de una demostración apoyada sobre un análisis histórico en profundidad.

            Quisiera hacerte percibir este vacío de dos maneras.

            En primer lugar, para entrar a este punto: el modo con el cual hablas de la guerrilla y la justificas no deja de de sorprenderme. Hay, manifiestamente, para ti, un concepto de la guerrilla, me atrevería a decir un concepto “puro”, que presenta la particularidad de ser “autosuficiente”, entendamos por esto: 1) por contener en sí el principio de todas sus determinaciones y 2) por resolver por sí mismo sus propias contradicciones. Este concepto “puro” no se sostiene, como toda “pureza”, sino por ser opuesto a un “contra-concepto” que lleva sobre él todas las impurezas. El concepto “puro”, es aquel de la lucha “en la montaña”; el concepto “impuro”, es aquel de la vida “en la ciudad”, y de sus efectos políticos clásicos (partido político urbano, centralismo democrático, congreso, deliberaciones, tendencias, conflictos, constitución laboriosa de diversos Frentes unidos, delegaciones y proclamaciones en el extranjero, etc.). Cualquiera que sea la emoción que se puede  sentir ante la abnegación y los terribles peligros de la existencia de los guerrilleros en las montañas, la fraternidad de sus combates, sus sufrimientos y sus sacrificios, no pienso, querido Régis, que se pueda traspasar todo esto directamente, como lo haces, a atributo políticos. No es la pura y simple virtud de la lucha en común para “sobrevivir” en cada instante del día y de la noche lo que da a la fraternidad del combate de los guerrilleros un sentido político. Que ellos lo “vivan” así, es evidente y necesario; pero lo que ellos viven viene además que de su simple reunión en lugares precarios donde todo se tiene que conquistar hora por hora, si no minuto por minuto, viene al menos de razones históricas objetivas que los ha reunido en esta existencia. Lo que dices entonces, en este contexto, del rol determinante de lo “psíquico” (lo “biológico”), de las “nuevas reflexiones”, de las nuevas “disposiciones del espíritu”, lo que dices también de este espectáculo emocionante de amalgama que produce la fraternidad de los combates, de estos Indios que terminan por mezclarse con las gentes de las ciudades que no hablan su lenguaje, y sobre todo lo que dices de la “fusión” de las clases obreras y campesinas bajo el efecto del acercamiento (aproximación) en una lucha militar común; lo que haces resaltar como poseyendo en suma  las condiciones de existencia absolutamente diferentes de las condiciones de vida en una ciudad (donde basta ir a la casa del carnicero para encontrar carne totalmente recortada, en la farmacia para encontrar medicamentos…) – todo esto, lo relacionas directamente con unconcepto de guerrilla capaz de dar cuenta de todos estos efectos, cuando estos efectos son ellos mismos, a través de las condiciones de vida en la lucha en las montañas, los efectos de otras condiciones más generales, aquellas precisamente que han permitido el nacimiento de la guerrilla, pero sobre todo su supervivencia, su desarrollo y su éxito eventual, es decir las condiciones históricas de un país capaz de darse una guerrilla y sobre todo de sostenerla hasta la victoria. Podría ilustrar la misma observación de varias maneras. En primer lugar, diciéndote que la fraternidad de los combatientes en los peores combates (de ello Barbusse ha sido uno de los primeros testigos en la Gran Guerra) no es suficiente  para producir ella misma efectos políticos (y tu reconoces el posible equívoco de estos efectos en el caso, que citas, de guerrillas que se pueden utilizar para fines políticos sórdidos, o de guerrillas que pierden el sentido de su combate en ciertas circunstancias dadas: son pues esas circunstancias las que son determinantes, son ellas las que haría falta analizar para descubrir la ley de las variaciones, es decir la ley de lo normal y de lo patológico de las guerrillas). Pero prefiero emplear un lenguaje  más abstracto al cual serás también  sensible. Diría que tu análisis del concepto de guerrilla es un análisis abstracto, en la medida en que analizas el concepto de guerrilla (y sus efectos) independientemente de las condiciones históricas de existencia de la guerrilla. No protestes: sé que este reproche puede parecerte excesivo. Pero por el momento, diría que haces bien al intervenir las condiciones de existencia de la guerrilla, desgraciadamente estas condiciones de existencia son las condiciones de la vida y del combate en la montaña, no son condiciones históricas, son condiciones ante todo naturales. En el análisis de las condiciones de existencia del concepto de guerrilla, tienes en cierto modo la tendencia a hacer un poco como Feuerbach (guardando las proporciones): es la naturaleza que allí ocupa el lugar de la historia. Esto no corresponde ciertamente a tus intenciones profundas, pero es así que no se puede evitar de leerte, y debo decir que esto no es sin cierta ironía que uno se recuerda, leyéndote, de tu excelente crítica de los trotskistas que se mueven en la metafísica fuera de toda historia. Tu análisis del concepto de guerrilla, y de su contra-concepto (la condiciones de vida en la ciudad, y sus efectos políticos) quedan para el lector completamente en el aire, como esencias suficientemente independientes de todas las condiciones materiales de la historia real para poder dar lugar a deducciones teóricas y a consecuencias prácticas.

            Sin embargo, las condiciones históricas reales no estántotalmente ausentes de tu análisis. Esclaro que, aún en tu exposición del concepto de guerrilla, las realidades de la historia de las guerras populares que has analizado, luego descartadas como “no correspondientes a las condiciones de lucha en América Latina”, actúan sordamente sobre tus argumentos, forzándote a poner en evidencia estas condiciones propias de América Latina. Sin embargo, allí donde tocamos, y estarás de acuerdo, el punto absolutamente decisivo, tu argumentación no está del todo a la altura de las exigencias de  la cuestión. No tomo sino un ejemplo. Repetidas veces, dices que las experienciasvietnamita y china son intraspasables  a América Latina, pues el revolucionario no puede estar en “el pueblo como un pez en el agua”… porque la densidad demográfica es ínfima. Allí todavía, me parece que es la naturaleza (la demografía esta vez) la que ocupa el lugar de la historia. No digo que este argumento no tenga valor, pero manifiestamente no puede ser el índice de las condiciones históricas, hacer las veces de ellas. Sabemos después de Marx que la demografía no se aclara por sí misma. En cambio, lo que dices de las condiciones en las cuales los partidos comunistas respectivos se han formado, y que rigen hoy todavía sus formas de existencia y de lucha, y sus defectos, he aquí que es más convincente, pues es mucho más histórica. Pero en este mismo caso, tu análisis está apenas esbozado, y en todo caso falta un análisis puramente político y, que lo que es más, no toca a la política sino por la existencia de estos partidos  (cuando la política sobrepasa de lejos a los partidos políticos). Se busca en vano en tu texto un análisis o el esbozode un análisis, o la indicación de la necesidad absoluta de un análisis que vaya al fondo de las cosas, es decir que toca a aquello de lo cual la política no es, como lo decía Lenin, sino el “resumen”, a saber, las condiciones económicas. Tú mencionas en alguna parte la necesidad de analizar las combinaciones específicas de los modos de producción presentes en América Latina, pero no vas desgraciadamente más lejos de esta mención, y es una lástima, pues allí está el punto absolutamente decisivo. Solo un análisis de estas combinaciones específicas puede en efecto permitir conocer las razones de las formas tradicionales propias  que han revestido en América Latina las luchas de clases, en particular este fenómeno clásico del dominio del ejército sobre el Estado, los “golpes”, los golpes de Estado, sin hablar desde luego de la historia tan particular de los partidos obreros y de la lucha sindical y estudiantil. No basta decir que las condiciones son diferentes, y medir esta diferencia a falta de otra maneratomando por término de comparación las condiciones propias de tales o cuales otros países (Rusia, Vietnam, China). Es necesario sobrepasar estas comparaciones puramente negativas, y entrar en el análisis positivo de las condiciones específicas de América Latina. Es necesario en particular evitar a todo precio esta enfermedad ideológica de la tradición política de América Latina, que considera que todo es pura y simplemente un asunto de política, esta enfermedad infantil de América Latina, que está bien lejos de haberla superado, que es el politicismo. Si comprendo bien tu crítica del comportamiento “urbano” e “internacional”de los partidos políticos tradicionales, ella apunta a los efectos de esta enfermedad infantil. Estos efectos,  los relacionas a una esencia, a un contra-concepto: las condiciones de la vida “urbana”(en ciudades artificialmente “infladas” por la existencia de una burguesía compradora ligada a la economía imperialista de EE.UU.).No hay “condiciones de vida urbana” en general: al contrario, hay ciudades históricamente determinadas, cuyas relaciones de existencia corresponden a las relaciones de clase nacional e internacional. No tienes sino algunas palabras al pasar por alto estas condiciones de clase, y está aún casi tentado, si mi memoria es exacta, de hacer pasar la frontera de clases entre la montaña y la ciudad. Sería mucho más fecundo y precioso emprender un análisis marxista de los agrupamiento urbanos en América Latina y ver qué efectos  de su estructura de clase, sobre la base de su posición económica muy particular, emanan de eso, a través de las “condiciones de existencia” en aquellas ciudades (que no son cualesquiera ciudades, ni de las ciudades en general), sobre las formas de lucha tradicionales, sindicales, políticas, incluidala tradición de los “golpes de Estado” con el auxilio del ejército, y sobre las esperanzas que ciertos partidos, hasta incluso los comunistas, han podido poner en estos “golpes de Estado”. Hay sobre este punto muy preciso una reflexión política muy profunda y justa de Fidel: no creía en el “golpe de Estado” militar, y toda la historia de las relaciones del ejército rebelde con los militares se explica por esta opinión  política extremadamente justa. La mencionas en tu texto, pero presentas esta opinión como una suerte de consecuencia de la naturaleza del concepto de guerrilla. Creo que el instinto y la inteligencia política de Fidel iban mucho más lejos. No es en función de la esencia de la guerrilla que él tenía esta reflexión aguda, sino a causa de la naturaleza histórica determinada de las relaciones que el ejército mantenía en Cuba con el poder político, relaciones ininteligibles fuera de un análisis de la situación de clases en Cuba, y especialmente en las ciudades.

            Y ya que estoy en Cuba y en Fidel, y a propósito de ellos puedo retomar las  mismas observaciones  precedentes. Retamar nos dijo que eres el primero en tener acceso a las fuentes y documentos de primera mano sobre la historia de la revolución cubana. No se encuentran sino algunos trazos en tu texto sobre (todo extractos de cartas de Fidel), y lo que citas no nos informa sino sobre los métodos preconizados por Fidel para la conducción de la guerrilla (aparte de una o dos excepciones). Esperamos otra cosa, tenemos necesidad de otra cosa, justamente para comprender lo que invocas a justo título: el carácter excepcional, sin precedente, de los caracteres y de las condiciones de la Revolución cubana. Es allí que esperamos que eventualmente rectifiques los análisis, los primeros análisis que han sido propuestos, de las condiciones que permitieron no solamente el desencadenamiento, sino también el desarrollo y el éxito de la rebelión y de la revolución conducidas por Fidel, entre los cuales el análisis de Arnault que por otra parte tú citas, para mencionar a la vez su interés y tus desacuerdos. Este libro existe. Es lo que es. No puedes contentarte con una introducción breve y declarar tu desacuerdo. Es necesario entrar en los detalles, y convencernos. Hay que hacerlo mejor. Una declaración no es una demostración. Para mí, y a través de los pocos documentos que nos das (retengo a este respecto  la actitud de Fidel frente 1) a la huelga general y 2) a los golpes de Estado militares), quedo convencido que hay allí materia de importancia  a descubrir, a condición de entregarse a análisis serios, minuciosos, y racionalmente conducidos, no solamente en el examen de las condiciones históricas específicas de Cuba y de su Revolución, sino también en el examen de la manera con la cual Fidel ha conducido las operaciones militares y ha dirigido la acción política. Estoy absolutamente seguro de ello, simplemente a partir de estos dos índices que tú mismo nos das (su actitud ante la huelga general y su actitud ante el ejército profesional). Te tomo la palabra seriamente: sí; tal o cual decisión de apariencia militar tiene un contenido y un sentido político. Es necesario descubrir este sentido y este contenido bajo la apariencia puramente “técnica” de las decisiones militares. Pero esto no es posible sino sacando a luz  lo que confiere a tal decisión aparentemente militar un sentido profundamente político: las condiciones económico-políticas de la formación social cubana de entonces.

            Es solamente sobre la base de esta confrontación de las condiciones económico-políticas por una parte y de las medidas militar-políticas por la otra (comprendidas las formasde organización de la lucha armada y política) que se podrá:

            1.- definir lo que constituye la especificidad propia de la experiencia cubana;

            2.- definir lo que constituye la situación de los países de América Latina en general y de tal o cual país en particular;

            3.- decidir la primacía de tal o cual forma de organización y de lucha, y de la necesidad de proponerla, imponerla, y extenderla.

            Sé bien que las circunstancias no permiten siempre hacer este trabajo con toda tranquilidad y en paz. Están las exigencias urgentes de la lucha. Pero a veces, lo sabes, es políticamente urgente tomar perspectiva, y entregarse  a los estudios delos cuales todo depende. Marx y Lenin nos han dado los primeros ejemplos, y puede ser que el “Che” por su parte esté siguiendo actualmente este ejemplo. Este tiempo tomado a la lucha puede en definitiva hacer ganar tiempo a la lucha misma. No hay ninguna duda a mis ojos que tú estás, a la vez por tu formación y tu información, y también por las cualidades de tu espíritu, en buena posición para ayudar a este trabajo indispensable.

            Una vez más, repito que puede ser que las tesis que defiendes en tu libro sean justas. Digo que incluso en función de la “vía corta” que has tomado, ellas no están demostradas positivamente. Queda por hacer esta demostración positiva. No nos hagamos ilusiones: esta demostración positiva no es un asunto de retórica, no se trata de mostrar al derecho lo que has refutado al envés. Se trata de ir a examinarcada una de las piezas, y si me atrevo a decir “en el terreno”, estas condiciones históricas determinantes, absolutamente determinantes, que están más o menos ausentes de tu libro. Se trata entonces de aceptar también el riesgo de tener que modificar, una vez hecho este trabajo, ciertas conclusiones, si hay lugar. Creo que es el deber de todos los intelectuales de la clase obrera y de la Revolución. Ellos reciben del pueblo en lucha una delegación de conocimiento científico. Deben cumplirla con el mayor cuidado, siguiendo el ejemplo de Marx que consideraba que nada era más importante para las luchas del movimiento obrero y sus combatientes, que el conocimiento más profundo y más riguroso, sacrificando su vida a ello.

 

Louis Althusser: Ante la muerte del Che Guevara

 

París, 25 de Octubre 67.

Querido Retamar:

            Recibí tu telegrama y tu carta. Te cablegrafié que estoy enteramente de acuerdo con tu proyecto de publicar mi carta a Régis, así como con los términos del chapeau. En efecto, las circunstancias lo imponen.

            Me sacudió la muerte del “Che”. Esa muerte trágica, el proceso de Régis y la suerte que le amenaza me producen un dolor y una interrogación lancinantes. No sólo un dolor, sino también una interrogación. Tú me entiendes.

            Me pides una página o algunas líneas sobre el “Che” para el número especial de casa.

            Lo que pudiera decir, como simple individuo, pudieran decirlo otros muchos, y ciertamente mejor que yo. No sólo todos los que conocieron al “Che”, sino también todos aquellos para quienes existió y existe, aún sin que lo conocieran: militantes y hombres del pueblo. Su testimonio es infinitamente más valioso y tiene más peso que el de un simple intelectual.

            Si es absolutamente necesario que me pronuncie (¿pero es absolutamente necesario?), lo haría como intelectual comunista, es decir, como intelectual que trata de ser ideólogo de la clase obrera (Lenin emplea esta fórmula), del que se espera, como de todos los revolucionarios concientes, que vea un poco más allá de su dolor y su emoción, en síntesis, que sea capaz de reflexionar sobre el ejemplo y sobre la muerte del “Che”.

            He aquí lo que diría, teniendo en cuenta la situación actual, si fuera absolutamente necesario que hiciera una declaración pública.

            “Como millones de hombres en el mundo, me sentí sacudido por la muerte del “Che” y las circunstancias de esa muerte, ocurrida en combate.

            Sabemos desde hace mucho tiempo que el “Che” no puede ser olvidado. Ahora sabemos lo que nos ha dejado: no sólo su vida, sino también su muerte, para que meditemos.

            Con su vida, el “Che” nos dejó un admirable ejemplo de conciencia, de voluntad, de coraje y de abnegación revolucionarios. Su muerte llama a todos los revolucionarios a cumplir con su deber: la Revolución.

            El “Che” nos deja una definición marxista-leninista de la estrategia general de la lucha de las clases revolucionarias en la América Latina: en su conjunto, la lucha revolucionaria de masas de la América Latina pasa y pasará necesariamente por la lucha armada.

            El ejemplo del “Che” impone a los revolucionarios el deber de no olvidar jamás la estrategia general que él definió.

            Pero la muerte del “Che” impone a los revolucionarios otro deber. Los revolucionarios deben sobrepasar su emoción, y cerrar sus filas. Los revolucionarios deben reflexionar sobre las condiciones de la muerte en combate del “Che”, sobre las condiciones de la lucha que llevan adelante. Deben profundizar sus conocimientos y sus reflexiones sobre las relaciones de clases existentes en América Latina, en escala nacional, y en escala internacional; sobre las formas concretas de aplicación, en cada caso, y en cada etapa de la lucha, de la estrategia general definida por el “Che”; sobre las tácticas particulares a poner en práctica que correspondan concretamente a cada caso y a cada momento.

            No se puede reflexionar concretamente fuera de la lucha. Como la lucha de clases es internacional, los revolucionarios del mundo entero pueden contribuir a definir una estrategia general, pueden comprenderla, apreciarla y aprobarla. Pero sólo los revolucionarios inmersos en la lucha en una región del mundo están en condiciones de reflexionar concretamente, pueden analizar objetivamente las relaciones de fuerza económicas, políticas e ideológicas de la lucha de clase que libran, para definir las tácticas adecuadas a su lucha.

            El “Che” deja a los revolucionaros, con su vida y con su muerte, ese gran ejemplo. Nunca dejó de unir la reflexión y la lucha. Puso al servicio de su lucha toda su inteligencia, toda su lucidez.

            Los revolucionarios seguirán ese ejemplo. Las condiciones en las que él luchó y murió imponen a los revolucionarios la tarea, indispensable para la victoria de su causa, de profundizar, en la lucha misma, el análisis de las relaciones de fuerza en las situaciones concretas de la lucha de clases, para definir las tácticas apropiadas a llevar a cabo, en cada caso, y en cada momento, según la estrategia general de la lucha revolucionaria en la América Latina.”

            He ahí, en términos generales lo que diría. Quizás el “Che” no hubiera estado de acuerdo con todas las formulaciones, pero esos desacuerdos parciales forman parte de la lucha por la que se sacrificó. Un verdadero canto fúnebre no puede dejar de ser al mismo tiempo una reflexión política, cuando lo que se conmemora es la muerte de un hombre político. Dicho esto, no te oculto que prefiero que no publiques nada mío. Pero si es absolutamente indispensable, y si este texto puede ser publicado, te lo doy.

            En cuanto al fondo de las cuestiones, al que simplemente toco de modo alusivo en esas líneas, he aquí mi sentimiento.

            La exigencia de la reflexión, del análisis, de la definición de tácticas concretas no implica poner en tela de juicio la estrategia general del “Che”, sino, por el contrario, realizarla. En su conjunto, la revolución en la América Latina pasa y pasará necesariamente por la lucha armada. Pero esta estrategia general es una estrategia general que, enunciada de tal forma, resulta abstracta. Ella exige su realización en las formas concretas de lucha, que correspondan, para cada país, al contenido de clase de cada momento de la lucha. Por tanto, se impone definir las formas concretas de organización, los objetivos concretos (en una lucha revolucionaria de larga duración esos objetivos varían con el desarrollo de la lucha, y las modificaciones en las relaciones de clase), las tácticas concretas y los métodos de lucha concretos que se correspondan con los objetivos concretos de cada etapa importante de la lucha de clase.

            Esas diversas definiciones (organizaciones, objetivos, tácticas, métodos, etc.) se basan a su vez sobre la estrategia general y sobre el análisis concreto, conducido de acuerdo con los principios de la teoría marxista, así como de las relaciones de clase económicas, políticas e ideológicas que existen en cada país, y en cada momento.

            Una estrategia general justa no es suficiente. Hacen falta organizaciones, objetivos, tácticas y métodos de lucha correctos y justos, que no se pueden definir sin los resultados concretos de este análisis concreto de las relaciones de fuerza que constituyen el estado presente, y las potencialidades de la lucha de clases en cada país, y en el conjunto de los países.

            Ahora bien, en lo que he podido leer del “Che”, y el libro de Régis, se encuentra una definición de la estrategia general, cuya demostración se basa sobre un análisis global de la lucha de clases; se encuentra también la definición de una organización militar, de su táctica y de sus métodos de lucha (la guerrilla), pero no se encuentra el análisis concreto sobre el estado de las fuerzas de la lucha de clases en cada caso.

            La guerrilla resulta el objeto de una simple afirmación, y no de una demostración basada sobre un análisis, o más bien sobre los análisis de clase concretos. Por otra parte, se trata de una organización única, encargada de todas las tareas, sin que su unicidad esté fundada demostrativamente en análisis concretos.

            En ausencia de análisis concretos, que en ese nivel lo deciden casi todo, en ausencia de análisis concretos de las relaciones de clases en las situaciones concretas, por una parte; en presencia de una sola forma de organización (que no es objeto de ninguna demostración basada sobre análisis concretos), por otra parte, se tiene la impresión de un corto circuito. De modo brusco se coloca la estrategia general en relación con una forma única de organización con táctica y métodos propios. En ese corto circuito desaparece un término importante: la definición de objetivos concretos (que implica necesariamente su carácter gradual como su cambio en función de los desarrollos de la lucha de clases). Se remplazan los objetivos concretos por un objetivo global, que es abstracto: la victoria de la revolución, la toma del poder. La ausencia de análisis concretos y la ausencia de objetivos concretos por etapas van de la mano de ese corto circuito de la estrategia general y de la organización única y de la táctica propia.

            Tú sabes que todo depende en definitiva de la validez de la tesis de Régis acerca de las relaciones entre la guerrilla y el Partido. Por dos razones: porque la tesis general de Régis es, como tesis general, discutible (que la guerrilla sea el Partido in nuce); y también, y sobre todo, porque la tesis de Régisreduce los problemas complejos de la lucha revolucionaria de masas a ese único problema: las relaciones entre la guerrilla y el Partido. Las cosas no son tan simples. Considerémoslas en orden de importancia creciente.

            1/ La tesis de Régis (relaciones entre la guerrilla y el Partido) concierne a la relación entre, por una parte, la organización militar de la lucha de clases revolucionaria y, por la otra, la organización política de la lucha de clases. Es una cuestión muy importante, pero no la más importante.

            2/ La cuestión más importante, decisiva en última instancia, no concierne a la relación entre dos organizaciones, sino a la relación entre la organización u organizaciones por una parte, y las masas populares por otra. Esta articulación entre una o varias organizaciones y las masas es capital, porque, como lo quiere[n] la teoría y la experiencia revolucionaria marxista-leninista, son las masas las que hacen la historia en última instancia.

            En una lucha popular como la que se desarrolla en América Latina es necesario, por tanto, tomar en cuenta las dos articulaciones y no una sola. Es necesario tomar en cuenta no sólo la articulación entre la organización de lucha militar (la guerrilla) y la organización de lucha política (el Partido), sino también al mismo tiempo la articulación entre las organizaciones de lucha y las masas populares. Y es preciso no perder nunca de vista que de estas dos articulaciones una es decisiva en última instancia (la articulación organización / masas) y la otra, a pesar de toda su importancia (y a través de todos los desplazamientos de la dominante), le está subordinada.

            Si se mantienen firmemente estos principios, que yo no invento, los cuales están inscritos con todas sus letras en la experiencia revolucionaria existente, de ellos se derivan importantes consecuencias teóricas y prácticas.

            Si se tienen en cuenta estas dos articulaciones, así como la primacía de la segunda con respecto a la primera, se advierte que el concepto de guerrilla no resulta adecuado para designar los caracteres de la lucha en su conjunto, los caracteres del proceso de lucha que, sin embargo, siempre está más o menos presente en la conciencia de los guerrilleros políticamente más formados. El concepto que reconoce la existencia e importancia de esas dos articulaciones es el concepto de guerra popular, con todas las exigencias que él implica. En la primera fila de esas exigencias: el pueblo. El pueblo son las masas populares. Las masas son el conjunto de clases y grupos sociales que están de un mismo lado en la lucha, contra el mismo enemigo. El contenido del pueblo varía según las etapas de la lucha de clase: según las etapas de la lucha, una clase o un grupo social dados se une al pueblo o lo abandona para pasarse al lado opuesto.

            De aquí se infiere que es preciso saber siempre qué es el pueblo, en cada momento de la lucha, dónde está el pueblo, cómo está constituido, qué quiere, de qué es capaz, etc. De ahí la necesidad vital de análisis concretos de la situación de las clases y de las relaciones de clase.

            Se infiere que ninguna organización puede vivir sin conseguir el apoyo del pueblo, por reducido que sea ese pueblo al inicio, sin tratar de obtener rápidamente el apoyo del pueblo. Por ello es preciso que la organización defina objetivos concretos, que corresponden a lo que quiere el pueblo, y sepa traducirlos en consignas concretas. Es sobre esta base que pueden emprenderse acciones, incluso por parte de la guerrilla. Sin objetivos populares concretos, que pueden obtener la adhesión del pueblo, o al menos de ciertas capas populares para desde ahí alcanzar a otras capas más amplias, la acción de las organizaciones es estéril, y ciertas organizaciones, que no pueden vivir sin el apoyo directo del pueblo, pueden desaparecer, o ser destruidas.

            Esto no quiere decir que hay que abandonar un solo instante el principio de la guerrilla. Lo que quiere decir es que en una guerra de clase prolongada como la que se prepara en la América Latina, hay que situar a la guerrilla en su justo lugar, en función de las dos articulaciones que he indicado, y no esperar milagros rápidos de una organización que es un elemento capital de la guerra popular, pero que sólo puede ejercer su función en un conjunto complejo definido, en que el estado de las masas en la lucha de clases desempeña el papel determinante en última instancia.

            Sé que a este esquema general (que no es más que un esquema) se le puede oponer el ejemplo de Cuba, donde las cosas no sucedieron de esa forma. En Cuba la guerrilla pasó con gran rapidez y una facilidad relativa de la simple guerrilla a formas de la guerra popular. Pero este resultado tiene causas específicas que merecerían ser analizadas: la situación de la lucha de clases en la misma Cuba por una parte, la coyuntura internacional por otra (los Estados Unidos no intervinieron), permitieron ese paso rápido y (relativamente) fácil. No es seguro que las cosas sucedan de la misma manera en los otros países de la América Latina. La situación interna de la lucha de clases puede ser diferente allí (hasta donde conozco, en Bolivia los campesinos tomaron posesión de las tierras al ocurrir la revolución del MNR; la consigna movilizadora de los campesinos, la consigna secular de los campesinos, ¡la tierra para los campesinos!, no podía desempeñar allí, a pesar de la atroz miseria campesina, su papel revolucionario); igualmente es distinta la situación de la lucha de clases en el plano internacional (los Estados Unidos intervienen ahora directamente, con métodos que, por el momento, desgraciadamente parecen ser relativamente eficaces). La coyuntura que permitió a la guerrilla cubana desembocar rápidamente en una forma de guerra popular (apoyo y participación activa de las masas) no existe quizás en ningún lugar de la América Latina. Es imposible pronunciarse sobre este punto sin análisis concretos. No es posible pensar, a priori, que la guerrilla desembocará rápidamente y por sus propios medios en una guerra popular.

            Si ello fuera así (y es posible que yo me equivoque, es posible que se hayan hecho análisis concretos), habría que pensar el papel de la guerrilla, indispensable, en función del proceso de desarrollo de la guerra popular, que amenaza ser una guerra prolongada. Si ello fuera así, las exigencias que indiqué (las dos articulaciones y sus consecuencias) deben tomarse en consideración para asignarle a la guerrilla no sólo su lugar de intervención en el espacio, sino también sus formas de intervención en el tiempo, y sus condiciones de intervención (mínimo de apoyo popular, perspectivas de un incremento del apoyo de las masas populares), al igual que los objetivos, las tácticas, los métodos concretos del conjunto de la lucha, en sus distintos momentos. Poner en primer plano el concepto de la guerra popular, con todas sus consecuencias, es reconocer el papel determinante de la segunda articulación (organizaciones / masas). Ello está en línea con todas las formas  de experiencia legadas por el movimiento obrero en las disímiles luchas que éste ha emprendido (tanto las frustradas por el fracaso como las coronadas por la victoria).

            Sé que es fácil decir estas cosas desde lejos y escribir frases sobre una hoja de papel. No tengo en forma alguna la pretensión de enseñar nada a nadie. No hago más que recordar principios probados, y probados por innumerables luchas, sea cual fuere la forma. Sólo me permito esta llamada dentro de los límites, extremadamente estrechos, en que un intelectual, que puede tener, al menos a través del estudio, acceso a las lecciones de esas experiencias de lucha del movimiento obrero, puede auxiliar con ello a compañeros que hacen infinitamente más que él, porque ellos sí están en la lucha en la que a menudo dejan la vida. Pero dentro de esos límites creo que es mi deber hacer esta llamada.

            Si juzgas útil dar a leer estas últimas consideraciones a compañeros responsables –o a uno de ellos–, lo dejo a tu buen juicio. Por mi parte, no dirijo lo anterior más que a ti.

Un abrazo.

Althusser.[2]

París 26 de diciembre 67

Querido Retamar:

            Sin noticias tuyas, ni por la Revista, ni por carta, después de tus llamados urgentes de octubre, y mis respuestas.

            Recibí el último No. de Casa.

            Si puedes no publicar nada, ni mi carta a Régis ni mi “página” sobre el “Che”, ello es, desde mi punto de vista, la mejor solución. Cuando te digo “desde mi punto de vista”, tengo en cuenta lo que imaginas: intereses generales, los de nuestra causa común.

            Pero me gustaría mucho que respondieras mi carta, a título personal, y que me dijeras lo que túpiensas de las cuestiones sobre las cuales te doy mi opinión. Ello me es tanto más necesario por cuanto no tengo con las realidades latinoamericanas las mismas posibilidades de contacto que tú.

            Sé que estás muy ocupado, sobre todo con vuestro “Congreso” de enero.[3] Pero aquellas cuestiones son demasiado importantes: debes poder encontrar un momento para responderme.

            Espero tu carta.

            Te abrazo.

Althusser.

ENS

45 calle de Ulm.

París 5e.[4]


[1] El ensayo de Debray fue publicado en enero de 1967, en los Cuadernos de Casa de las Américas. Tuvo una importante resonancia, como lo demuestra el hecho de que los cien mil ejemplares de la primera edición se agotaron en una semana. Otras revistas del continente también lo publicaron, como es el caso de “Sucesos” en México, y la Revista Punto Final en Chile.

 

 

[2] El último párrafo, la despedida y la firma están manuscritos. (N. de la R.)

[3] Se refiere al que sería conocido como Congreso Cultural de La Habana: Cf. Casa de las Américas, n. 47 (marzo-abril de 1968), passim; y n. 48 (mayo-junio de 1968), p. 149-151. (N. de la R.)

[4] La firma está a máquina, pero está inicialada a mano. Los datos de la dirección también están manuscritos. (N. de la R.)

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