Lecturas

-Gustavo Bustos Gajardo y Marcelo Rodríguez Arriagada: “La dinámica del pasaje: entre materialismo y fenomenología. A propósito de Zeto Bórquez (ed). Jacques Derrida. Fenomenología, firma, traducción. Santiago de Chile, Pólvora, 2014” -Luis García: “El sujeto: una vida. A propósito de Roque Farrán. Badiou y Lacan. El anudamiento del sujeto. Buenos …

Traducciones y documentos

Traducciones: -Presentación a la tercera edición de Lire Le Capital Documentos: -“Carta de Louis Althusser a Régis Debray” (1967) Presentación de Marcelo Rodríguez Arriagada -“¿Qué es la colección Théorie?” (1973) Presentación de Pedro Karczmarczyk

Número 3

Editorial  Artículos: –Warren Montag. “Althusser y el problema de la escatología” -Claudio Aguayo. “Maquiavelo-Spinoza: el entramado de la coyuntura” -Gustavo dos Santos Cintra Lima: “A problemática teórica da hegemonia política em Poder político e classes sociais: contibuições teóricas”

Leandro Sanhueza Huenupi*: “Hegemonía, crisis política y legitimidad: el movimiento educacional del 2011”

 

“Los partidos políticos están llamados necesariamente, por una ley moral, a defender los intereses de la gente, y si no es así va a haber un juicio histórico, tarde o temprano. Y ahí se va a ver quién es quién en esto”

Joven poblador. Dirigente sindical. ECO, Taller de Análisis de Movimientos Sociales y Coyuntura, Santiago, 1988.

“Desde la CUT, desde el Comando de Sindicatos del Estado y desde nuestra Empresa, hemos recorrido a Patricio Aylwin, y después a Onofre Jarpa, y después a Lagos, y después a Maira. Hemos estado en toda esa ronda, y en todos los lados ha sido lo mismo: ¡Puchas, cabros, ustedes son super patriotas, sigan dándole! Y a lo más nos ofrecen que en el futuro gobierno democrático habrá una ley de expropiación. Pero nosotros les decimos: ¡No, ahora! ¡Esta cosa se está privatizando ahora! ¡Es ahora cuando se está jugando el futuro Estado!… El movimiento popular en los hechos, en relación a demandas como esa y a sus propias demandas, se está enfrentado solo, mucho más solo que antes, a la dictadura”

Dirigente sindical. ECO, Taller de Análisis de Movimientos Sociales y Coyuntura, Santiago, 1988.

Introducción

El movimiento por la educación en Chile del 2011 fue todo un acontecimiento que repercutió en diferentes ámbitos de la práctica política, tanto en el Estado y en la forma en cómo se erigía la sociedad. Este movimiento, que hasta hoy sigue generando réplicas, puso en entredicho herencias del régimen cívico-militar, y a su vez varias dimensiones propias del régimen transicional bicoalicional del periodo concertacionista (1990-2010). Efectivamente, este movimiento se inscribe al interior de un campo estratégico de aparatos y dispositivos, de relaciones de fuerza y particularmente con una historia articulada en ejes de lucha específicas, a su manera de concretizar las acciones colectivas y organización, y al mismo tiempo, especificidad que se realiza en un campo relacional de articulación de luchas relativas al Estado y su equilibrio inestable de compromisos hegemónico.

Sin embargo, antes de trazar el fenómeno estudiantil y sus repercusiones, bien cabe hacer un rodeo teórico y político. En concreto, qué cuestionó el movimiento y qué es lo que estuvo en juego en tales cuestionamientos. De esta forma, se plantea que las luchas estudiantiles se pueden comprender como un antes y un después, es decir una coyuntura sobredeterminada, que puso en debate un modelo económico y de sociedad, y la institucionalidad vigente en términos políticos constitucionales y el consenso bicoalicional.

Para abordar tales efectos deslindaremos ampliamente, primero, algunas transformaciones en el Estado y el ordenamiento de las fuerzas políticas y partidos previos a la democracia transicional que concibieron una democracia pactada con el gobierno dictatorial desde una mirada conservadora respecto de las luchas del campo popular durante aquel periodo. Ciertamente, el paso de un periodo a otro, no fue solo un traspaso de mando, sino que hay que entenderlo como una articulación hegemónica de determinadas fuerzas políticas en el Estado, edificando un discurso universalizante en relación al discurso plebiscitario del NO. En segundo lugar, considerar las herencias del régimen autoritario y los problemas propios de la transición, justamente, de los gobiernos concertacionistas, y pensar el consenso político, tal como lo entiende Poulantzas, como un equilibrio inestable de compromisos. Exactamente, desde aquí intentar comprender los cuestionamientos del movimiento estudiantil, particularmente como crisis política e ideológica y crítica al modelo económico y de sociedad. Movimiento que fue capaz de hegemonizar a diversos agentes (profesores, trabajadores, pobladores, ecologistas, gente de a pie, etcétera) y constituirse como una fuerza social incidente en el país sin parangón en los 20 años y cuatro periodos de gobiernos concertacionistas. Cabe puntualizar, por lo demás, que gran parte del análisis tendrá como base teórica la perspectiva del griego Nicos Poulantzas, el cual iluminara ciertos momentos de cambios o transformaciones de la política que, en última instancia, tienen lugar en el movimiento social por la educación.

Las transformaciones del Estado en el periodo dictatorial

El golpe de Estado 1973 representa un punto de inflexión y transformación importante en lo relativo a la naturaleza misma del Estado. El golpe militar erigió un discurso en contraposición o, mejor dicho, de directo rechazo al fantasma del “cáncer marxista” simbolizado por el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende; coyuntura de sobrepolitización de varios segmentos y clases sociales que repercutió en una creciente polarización de las clases y de la escena política; y en las formas mismas de la relaciones del Estado y la economía y entre el  Estado y la sociedad.

Así, lo económico, durante la primera mitad del siglo XX hasta el golpe de Estado, se encontraba delimitado por una orientación de Estado de bienestar social, idea predominante en América Latina en aquel momento, conocido también como “Estado de seguridad social limitado”, “estratificado” o de “universalismo fragmentado”[1]; vale decir, dentro una noción de Estado intervencionista que asumía un papel rector preponderante en el desarrollo y regulación de la economía nacional. Bajo esta dirección, el Estado tomaba parte del desarrollo económico y en la expansión del mercado interno, así como de políticas sociales abocadas a la distribución de la riqueza para atenuar la desigualdad social y la pobreza, principalmente en el ámbito económico y de promoción de derechos políticos y sociales. De esta forma, el Estado era un eje primordial en el desarrollo del país.

No obstante, este tipo de orientación universalista adolecía estructuralmente, según las tendencias neoliberales en boga en el ámbito económico, sobre todo en lo que respecta en el asegurar la redistribución económica en todas las capas de la población y al papel rector del Estado en la economía. Al Estado se le consideraba, ante todo, vertical y centralista, con énfasis en la centralización económica y en la promoción de la empresa nacional (con las famosas ISI: la Industrialización por Sustitución de Importaciones); una extensión de seguridad social que abarcaba a ciertos y específicos sectores de la población (en particular, a los grupos y clases sociales políticamente organizados, que por medio de la presión social y de entrada al sistema político, podían integrarse al modelo de desarrollo vigente); y en consecuencia la postergación de atención a grupos más desfavorecidos, con ausencia de focalización en las ayudas sociales y de un sistema fragmentado y sectorializado[2]. Cabe añadir, a este punto, que las críticas, sobre todo de las tendencias neoliberales a fines de los 70 y principios de los 80, se concentraban en dos impugnaciones principales: por un lado, el acceso universal, y por otro, el papel redistributivo de las políticas sociales. Este nuevo enfoque, que se situaba en el marco de una economía de mercado, el neoliberalismo, reemplazaba a los dos principios precedentes con las nociones de diferenciación del acceso vía privatización y la competencia, el subsidio a la demanda y la focalización de recursos. El rol de la política social y su carácter es un factor capital en esta nueva orientación, sobre todo en lo referente a los derechos sociales, en general, y a la educación, en particular.

En este sentido, y siguiendo a Nicos Poulantzas, no debe considerarse al Estado como una especie de Estado-instrumento (como si el Estado fuese dirigido por fuerzas que le son exteriores) ni como un Estado-voluntad (un Estado con una naturaleza que le es esencial e inmutable), sino que, más bien, como un conjunto de relaciones de fuerza que adquieren una condensación en la forma Estado (Estado-relación)[3]; pero también, y cuestión no menor, como un campo estratégico y táctico, donde las luchas de clases y las fuerzas políticas antagónicas dentro de una formación social van tomando posición en las mismas relaciones de fuerza y de poder[4]. De modo que en el periodo dictatorial comienza una reestructuración de las clases y de las relaciones entre las clases en este campo de luchas, y así, una nueva construcción socio-histórica logra una posición (estratégica), desplazando por la fuerza (militar) al bloque (clasista-popular) anterior e instalando al bloque cívico-militar. En concreto, para la implantación del neoliberalismo en Chile se requería de dos condiciones según Manuel Antonio Garretón. La primera de ellas es la “abolición de la democracia”, básicamente “la eliminación de actores sociales y políticos y de espacios y mecanismos de deliberación y acciones que lo contradijeran, es decir, un determinado modelo político”[5]. La segunda condición es el mismo golpe de Estado, para el establecimiento de un régimen que permitiera condiciones idóneas para la reproducción de un nuevo modelo económico y político. Esto último requirió de una alianza política,  de las fuerzas militares que asestaran un decisivo estacazo a las fuerzas sociales y políticas democráticas precedentes, por un lado, y de grupos políticos y económicos que apoyaran tal iniciativa, por otro[6]. La alianza política cívico-militar[7], así entendida, supone la promoción e imposición de un modelo económico y político que reproduzca y mantenga una forma específica de dominación autoritaria. En consecuencia, este modelo político corresponde a la forma que adquiere el nuevo Estado: básicamente un modelo fuerte y autoritario en lo político y en lo social; no obstante, que permitiese la libertad de las clases dominantes en lo económico. El neoliberalismo necesitaba de un terreno fértil en el cual echar raíces, de un régimen autoritario que hiciera tabla rasa de la organización política y económica de todo el periodo anterior.

Así, en Chile la implantación del modelo neoliberal por medio del gobierno militar reestructuró por completo las relaciones entre Estado, economía y sociedad. Justamente al comienzo, a mediados de los 70, la preponderancia asignada al mercado es gravitante en varias esferas, enfocado a la liberalización del mercado financiero y en la eliminación de controles de precios. A finales de la misma década este proceso de radicaliza aun más: en la amplia liberalización de los flujos internacionales de capitales; en la reducción del sector público y en la restricción y venta al sector privado de empresas públicas; la privatización del servicio nacional de salud y del sistema de pensiones; la supresión de derechos políticos y sindicales y la reforma tributaria; la reforma educacional universitaria y la municipalización de la educación media y básica; etcétera. Respecto de las privatizaciones, ya sea total o parcial, de la salud, la educación y el sistema de pensiones, se le comprenderán dentro de las famosas 7 modernizaciones, proceso que involucrará también una modernización del Estado y de sus aparatos.

Lo que se va edificando, entonces, es un Estado mínimo de carácter eminentemente subsidiario, un Estado gendarme no-intervencionista[8], promotor de la empresa privada, que se desprende de ciertos ámbitos del área social para ser ocupados por el sector privado, proceso orientado por una camarilla de jóvenes economistas adictos al régimen: los denominados Chicago Boys[9]. Asimismo, enel 80se instaura la nueva Constitución Política de la República, la cual viene a avalar y legitimar las transformaciones económicas y sociales en términos políticos e institucionales. El Estado cambia su naturaleza política en el régimen autoritario y, del mismo modo, el modelo de desarrollo, desde ahora, marcadamente neoliberal y subsidiario[10].

Las protestas nacionales y la transición política como proyecto hegemónico

Antes de dirigirnos a la comprensión del fenómeno hegemónico transicional, bien cabe hacer un rodeo teórico a ciertos conceptos para entender este proceso. En esta línea Nicos Poulantzas explica claramente las características y condiciones de este tránsito, el cual nos ayudará a dar cuenta del curso político que edificará una nueva gobernabilidad de la sociedad civil y que mantendrá un equilibrio inestable de compromisos estratégico entre las clases.

El concepto de hegemonía remite al momento francamente político y comprende los momentos constitutivos de lo político en una formación social capitalista[11]. Poulantzas percibe el concepto de hegemonía aparejado insistentemente a Antonio Gramsci, aunque más específicamente en relación, y en primer término, con Marx. Este último, en sus análisis políticos de juventud respecto del Estado y el derecho en Hegel, nos plantea que la burguesía moderna realizo una revolución parcial exclusivamente política, lo que autonomiza la esfera de lo político y lo económico, en tanto que emprende, como parcialidad de la sociedad civil, una revolución política como representante de toda la sociedad. Vale decir, que la burguesía en su conquista política tuvo que erigir una nueva relación de lo particular como representante de la emancipación universal. Para esto requirió no solo la conquista del poder político, ya que, además, de una nueva relación entre bloque de poder y sociedad civil. Básicamente promover un discurso ideológico y valórico de mediación entre el bloque de poder y la sociedad civil para encarnar el interés general de la sociedad en el Estado –garante de la particularidad– inmersa en una formación social capitalista, y como mantenedor de relaciones privatizadas entre individuos –como molecularización o atomización de las mismas. A partir de esta descripción operativa de lo hegemónico podemos comenzar a abordar algunas transformaciones que suceden en los 80 en la Dictadura, década de inflexión política, en tanto que comienza una resistencia popular persistente y nuevas rearticulaciones aliancistas en la escena política, y principalmente, el proceso transitológico del clivaje autoritarismo/democracia.

Para el año 1982 el régimen cívico-militar comienza a tener serios problemas. Una crisis financiera producto del laissez-faire de la economía coloca en el tapete el debate el modelo económico implementado y, consecutivamente, una respuesta por parte de la sociedad civil y los partidos políticos opuestos al régimen, entre el año 1983 y 1986, en una serie de masivas protestas a nivel nacional[12]. Estas acciones colectivas contra el régimen militar autoritario son conocidas como las jornadas de protesta nacional[13], en las cuales hubo la presencia de varios grupos movilizadores: pobladores, estudiantes (secundarios y universitarios), trabajadores, organizaciones de derechos humanos, etcétera[14]. Estas jornadas de protesta, altamente masivas, si bien concitaron resistencias explicitas al régimen dictatorial, y fuertes, aunque siempre tensionadas, bases organizativas a la sociedad civil, fueron comprendidas por parte de la sociedad política, los partidos políticos principalmente, de distintas maneras.

En los 80 existían dos alianzas políticas importantes de oposición a la Dictadura que dan cuenta de la escena política: el Movimiento Democrático Popular (MDP) y la Alianza Democrática (AD). El primero comprendía al Partido Comunista de Chile, al Partido Socialista-Almeyda y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria[15]. La AD reunía a la Democracia Cristiana, el Partido Radical y al Partido Socialista. Esta segunda coalición tuvo un protagonismo fundamental en lo relativo a la constitución de una nueva e importante coalición política, la que será gobernante durante 20 años en la post-dictadura (1990-2010), y que marcará todo el periodo transicional: la Concertación de Partidos por la Democracia[16]. De este último son importantes dos elementos en esta época, y que conjuntamente, irán dando forma a la Concertación. Por una parte, la configuración de una nueva alianza e identidad política de centro-izquierda, y por otra parte, el papel teórico y político de las ciencias sociales invalidantes de lo social. Estos elementos articularan un nuevo proyecto político-hegemónico con una especificidad particular en las relaciones de la sociedad civil y el Estado.

En estas rearticulaciones aliancistas se encontraba un intenso debate, de trabajo teórico y político, para reflexionar sobre la nueva democracia en los tiempos de transición post-autoritaria, tratamiento teórico presente desde comienzos de los 80[17]. Nociones como la democracia (ya no considerada como un ideal de racionalidad sustantiva o esencial, o como un fin por sí mismo a alcanzar, sino que dentro de un nuevo realismo político y una democracia en la medida de lo posible[18]), el consenso político (como pacto de gobernabilidad institucional intra-elite), la transición (considerada como un momento político de ruptura entre democracia –de carácter institucional– y democratización –de carácter socio-económico[19]) y la constitución misma de los sujetos políticos y sociales. La importancia de las protestas nacionales se vincula precisamente con este último punto, ya que estás evidenciaron las transformaciones que habrían sufrido los sujetos en términos subjetivos en su vida cotidiana, así como en lo político y lo cultural, en la Dictadura y el modelo de sociedad implementado: el neoliberalismo[20]. Gran parte del debate respecto de los sujetos sociales giraba en torno a los efectos del régimen militar en la constitución de los sujetos y en la desvinculación de lo social y lo político.[21] El modelo neoliberal habría producido efectos no solo en la forma del Estado y en las relaciones entre las clases, ya que estas transformaciones daban cuenta de una desvinculación de lo social y lo político –institucional–, por un lado; y la subjetividad y las relaciones sociales fragmentadas, por otro. Desde ahora caracterizadas como desintegradas, mercantilizadas y atomizadas[22]. En consecuencia, las protestas sociales bajo este prisma ya no podrían considerarse como articuladoras de demandas sociales canalizables políticamente. Lo que se observaba en estas protestas era el descontrol, el espontaneísmo y la violencia inusitada sin dirección ni objetivo claros. Estas discursividades teóricas pre-concertacionistas, por lo tanto, convertían la acción colectiva en anomia, vertebrando una narrativa performativa patológica de lo social sin proyecto político alguno. “De ello deriva que este pacto debía ser institucional y garantizado precisamente por aquellos partidos institucionalizados que aceptarían las normas del nuevo juego”[23].Efectivamente, como nos recuerda Poulantzas, la molecularización de la sociedad civil no responde a algo meramente fáctico o dado, sino que es una necesidad estratégica de la política hegemónica, de la posibilidad de representación de aquellas particularidades y de su separación política respecto de lo que se erige como articulador de aquellas particularidades. En este sentido, cuando menos teóricamente, la división entre la sociedad civil y la escena política, y la despolitización del primero, era un hecho consumado.

Por el lado de las alianzas políticas en el 85 se celebra por parte de los partidos de oposición y los afines al régimen el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia[24], y que, durante el 86 y el 89, tales conversaciones continuarán para viabilizar el pacto transicional post-dictatorial[25]. Así, para el año 88 se celebra el plebiscito para dirimir la continuidad o no del régimen de Pinochet: el SÍ representaba la continuidad de Pinochet, mientras el NO la reprobación y el camino a elecciones libres –esta segunda opción será la vencedora de la contienda electoral. Para este plebiscito las fuerzas de la Concertación erigen toda una gramática renovadora de lo político en torno al discurso del NO. El NO representaba no solamente una oposición a Pinochet, más bien reflejaba un nuevo proyecto político transicional democrático, pero que, no obstante, dejando intocado aspectos fundamentales de los cambios económicos y políticos estructurales. En el decir de Eugenio Tironi: “la campaña no se planteó un cuestionamiento global del sistema. Este es un país que andaba bien pero los chilenos están mal. No queremos acabar con las modernizaciones, sino que éstas se pongan al alcance de más gente. Esto fue lo que estuvo en la base del discurso socioeconómico del NO”[26]

Lo precedente refleja un elemento capital para entender el bloque de poder. Para Poulantzas el Estado capitalista tiene una doble característica en relación con las clases dominadas y sus luchas y la autonomización de lo político, ya que:

implica la posibilidad, según la relación concreta de las fuerzas, de una política “social”, de sacrificios económicos en provecho de ciertas clases dominadas; por otra parte, es esa misma autonomía del poder político institucionalizado lo que permite a veces atacar el poder económico de las clases dominantes, sin llegar nunca a amenazar su poder político[27]

O, simplemente, las relaciones entre las clases y fuerzas políticas pueden implicar, efectivamente, acuerdos, mientras que, a fortiori, dejan intocado lo esencial[28]. La Concertación como representante del malestar social que trajo consigo la Dictadura pudo, en esa coyuntura, erigirse como fuerza política cohesionadora de los procesos movimientales de las luchas populares. Por consiguiente, el NO simbolizaba una retórica de lo político transitológico universalista que no era ni de rechazo ni crítica, sino de inclusión o integración de los sectores postergados por parte de un modelo que presentaba un sostenido y fructífero crecimiento económico. Este hecho es fundamental, en términos de una composición hegemónica, en tanto que resulta ser el síntoma o cristalización de una nueva configuración del orden político, como una gama de procesos que tienen que ver con la molecularización (o fragmentación) de la sociedad civil dentro del orden neoliberal y, asimismo, como la posibilidad estratégica misma de lo hegemónico; el NO como momento político de procesos o genealogías diferenciales y concurrentes a un proceso transitológico (sociedad civil y movimientos sociales, alianzas políticas, cambios en la estructura productiva y lo político-estatal); y la autonomización de lo político y lo económico y de la explicitación de la continuidad de un modelo. Perpetuación que se realizó a pesar del tránsito del bloque de poder hegemónico a otro (de lo dictatorial a lo democrático transicional). El NO, en definitiva, como ese discurso/mediación o arquitectura de lo ideológico entre la sociedad civil y la alianza política que alcanza una posición estratégica en el Estado.[29]

También la sentencia por parte de los ideólogos de la Concertación era tajante respecto a la configuración de una alianza intra-elite. Para Tironi, por ejemplo, comentando a Garretón, planteaba que la transición se trataba de cómo las fuerzas políticas en su multiplicidad se ponen de acuerdo en el término del régimen autoritario, y más particularmente, que tal transito debía ser especialmente dirigido por la clase política, donde las demandas sociales deben quedar subordinadas a las exigencias del orden político[30]. Las condiciones para la reproducción de la dominación de los movimientos sociales y la sociedad civil estaban dadas en este momento de lo político.

La transición democrática y el consenso ideológico bicoalicional

El hecho de dejar intocado lo esencial trae aparejado otra característica del Estado capitalista y del bloque de poder hegemónico, ya que el Estado tiene como conditio sine qua non en una formación social el papel organizador de los procesos al interior de aquella formación para mantener las condiciones mismas de su reproducción. A aquella función organizativa le es correlativo el orden político e institucional, por tanto, en lo relativo a la contención misma del conflicto social: de la lucha de clases[31]. Con ello aludimos, en consecuencia, a la especificidad de la relación entre poder político dominante y las luchas del campo popular. El Estado, efectivamente, en la función organizadora con dirección hegemónica, debe mantener un vínculo de poder y dominación política específica: como equilibrio inestable de compromisos[32]. Por esta razón, y según el caso o la singularidad del proceso, se puede señalar que tal equilibrio inestable de compromisos, también puede ser entendido como consenso: como sustrato material ideológico de una relación de dominación política hegemónica[33][34].

Ahora bien, en el Chile de los 90 la contención del conflicto, periodo de transición democrática, estaba dado por el consenso político. El consenso tiene varios aspectos importantes y delimitantes del ejercicio político mismo: en los aparatos de Estado, los mecanismos de selección de representantes –sistema electoral binominal–, la naturaleza misma del orden institucional –Estado subsidiario-, una democracia de baja calidad –en la medida de lo posible– y el modelo económico neoliberal –como modelo de sociedad. Bajo esta fisonomía, el consenso estaba articulado por la alianza de poder en la escena política de Estado por la Concertación (centro-izquierda) y Democracia y Progreso (coalición de derecha que posteriormente será rebautizada como Alianza por Chile). El consenso, conjuntamente, tiene un carácter ideológico material cohesionador de prácticas de esta alianza bicoalicional: como “armonía imaginaria”, “fagocitación” o “mímesis, de la desaparición del Nosotros en el Ellos”[35]. A su vez, como momento fundacional de corte con los extremismos políticos del pasado y el olvido del mismo en aras de la democracia entrante; una política de “conminación al silencio”, del miedo y el terror del régimen autoritario anterior; estrategia política destinada a seducir al empresariado, a los militares y a la derecha.[36][37] La política, en este contexto, pierde todo potencial transformativo, deviniendo en mera administración despolitizadora.[38]Lo que ocurrió, según la propuesta de Tomás Moulian, fue un proceso de transformismo político, esto es de continuidad de las estructuras básicas de la Dictadura, tanto institucionales como las propias del modelo económico neoliberal, dejando intocado –como nos recuerda Poulantzas– lo esencial[39]. O también de enclaves autoritarios, como señalara Manuel Antonio Garretón, específicamente las herencias de la Dictadura y las que emergen en el periodo democrático, las cuales funcionan como amarres o mecanismos de contención de las posibilidades de transformaciones democráticas más profundas: la hegemonía del mercado neoliberal, la desigualdad socio-económica y el carácter subsidiario del Estado, y la institucionalidad política y la democracia limitada[40].

El modelo económico, por lo demás, se caracteriza por su estabilidad y crecimiento económico sostenido durante los 20 años del periodo concertacionista –a excepción de la crisis asiática del 97. No obstante, donde si bien pudo crecer en términos de crecimiento económico e insertarse en el mercado global, los niveles de desigualdad económica y desprotección social transitan a la inversa, paradojalmente. Así, Chile está entre los países más desiguales según la OCDE[41]. Simultáneamente, la actividad política en términos de la participación electoral también sufría varias mutaciones importantes en comparación con la alta inscripción luego del año plebiscitario: “en 1989 casi el 90% de la población en edad de votar participó de la primera elección presidencial del regreso a la democracia, menos del 60% lo hizo en la última elección de este tipo en 2009”.[42][43]

Así, por el lado de las luchas sociales, estas entran en un ritmo político y económico adverso. En un Chile donde no se veía posibilidad de transformación política de fondo, con irrupciones movimientales de baja intensidad y donde los dirigentes sociales eran incluidos o cooptados por los agentes del Estado. La alianza política en el poder, como efecto del periodo anterior, privilegian insistentemente estas lógicas que a la conflictividad o el disenso. Lo importante era asegurar la estabilidad política para luego, en un futuro, profundizar la democratización de la inestable democracia. La lógica de la cooptación, no obstante, irá cambiando según las distancias de la experiencia histórica de los movimientos y liderazgos.[44] Esto último es capital para el cambio de paradigma de los movimientos sociales y más específicamente en alusión al movimiento estudiantil. El cambio intergeneracional, que no se reconoce en los miedos y lógicas políticas precedentes, presenta nuevas líneas para la acción colectiva.

El movimiento estudiantil, ya sea secundario o universitario, inicia un proceso de rearticulación de las luchas, con menor o mayor envergadura, sobre todo en la primera década del nuevo siglo XXI. Así, en el 2001 los secundarios se movilizan en el denominado mochilazo en demanda al pase escolar y la regulación por parte de la institucionalidad publica; en el 2006 reaparecen en la famosa Revolución Pingüina[45], donde las principales demandas pasaban por la gratuidad de la PSU (Prueba de Selección Universitaria), la gratuidad del pase escolar y la locomoción colectiva, reformas a la JEC (Jornada Escolar Completa), la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Educación), entre otras. Mientras los Universitarios, por su parte, irán reorganizándose alrededor del CONFECH (Confederación de Estudiantes de Chile) que agrupa principalmente a las universidades públicas, organismo que se consolidará después de los 90, donde sus demandas cruzaban, principalmente, por el financiamiento de las carreras universitarias (como lo será el Fondo Solidario), movimiento que acompañaba, también, al secundario en sus demandas[46].

El movimiento educacional: crisis político-ideológica y legitimidad

El movimiento estudiantil se inserta en un clima político complejo. La Concertación durante sus cuatro periodos de gobierno fue perdiendo credibilidad política, la escena política mutaba así como la posibilidad misma de un cambio en el gobierno. De esta manera en el 2010 asume el gobierno la coalición de la Alianza por el Cambio (centro-derecha[47]), con el político y empresario Sebastián Piñera a la cabeza. Alianza que asume, más bien, por el descontento y rechazo con los gobiernos anteriores por parte de la ciudadanía que por una alternativa de cambio efectivo[48]. Este hecho es fundamental respecto a las oportunidades políticas que se le presentan al movimiento. La nueva administración se inserta en el aparato de Estado caracterizándose en la instalación de un discurso fuertemente tecnocrático, alejado, se decía, de las políticas ideológicas de antaño.

A punto de unos días de asumir Sebastián Piñera y la nueva administración de derecha, ocurre un hecho que conmocionará a todo el país: el terremoto del 27 de febrero, que afecta a la zona central y al sur del país, principalmente. Piñera, a los días de asumir, tiene que dar prontas respuestas de reconstrucción a los damnificados por el terremoto, y así será durante todo el periodo de la Alianza por el Cambio. Por supuesto, este hecho contingente marcará la agenda política del gobierno de turno, y además, porque la lentitud de la reconstrucción se hará sentir muy fuerte en el sur del país. De esta manera en el 2010, en la zona sur, comienzan una serie de protestas en varias partes afectadas por el terremoto, de las cuales una de las más reconocidas serán las movilizaciones en la localidad de Dichato de la VIII región. Al cual también se adicionará la tensión del pueblo Mapuche y el Estado chileno con protestas y huelgas de hambre (las cuales duraran más de 80 días), apelando a la no aplicabilidad de la ley antiterrorista y la libertad de los presos políticos mapuche.También, aunque de menor envergadura, se sumarán algunas movilizaciones respecto al alza del pasaje y la calidad de la locomoción colectiva privada Santiaguina, el Transantiago. Asimismo, ya en el 2011 en la región de Magallanes, en el extremo sur del país, ocurre una irrupción de fuerza colectiva que concita la atención del país, las protestas altamente masivas y demandas de los habitantes de la ciudad de Punta Arenas en contra del alza del gas, elemento vital y necesario para resistir las bajas temperaturas de dicha región. Conflicto que abrirá el 2011, año que se caracterizará por la oleada de protestas que tendrá el país y que enfrentará la administración de derecha. En mayo sucederá otro hecho político importante en términos de acción colectiva. La aprobación del proyecto energético HidroAysen, con cinco centrales hidroeléctricas en la Patagonia, catalizó un fuerte descontento social con el gobierno de Piñera. Ochenta mil personas marcharon el 20 de mayo en la capital (según la policía 40 mil) y cincuenta mil el 21 de mayo (día en que el presidente entrega la cuenta anual al país, de lo que se ha avanzado y de los proyectos futuros) en Valparaíso, movilización que también se cruzaba con la estudiantil, y decenas de miles en 26 ciudades del país[49]. Las protestas aluden no solo al gobierno de turno como hecho circunstancial o transitorio, ya que, de a poco en poco, se cuestionan los cimientos políticos, ideológicos y económicos del Estado gendarme.

Por otra parte, estas movilizaciones son parte de otro factor, más subterráneo e inaprensible, justamente relativas a las transformaciones en el ámbito de la subjetividad de los chilenos. Efectivamente, las movilizaciones se hacen presentes, con distinta fuerza e intensidad, durante un lapsus que colinda con un rechazo a la Concertación y a una forma de la política en clave despolitizante. Lo que se configuraba a partir de 20 años de democracia incompleta, según la hipótesis de Alberto Mayol y Carla Azocar, era un largo proceso de malestar acumulado, el cual tuvo lugar cuando las instituciones que funcionaban como contención del malestar no pudieron limitarlo, y en consecuencia, quedaron desbordadas.Este desborde fue lo que aconteció en el  2011. Lo que a su vez se relaciona con una baja politización, estatismo y resignación y malestar social. El tipo de individuo que se edificó se rotuló como subjetividad rebelde adaptativa[50]. Precisamente esta subjetividad es la que muta en este proceso de acumulación del malestar y, por tanto, en las movilizaciones que acaecieron entre el 2010 y el 2011. Un país caracterizado, por lo demás, por una alta radicalización del conflicto, y alto, también, en conflictos por reproducción social[51].

El Estado, como se indicó en un comienzo, está cruzado por el conflicto y la lucha de clases. Ya que, precisamente, si el Estado moderno es una condensación material de relaciones de fuerza, y más particularmente un campo estratégico antagonista, asimismo es posible pensar, como señala Poulantzas, la estrategia del adversario. Esto no quiere decir, se aclara, que las posiciones de cada lucha, adversario, clase o fuerza social estén dadas de antemano. Sin embargo, sí quiere decir que hay antagonismo, pues este es constitutivo del Estado y de las clases. El antagonismo de las clases sociales y las luchas populares, la relación dominado/dominador, se configuran a partir de este mismo antagonismo, como relación de poder e ideología[52]. Pero es justamente por esto que es posible pensar el antagonismo y los posicionamientos posibles de las luchas populares. Efectivamente, las luchas populares están inscritas en las relaciones de poder y el Estado, en tanto que son constitutivas de este. Pues, las luchas populares dependen igualmente de las fuerzas dominantes. Así, las luchas del campo popular tienen una especificidad característica en el campo estratégico de las luchas, especificidad que remite a la no dirección de los aparatos de Estado pero que, de igual forma, están inscritas en él –incluye a las clases dominadas, pero en tanto que han sido dominadas. Asimismo, la organización de aparatos de Estado depende de las relaciones de fuerza entre las clases, al mismo tiempo que estos aparatos funcionan como focos de cristalización de la oposición de las fuerzas antagónicas. Además, las formas de reaccionar a las coyunturas, generan diferencias de tácticas y estrategias para afrontar las luchas populares al interior de las relaciones del bloque de poder dominante. Punto esencial que ilumina y coteja el quiebre de formas de gobernabilidad política respecto de las luchas populares,[53] como fuerza hegemónica en el poder vacilante.

De esta forma, el movimiento estudiantil se posiciona en un campo de luchas y estrategias complejas, de quiebres con ciertas lógicas de tratamiento respecto a los movimientos sociales y de desgaste de las relaciones en el bloque de poder bicoalicional, en lo relativo al consenso político-ideológico. En concreto, la pérdida del gobierno por parte de la Concertación fue la cristalización del desgaste de la política de los consensos, pero que, con el movimiento estudiantil, este se profundiza en la medida que exige, por parte de fuerzas en la escena política, posiciones respecto a las luchas sociales. Lo que, por ende, plantea y profundiza la distancia de las fuerzas políticas de centro-izquierda respecto al gobierno de derecha. Adicionalmente, la serie de movilizaciones que vienen desde el 2010 trazan un trayecto conflictivo que pone en el tapete la capacidad de contención institucional de los movimientos por parte del gobierno y de la forma de hacer política durante 20 años; aspecto que se relaciona con la dimensión subjetiva respecto del Estado y el tipo de sociedad generado –el malestar social acumulado y la tendencia a la radicalización de los conflictos. Un gobierno que, se verá luego, no puede ser capaz de dar tratamiento efectivo al movimiento estudiantil, pero que tampoco, a su vez, puede mantener una lógica político-ideológica consensual que intente generar una relativa unidad entre las coaliciones políticas. Y así irá tomando consistencia, a partir de estos diferentes aspectos confluyentes, una coyuntura política.

El comienzo del movimiento estudiantil[54] se inserta a la par con las movilizaciones en contra del proyecto de HidroAysen. La primera irrupción fue el 29 de abril en una movilización convocada por el CONFECH y que cuenta con el apoyo del Colegio de Profesores[55], la concentración alcanza unas 10 mil personas y con una serie de mandas agrupadas en el Petitorio Único Nacional,[56] colocando como consigna principal la Defensa de la educación pública. Pero, como bien se ha indicado[57], las demandas no difieren mucho de otras anteriores, las lógicas son exigir dentro de lo dado o de lo que es posible. Las luchas estudiantiles están ya inscritas en la configuración del Estado, como se indicó, el movimiento tiene una data de a fines de los 90, del periodo transicional. Básicamente la lógica sería: demandas limitadas ante contextos políticos limitantes. Sin embargo, el tratamiento del conflicto por parte de la derecha a los estudiantes no lograra contener su protesta y las demandas, ni menos aún mantener alguna alianza con la Concertación para atender la compleja situación. Lo importante aquí, además, si bien se relaciona con el aspecto evolutivo de las demandas, también lo será en lo que se refiere a su masividad y al traspasar los límites corporativos mismos del movimiento estudiantil. En pocas palabras, cuando el movimiento estudiantil deja de ser meramente estudiantil para abarcar a otros actores y apuntar a cuestiones estructurales del modelo político-económico implantado y heredado.

El 12 de mayo le sigue otra convocatoria de marcha que cuenta con el apoyo de la ANEF (Agrupación Nacional de Empleados Fiscales) y el Colegio de Profesores. Además, la movilización, en comparación con la anterior, adquiere un alcance nacional, con movilizaciones en varias ciudades del país, llegando a unas 50 mil personas a nivel nacional –la mitad de los participantes era en Santiago. El 21 de mayo será la próxima movilización, día de la cuenta pública nacional. Protesta masiva, con varias interrupciones dentro del Congreso Nacional donde el presidente entregaba su discurso. En la cuenta Piñera se refiere muy escuetamente a las demandas estudiantiles, dejando inconformes, evidentemente, a los protestantes[58]. Dicha situación hace que el CONFECH vuelve a llamar a movilización con carácter de paro nacional para el 1 de junio, en la cual seguirán teniendo el apoyo del Colegio de Profesores y, sorpresivamente, de varios rectores de universidades tradicionales: la Universidad de Valparaíso, de la Universidad de Playa Ancha, de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y la Universidad de Santiago[59]. Gesto político importante en términos simbólicos de unidad del movimiento en relación a un conflicto que al gobierno se le escapa de las manos. Para tal paro se congregaran a más de 30 mil personas sólo en Santiago[60]. A estas alturas el movimiento adquiere una sedimentación aun mayor que otros, ya sea por la capacidad aglutinadora de distintos actores, por la masividad –que seguirá aumentando–, por la profundización de la demanda, por el desfase entre gobierno y movimiento. A esto se agrega el replanteamiento de nuevas formas de protestar, matizándose en jornadas carnavalescas, actividades deportivas, performances, flashmobs, etc., así como también manteniendo lógicas tradicionales de la acción colectiva, como tomas de establecimientos educacionales, marchas y paros. Pero los cambios, es decir, de las nuevas formas de protesta, lograron concitar simpatía con la gente no movilizada y una mayor sintonización con las demandas del movimiento. A propósito de la criminalización de la protesta en los medios de comunicación (los medios de comunicación mostraban, focalizaban su atención, en gran medida, en la violencia de la protesta y encapuchados). Igualmente, las redes sociales –Facebook y Twitter, especialmente– ayudaron en la difusión de la protesta social y de las actividades realizadas por el movimiento.

En este contexto irá tomando relevancia el tema del lucro en la educación. La crítica de la educación en un contexto societal mercantilizado; aunque, hay que aclararlo, el debate en torno al lucro no sale del tema educacional. No obstante, el avance fue tremendo, ya que las demandas más económicas –pase escolar y gratuidad del pasaje escolar, creación de un tipo de ingreso complementario a la PSU, entre otras– van quedando desplazadas “frente a la posibilidad de cambiar radicalmente las limitaciones económicas que tienen los estudiantes para estudiar las carreras y frente a la opción crecientemente real de instituir la educación como bien público y no de consumo individual”[61]. Al mismo tiempo las movilizaciones continúan así como el ascenso cuantitativo en las convocatorias. El 16 de junio la protesta alcanzó un número que bordeaba entre 80 mil y 50 mil manifestantes y 50 mil en regiones. El 23 de junio se vuelve a convocar a movilización, pero ahora por parte de los estudiantes secundarios. Por su parte, el CONFECH y el Colegio de Profesores llaman nuevamente a paro nacional para el 30 de junio, llegando a una cifra de 200 mil manifestantes sólo en la capital. En esta coyuntura la masividad de la protesta social podía considerarse “una derrota política para el gobierno, el cuál aparecía públicamente ensimismado y sin iniciativa política, perdiendo la conducción de la agenda y limitándose a responder o esquivar los golpes que el movimiento y los actores políticos le propinaban”.[62]Punto que, al mismo tiempo, coincidía con los altos niveles de desaprobación del gobierno[63] y de la oposición –la Concertación– con un 68% de desaprobación según Adimark[64], y que contrastaba con el ascenso en la aprobación con las demandas estudiantiles[65].

El gobierno intenta dar solución al conflicto a través del GANE (Gran Acuerdo Nacional por la Educación) inyectando 4 mil millones de dólares a la educación. Empero, los estudiantes no aceptaron, ya que el diagnóstico que hacían estos del sistema educacional no cursaba meramente en entregar más dinero, sino que se entendiera la educación como un derecho social. Lo que hace que el 14 de julio los estudiantes universitarios, secundarios y profesores vuelvan a tomarse las calles[66].

Lo que se manifiesta en este proceso movimiental es una crisis política, que si bien en un comienzo no se cuestionan las posibilidades mismas de límites de contención de lo exigible, tal contención se jibarizaría en el ascenso e intensificación misma de la conflictividad de las luchas. Más específicamente, la politización en ascenso de las luchas sociales genera modificaciones en el bloque de poder dominante y en la (in)capacidad misma del gobierno para frenar, ya sea por la represión o por concesiones parciales de las demandas, las movilizaciones[67]. Esto se ejemplificara en agosto, fecha peak de movilizaciones masivas y de radicalidad del movimiento, como el 4 del mismo mes, día decisivo del movimiento estudiantil. El centro de Santiago estaba sitiado con fuerzas policiales y los permisos para marchar tal día fueron negados por la intendencia. En la mañana se movilizaron los secundarios, los que fueron reprimidos brutalmente, y en la tarde los universitarios y profesores. Dicho día quedará marcado por la represión, pero también por la fuerza que el movimiento estudiantil mostraba. Así, para la noche de ese día aconteció un hecho realmente significativo, que expresa un movimiento que desde hace tiempo dejaba de ser meramente estudiantil para integrar a la gente de a pie, esa noche se hicieron notar los cacerolazos por parte de la población en Santiago. Ciertamente, se podía ya hablar de la ciudadanización del movimiento. Lo que se ejemplificara más tarde el 21 de agosto con el gran acto cultural en el Parque O’Higgins reuniendo a más de 500 mil personas, y luego con el llamamiento de la CUT, estudiantes y profesores, a paro nacional el 24 y 25 de agosto. En esta última jornada de protesta nacional pierde la vida en las movilizaciones el joven Manuel Gutiérrez, el cual salía con su hermano en silla de ruedas sin tener involucramiento en la protesta.

Estas movilizaciones masivas estarán caracterizadas por la profundidad de la demanda, por lo menos en dos sentidos. Primero en relación al alcance de las exigencias que se hacen parte de la población, lo que amplía la infantería de este movimiento ya no simplemente estudiantil, sino que educacional como punto nodal del malestar social: lo que constituye una fuerza social[68]. En segundo lugar por la instalación de la demanda de gratuidad, es decir, se adiciona a la problemática del lucro el tema de la gratuidad en la educación. La demanda evoluciona. Lo que se va generando aquí según Nicos Poulantzas es la definición de una coyuntura política[69]como punto nodal de una crisis política que estalla[70].Una serie de contradicciones complejas articulan esta coyuntura de crisis política: las movilizaciones y ascenso mismo del conflicto –del 2010 al 2011–; las fuerzas sociales, la unidad estudiantil conflictiva, autonomía respecto del bloque de poder dominante, peso creciente de las organizaciones estudiantiles y unidad de actores vinculados directamente –estudiantes secundarios y universitarios, Colegio de Profesores, rectores de universidades- y no vinculados –ANEF, CUT, y otros– a la demanda educacional; concesiones de política social referidas a la educación, recusadas por inconsistentes a las profundas demandas del movimiento; instituciones desbordadas por el malestar social; aparatos de represión que no paralizan la movilización; altos niveles de desaprobación de la gestión del gobierno; aumento cuantitativo paulatino de las concentraciones -ampliación de la lucha– y profundización cualitativa de la demanda –del lucro a la gratuidad–; y la erosión de la alianza bicoalicional consensual (Concertación y Alianza por Chile), y, en consecuencia, del equilibrio inestable de compromisos hegemónico. Así, se gesta una crisis política en tanto, primero, una crisis ideológica (que es a su vez una crisis de representación), y, segundo, una crisis de legitimidad, fuertemente relacionada con la primera.

Respecto a la crisis ideológica debemos indicar que esta está vinculada a las relaciones de organización-representación en la configuración de las alianzas. En este sentido, tanto el gobierno y la Concertación no pudieron dar dirección o canalizar el conflicto. El rechazo de las coaliciones políticas en las dos era patente. Si bien la Concertación intentó relacionarse al movimiento vía distanciamiento con el gobierno, esta coalición era, a fin de cuentas, la que había dejado el problema educativo en manos privadas, profundizándose la desigualdad segregativa escolar y universitaria con la Concertación (evidentemente, proceso que viene desde la Dictadura). La Concertación, en efecto, no podía ser un interlocutor válido del movimiento. Menos aún la derecha, no sólo por su orientación económica-política neoliberal, lo que ya estima una posición de mantención del modelo de desarrollo implementado, sino porque también está fuerza política en la coyuntura para intentar reducir el conflicto los paliativos que cedía eran insuficientes. Elemento derivativo, y por tanto secundario, del primero. El escenario político de las fuerzas sociales cambio, así como lo que demandaban: de lo posiblemente exigible a cuestionar las bases mismas de lo exigible. No se puede contener las movilizaciones con las mismas lógicas de antes, lo que a su vez remite a la dinámica y variable inscripción de las luchas en el Estado y, más particularmente, en la dificultad de colocar límites a la estrategia del adversario, a las fuerzas sociales.

La demanda estudiantil se hacía parte de la población, lo que se manifiesta en la masividad y ampliación de actores del movimiento educacional. Situación que colinda, al mismo tiempo, con otras transformaciones ideológicas, ahora al nivel de la consideración de los derechos sociales. La derecha en el gobierno impugnaba al movimiento estudiantil por el carácter ideológico de su planteamiento, la demanda utópica de gratuidad. Y tal como nos recuerda Poulantzas, cualquier exigencia que provenga de las fuerzas sociales es considerada siempre como utópica, como ideológica. Pues, la ideología burguesa siempre viste ropajes de objetividad técnico-científico. A fin de cuentas, la “mejor manera de hacer las cosas”. Bajo la mirada del gobierno de turno la educación es consideraba un bien de consumo, una inversión a futuro y motor de desarrollo empresarial privado. Ahora bien, qué es lo importante de esto, entendiendo que no es una diferencia circunstancial, en tanto que cada posición, ya sea la educación como derecho social o como bien de consumo, develan dos posibilidades de proyectos políticos distintos. Pero también, en relación con el gobierno, se manifiesta la evidencia de una “política de la verdad”como estrategia ideológica. Pues lo ideológico no es lo falso, sino más bien lo que cohesiona. El poder, cuando habla, no miente, tiene que indicar explícitamente sus fines y estrategias. El poder no miente, declama la verdad de su poder[71]. El Estado, sostiene Poulantzas, actúa de “manera positiva”, es decir “crea, transforma, produce realidades[72]”. Por ende, decir que la educación es un bien de consumo no es menos ideológico que considerarla como derecho social, o algo inherente para construir una sociedad, etcétera. Pero es, precisamente, la idea de educación como derecho social, gratuita y de calidad, la que viene a hacerse espacio, como proyecto político viable, y no como mera utopía-ideológica. En pocas palabras: se trastoca lo ideológico del mercado como única vía de acceso a la educación. Y, cuestión no menor, desde aquí es donde comienza hacerse presente la demanda por los cambios constitucionales o los amarres del sistema político chileno. A partir de la educación, la crítica al modelo económico-político de cómo se venía concibiendo a la sociedad estaba siendo trastocado[73]. Se abre una ruta para la crítica del sistema político en general, de las formas y mecanismos de representatividad y del equilibrio inestable de compromisos –la política consensual excluyente o invalidante de lo social.

Sin embargo, en la segunda mitad del 2011 el movimiento va perdiendo fuerza, lo que se irá manifestando durante el 2012 y 2013 con movilizaciones cuantitativamente menos masivas, cambios en las directivas universitarias y de acentuadas diferencias al interior del CONFECH; un gobierno que no cede a la demanda estudiantil, mientras todo su periodo presidencial; aislamiento del movimiento estudiantil en relación a otros actores sociales significativos –como la CUT, por ejemplo-; los momentos electorales del 2012 –municipales– y 2013–presidenciales y parlamentarias– que redireccionan la atención pública; etcétera.

A modo de conclusión

Las repercusiones del movimiento del 2011 trastocan varios elementos institucionales y políticos heredados de la Dictadura, y del mismo modo, de la política de los consensos como mecanismo de gobernabilidad de las fuerzas sociales y de las clases. Por esta razón, las fuerzas sociales que confluyen aquí lograron (si bien no generar una crisis estructural) poner en cuestión los mecanismos ideológicos en los cuales se construía sociedad –primacía del mercado, privatismo, derechos sociales limitados, subsidiaridad, etc.–, por un lado, y las formas mismas de control político de las coaliciones políticas respecto de las clases, grupos o fuerzas dominadas –cuestionamiento de la organización de la representación y de la legitimidad institucional del orden político: la constitución–, por otro.

En el 2014 las réplicas de las fuerzas sociales por la educación siguen sintiéndose, aun están presentes. Lo que en el contexto chileno actual marca la pauta de la política del gobierno (la Nueva Mayoría, ex-Concertación). Esta “nueva” coalición nace a partir de una visión crítica en el cómo se venía haciendo política y en la búsqueda de transformaciones profundas y estructurales. La reforma tributaria, la reforma educacional y los cambios constitucionales, son parte nuclear de la agenda política del gobierno de Michelle Bachelet.

El movimiento estudiantil, por su parte, no ha logrado concitar la misma fuerza del 2011, situándose en una posición conflictiva respecto del gobierno. Cuestionamiento y rechazo de la reforma impulsada por la Nueva Mayoría o de apertura y dialogo con este. Situación actual que no deja de presentar ambigüedades, ya sea por el gobierno o por los estudiantes. Además, varios ex-dirigentes estudiantiles asumen carreras políticas parlamentarias para impulsar los cambios políticos y reformas necesarias en lo educativo y otras esferas. Algunos dentro de la Nueva Mayoría y otros simplemente dentro del parlamento. No obstante, lo interesante de la coyuntura actual se relaciona, más bien, con un elemento persistente en todo el trabajo de Poulantzas, básicamente la reproducción del poder político, a pesar de las repercusiones o espasmos que pueda sufrir:

[L]as diversas fracciones del bloque en el poder, de acuerdo con sus propias contradicciones con las masas populares, tratan de asegurarse el apoyo de éstas, mediante políticas diversas, con otras fracciones del bloque, es decir, utilizarlas en sus relaciones de fuerzas con las otras fracciones del bloque, a fin de imponer soluciones más ventajosas para ellas o de resistir más eficazmente a las soluciones que las desfavorezcan con respecto a otras fracciones[74]

Las crisis políticas son momentos de reagrupación o de rearticulación de las correlaciones de fuerzas. El movimiento del 2011 hizo mutar las correlaciones, y así como cambian políticamente algunas coaliciones y adquieren mayor protagonismo, otras pierden su capacidad de incidencia anterior. La lucha social, en Poulantzas, es un momento necesario del cambio político, de la conformación de nuevas alianzas o de la ampliación de estás. Aunque, como siempre, dejando intocado lo esencial. Así, ex-dirigentes entran al bloque de poder dominante, los cuales efectivamente impulsan y promueven cambios profundos, pero donde no se ha tomado en consideración la influencia real de tales posiciones –a propósito de una rehabilitación del consenso político en relación a la reforma tributaria. En efecto, la distinción entre poder real y poder formal, en lo que realmente se puede incidir y en lo que no, es algo más patente que nunca en la actual coyuntura. Frente a esto sostiene Poulantzas que:“[s]ería erróneo –y un desliz de consecuencias políticas graves– llegar a la conclusión de que la presencia de las clases populares en el Estado significa que tienen poder allí, o que podrían tenerlo a la larga, sin que haya transformación radical de ese Estado, del poder”.[75] Este es, puntualmente, un elemento que las luchas venideras no pueden olvidar.


* Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

[1] Duhau, Emilio. “Las políticas sociales en América Latina: ¿del universalismo fragmentado a la dualización?” Revista Mexicana de Sociología, año LIX, núm. 2, abril-junio, 1997, p. 187.

[2] Ibíd., p. 188.

[3] Poulantzas, Nicos. Poder, Estado y socialismo. México, Editorial Siglo XXI, 2005, pp. 5-49.

[4] Ibíd., pp. 145-186.

[5] Garretón, Manuel Antonio. Neoliberalismo corregido y progresismo limitado. Los gobiernos de la Concertación en Chile, 1990-2010. Santiago de Chile, Editorial ARCIS-CLACSO-PROSPAL, 2012, p. 72.

[6] Id.

[7] Alianza cívico-militar que no careció de contradicciones y fricciones internas durante toda la duración de la Dictadura, entre grupos políticos gremialistas, tendencias nacionalistas, neoliberales –Chicago Boys–, militares y grupos económicos. Esto es justamente lo que nos plantea Poulantzas a propósito de la instalación de un bloque de poder en el Estado. Pues lo que caracteriza al Estado no es su unidad propiamente tal, sino más bien la pugna por mantener aquella unidad o equilibrio: el bloque de poder dominante no es homogéneo. En efecto, en tal resolución –transitoria– de la imposición del bloque en el poder este está siempre atravesado por fracciones de clase y políticas. Vergara, Pilar. Auge y caída del neoliberalismo en Chile. Santiago de Chile, Editorial FLACSO, 1985.

[8] “el ‘Estado liberal’ del capitalismo privado, el papel predominante detentado por lo económico se refleja por el predominio de la función propiamente política del Estado —‘Estado gendarme’— y por una no-intervención especifica del Estado en lo económico. Esto no quiere decir de ningún modo que el Estado no tiene en dicho caso función económica… sino simplemente que ésta no tiene el papel predominante”. Nicos, Poulantzas. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. México, Editorial Siglo XXI, 2007, pp. 58-59.

[9] Los llamados “Chicago boys” fueron jóvenes economistas pertenecientes a la Universidad Católica de Chile, los cuales recibieron formación académica en la escuela de economía de la Universidad de Chicago. Estos economistas ocuparon posiciones estratégicas en la promoción del desarrollo económico neoliberal dentro del Estado, ocupando ministerios y dirigiendo el proceso de privatizaciones en Chile y vinculados al gran capital financiero.

[10] Garretón, Manuel Antonio. “Modelo y proyecto político del régimen militar. Chile 1973-1980”. Revista Mexicana de sociología, Facultad Latinoamericana de ciencias sociales FLACSO, 1983.

[11] Podemos indicar que la construcción hegemónica y el bloque de poder requieren, dentro del contexto del Estado moderno, de una separación política e ideológica del Estado y la sociedad civil. Lo que repercute, en segunda instancia, en la forma unitaria interna propia del Estado en lo relativo a la separación –y la mantención de aquella separación– con la sociedad civil. En tercer lugar una molecularización o atomización de la sociedad civil sostenida por las fuerzas que hegemonizan el Estado (atomización que se produce a pesar de la socialización progresiva de las fuerzas productivas). Como cuarto elemento la especificidad del nivel político en relación a lo económico (elemento característico de la política moderna, también resaltado reiteradas veces por Marx). Y en último lugar una autonomía relativa del Estado en relación a los conjuntos económico-sociales de la sociedad civil, de las clases y las fracciones de clase. De esta forma, las clases o grupos políticos deben evocar y constituir, como una particularidad de la sociedad civil, un proyecto de carácter universal y representar, igualmente, el interés general de todo el cuerpo societal. Poulantzas, Nicos. Hegemonía y dominación en el Estado moderno. Buenos Aires, Ediciones Pasado y Presente, 1973, pp. 43-105.

[12] Zapata, Francisco. Crisis económica y movilización social en Chile (1981-1984). Foro Internacional, El Colegio de México. Vol. 26, 1985, pp. 214-228.

[13] Estas protestas significaron un antes y un después en lo relativo al control de la población por parte del régimen. En los 70 los partidos políticos de izquierda fueron sistemáticamente asediados por la violencia de Estado, por medio del encierro, el asesinato, la desaparición y la tortura, así como también las organizaciones sindicales, de pobladores, estudiantiles y otras. Por tanto, estas protestas simbolizaron una resistencia de cara al régimen militar, un punto de inflexión en lo que se refiere a las acciones colectivas y en las demandas más sentidas de las clases y grupos oprimidos por la Dictadura: justicia social, democracia social y política, y respeto a los derechos humanos.

[14] Para revisar un análisis pormenorizado y sintético de las jornadas de protesta nacional recomendamos la interesante tesis doctoral de Mónica Iglesias. En su trabajo si bien se concentra específicamente en el movimiento de pobladores, resulta sugestiva la lectura que determinados sectores políticos de oposición, los reunidos en la Alianza Democrática, y específicamente sus intelectuales, hacían de las jornadas de protesta y de la violencia por ella suscitada. Este elemento será un factor vertebrador para lo que sigue de la exposición. Véase Iglesia, Mónica. Rompiendo el cerco. El movimiento de pobladores contra la Dictadura. Santiago de Chile, Ediciones Radio Universidad de Chile, 2011.

[15] Estas fuerzas avizoraban una política de cuño abiertamente confrontacional al régimen de Pinochet, los cuales animaban y alentaban los llamamientos a las protestas a nivel nacional. Sin embargo, esta línea respondía, en general, a orientaciones marxistas de una izquierda ortodoxa o dura, por decirlo así, de demandas sociales y políticas más críticas y profundas, y de una salida no pactada con el gobierno militar, y por tanto, de más difícil apertura a tratamientos políticos como la negociación o el pacto, lo cual significó en el futuro la exclusión o el desplazamiento, y, llegada la transición democrática, el constituirse como la conocida izquierda extra-parlamentaria. Mientras tanto la Alianza Democrática tomara un camino muy diferente al MDP.

[16] Las mismas relaciones entre estas fuerzas que, al alero de la renovación socialista, darán pujanza a un ideario identitario de corte progresista de centro-izquierda, y, al mismo tiempo, trabajaran en pos del pacto de la salida del régimen con el gobierno de turno. Este elemento es gravitante respecto al avizoramiento que se tenía en aquella época, al cual visualizaban como un régimen autoritario desgastado. Donde si bien pudo, a partir del año 85, reactivarse económicamente, la falta de democracia, participación y derechos políticos fundamentales, constituían una parte fundamental de la formación de una ciudadanía y de una política libre de restricciones autoritarias.

[17] Intelectuales como Tomás Moulian, Ángel Flisfisch, Manuel Antonio Garretón, Norbert Lechner, Alejandro Foxley, Eugenio Tironi, José Joaquín Brunner y otros, comenzaban a dar discusión respecto de las transformaciones que había tenido el país en la Dictadura y de cuáles serían los presupuestos democráticos en los que debía basarse la transición política. Aunque, hay que evidenciarlo, si el debate giró respecto a la transición y la democracia, los movimientos sociales y los partidos políticos, etc., el discurso nunca fue homogéneo, las diferencias teóricas y políticas siempre estuvieron presentes en estos intelectuales, así como el distanciamiento crítico que algunos tuvieron respecto del tipo de transición lograda en los 90. Véase: Moyano, Cristina. “Un acercamiento histórico-conceptual al concepto de democracia en la intelectualidad de la izquierda renovada. Chile, 1973-1990”. Revista Izquierdas, Número 3, 2009.

[18] Moyano, Cristina. “Movimiento estudiantil 2011: un ejercicio comprensivo del movimiento social en Chile”. Sergio González Rodríguez, Jorge Montealegre Iturra (eds.) Ciudadanía en marcha. Educación superior y movimiento estudiantil 2011: cursos y lecciones de un conflicto. Santiago de Chile, USACH, 2012, p. 33.

[19] Tironi, Eugenio. “Marginalidad, movimientos sociales y democracia”. Proposiciones, Vol. 14, 1987.

[20] Pincheira Torres, Iván. “Del miedo y la seguridad; las luchas ético/estéticas en el Chile de hoy”. Isabel Cassigoli y Mario Sobarzo (eds.) Biopolíticas del Sur. Santiago de Chile, Editorial ARCIS, 2010, p. 276.

[21] “[Las] transformaciones de la sociedad en estos años se tradujeron en su atomización y en la masificación de sectores difícilmente organizables y representables, con predominio de bases juveniles, algunas con un fuerte potencial de radicalización y rebeldía”… y por tanto… “difícilmente las estructuras políticas logran canalizar y representar a estos sectores”. Garretón, Manuel Antonio. Dictaduras y democratización, citado en Moyano, Cristina. “Movimiento estudiantil 2011: un ejercicio comprensivo del movimiento social en Chile”. Op. Cit., p. 30.

[22] Ibíd., p. 32.

[23] Id.

[24] “El 25 de agosto [de 1985] fue suscrito por un grupo de dirigentes políticos –representantes de la Unión Nacional, del Partido Liberal, del Partido Nacional, del Partido Demócrata Cristiano, de la Social Democracia, del partido Radical, de la Unión Socialista Popular, del Partido Socialista (los sectores liderados por Briones y Mandujano) y de la Izquierda Cristiana– un documento titulado “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia”, respondiendo al llamado a la “reconciliación” efectuado por el arzobispo de Santiago, cardenal Francisco Fresno, quien también había requerido la colaboración del empresario José Zavala y de dos ex ministros (también empresarios) –Fernando Léniz (ministro de Economía en el primer gabinete de la dictadura) y Sergio Molina (ministro de Hacienda durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva)– para encontrar una solución pactada y “beneficiosa para todos” a la dictadura. El cardenal Fresno buscaría insistentemente la negociación entre el Gobierno y los partidos políticos –de centro y derecha– para impulsar el acuerdo. De ese acuerdo quedaba excluido el PC, como también las fracciones más a la izquierda del PS y, obviamente, el MIR”. Mónica Iglesias. Rompiendo el cerco. El movimiento de pobladores contra la Dictadura. Op. Cit., p. 275.

[25] Rovira Kaltwasser, Cristóbal. “Chile: transición pactada y débil autodeterminación colectiva de la sociedad”. Revista Mexicana de Sociología, núm. 69, abril-junio, 2007, p. 349.

[26] Tironi, Eugenio. La invisible victoria, citado en Moyano, Cristina. “Un acercamiento histórico-conceptual al concepto de democracia en la intelectualidad de la izquierda renovada. Chile, 1973-1990”. Op. Cit.

[27] Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Op. Cit., p. 245.

[28] Id.

[29] “El NO evocaba el fin de las epopeyas y su triunfo: la valorización positiva de ese proceso. Según los ideólogos de la campaña, la “gente” en Chile estaba cansada de tantas transformaciones radicales y su máxima aspiración era que la política se redujera a una esfera mínima, que si bien importante debía alejarse de lo cotidiano, para ejercerse profesionalmente. Se ponía fin a una época y por ello, el plebiscito era expresión del fin de un proceso estructural, donde la política desplazó su eje referencial al pasado para concentrarse en el futuro. Simultáneamente se separaba lo social de lo político y con ello se le restaba omnipotencia a la actividad política, permitiendo la generación de un sistema de autodefensa ante cualquier posible quiebre democrático futuro. No todo era, fue, ni debía ser política”. “Movimiento estudiantil 2011: un ejercicio comprensivo del movimiento social en Chile”. Moyano, Cristina. Op. Cit., p. 36.

[30] Tironi, Eugenio. “Marginalidad, movimientos sociales y democracia”. Op. Cit., pp. 16-17.

[31] Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Op. Cit., pp. 43-51.

[32] Respecto a este equilibrio inestable de compromisos podemos apuntar lo siguiente: 1) los compromisos entre las clases dominadas y el poder político hegemónico pueden involucrar los intereses económicos y sociales de los sectores populares a corto plazo, sin que afecte, en lo esencial, los interés políticos del bloque de poder hegemónico; 2) el equilibrio entre el bloque de poder y los dominados no amenaza el poder político, el cual fija los límites mismos de ese equilibrio; 3) e inestable en tanto que los limites del equilibrio los fija la coyuntura política. Poulantzas, Nicos. Ibíd., pp. 241-246.

[33] Poulantzas, Nicos. Poder, Estado y socialismo. Op. Cit., p. 30.

[34] Lo ideológico en Poulantzas responde en gran medida a la tradición teórica althusseriana. Aunque, hay que indicarlo, Poulantzas aporta y relaciona el elemento ideológico y lo hegemónico respecto del poder de Estado, vinculo fundamental del poder político de clase y del bloque de poder dominante en relación a las clases dominadas. La ideología para Poulantzas es una relación imaginaria de los sujetos con sus condiciones materiales de existencia; se le puede entender bajo una relación de desconocimiento/reconocimiento; como cemento o cohesionador de las relaciones sociales y el poder; también puede ser comprendido como aparato ideológico de Estado; y la ideología puede tener un carácter negativo (excluye, prohíbe, impide, impone, oculta, miente, esconde, hace creer, engaña) así como positivo (crea, transforma, produce realidades); entre otras características. Para revisar algunos trabajos de Poulantzas sobre lo ideológico y lo hegemónico véase: Poulantzas, N. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Op. Cit., pp. 247-289; Poulantzas, N. Poder, Estado y socialismo. Ibíd., pp. 27-34; Poulantzas, N. Hegemonía y dominación en el Estado moderno. Op. Cit., pp. 67-81.

[35] Moulian, Tomás. Chile actual. Anatomía de un mito. Chile, Editorial ARCIS-LOM, 1998, pp. 37-38.

[36] Id.

[37] “El esfuerzo del consenso tiene su plena recompensa cuando Allamand –político de derecha– dice: “Foxley y Ominami hubiesen sido excelentes ministros del gobierno militar”, o cuando se le atribuye a Pinochet la frase “De haber conocido al ministro Correa lo hubiera nombrado en mi gabinete”. Moulian, Tomás. Chile actual. Anatomía de un mito. Ibíd., p. 40.

[38] “La ‘política de lo posible’, en suma, derivó en una progresiva ‘despolitización’, toda vez que su identificación con ‘lo realmente existente’ la convirtió en un espacio puramente administrativo de resolución de problemas, de administración de lo dado y, en definitiva, de mimetización con el modelo de sociedad fundado por el pinochetismo”. Durán Migliardi, Carlos. “El acontecimiento estudiantil y el viraje del proceso sociopolítico chileno”. Revista OSAL, Nº 31, 2012, p. 42.

[39] “Llamo ‘transformismo’ a las operaciones que en el Chile actual se realizan para asegurar la reproducción de la ‘infraestructura’ creada durante la dictadura, despojada de las molestas formas, de las brutales y desnudas ‘superestructuras’ de entonces. El ‘transformismo’ consiste en una alucinante operación de perpetuación que se realizó a través del cambio del Estado. Este se modificó en varios sentidos muy importantes, pero manteniendo inalterado un aspecto sustancial. Cambia el régimen de poder, se pasa de una dictadura a una cierta forma de democracia y cambia el personal político en los puestos de comando del Estado”. Moulian, Tomás. Chile actual. Anatomía de un mito. Ibíd., p. 145.

[40] Garretón, Manuel Antonio. Neoliberalismo corregido y progresismo limitado. Los gobiernos de la Concertación en Chile, 1990-2010. Op. Cit., pp. 181-187.

[41] “Su dicotomía es evidente, mientras este modelo ofrece los mejores indicadores macroeconómicos de América Latina, al mismo tiempo, crea más pobreza y desigualdad… Es así como en los últimos 20 años, la economía chilena ha crecido a un promedio anual del 5,1% y el 2010 alcanzó un PIB per cápita de 14.341 dólares, no obstante, permanece entre los 15 países más desiguales del planeta… Y aunque la prosperidad económica del país más avanzado de América Latina es perceptible, resulta incuestionable que no se plasme en una mejora de la calidad de vida de las familias chilenas. Así, por ejemplo, en el 2006 el ingreso autónomo del 5% de los hogares más pobres era 500veces inferior al del 5% más rico, mientras que en 2009 esa brecha se amplió hasta 830 veces (cifras según la OCDE)”. Mira, Andrea. “Crisis de representatividad y estallido social. Una aproximación a la actual experiencia chilena”. Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 10, Nº 30, 2011, pp. 187-188.

[42] Corvalán, Alejandro 2012. Sistema Binominal: un Desincentivo a la Participación Electoral, en file:///C:/Users/Alumno/Downloads/Sistema_Binominal,_un_desincentivo_a_la_participacion_electoral.pdf

[43] Los jóvenes, por su parte, también serán parte de esta transformación electoral: “mientras en el año 1988, fecha del plebiscito convocado por Pinochet para ratificarse en el poder y que condujo a la apertura del proceso transicional, los jóvenes representaban el 36% del padrón electoral, en el año 2005 esta cifra había disminuido a un escuálido 9,7%2. La inscripción de jóvenes en los registros electorales, por su parte, disminuyó desde el 90% en 1988, hasta un exiguo 24% hacia 2005”. Durán Migliardi, Carlos. “El acontecimiento estudiantil y el viraje del proceso sociopolítico chileno”. Op. Cit., p. 43.

[44] “las dinámicas de cooptación eran más eficientes cuando quienes lideraban el movimiento social tenían un marco común de significación de experiencias con la elite política que dirigía Chile y tendían a volverse menos precisas cuando los actores no reconocían en la experiencia dictatorial su propia forma de examinar la realidad social y por ende, eran menos participes de lograr el consenso, valorizando más positivamente el conflicto y el enfrentamiento”. Moyano, Cristina. “Movimiento estudiantil 2011: un ejercicio comprensivo del movimiento social en Chile”. Op. Cit., p. 37.

[45] El termino pingüino alude a los estudiantes de los niveles secundarios y básicos por los colores del uniforme escolar que visten.

[46] Para revisar elementos concernientes a la desigualdad, segregación y calidad en la educación escolar y universitaria, y las demandas universitarias y evolución de las mismas durante las movilizaciones 2011, véase: Mayol, Alberto; Azócar, Carla y Brega, Carla 2011. El clivaje público/privado: Horizonte último del impacto del movimiento estudiantil 2011 en Chile, en http://www.albertomayol.cl/wp-content/uploads/2011/11/Articulo-Mayol-Azocar-Brega-Ku%CC%88tral.pdf; para revisar aspectos segregativos y desigualitarios en mayor profundidad en la educación y otras esferas, véase: Senado de la republica de Chile. Retrato de la Desigualdad en Chile, 2012, (consultado el 9 de junio del 2014), en www.bcn.cl

[47] Esta coalición agrupa a dos partidos de la derecha chilena: RN (Renovación Nacional) y la UDI (Unión Demócrata Independiente)

[48] “Conducida por un discurso que apelaba a la necesidad del recambio en la administración del aparato público, que recalcaba el desgaste en ideas y acciones tras cuatro gobiernos concertacionistas, y que resaltaba las competencias técnicas de su eventual equipo de gobierno, la campaña derechista logró posicionarse en un escenario en el cual la demanda ciudadana respecto a la política, en lo fundamental, había derivado en una demanda por ‘eficiencia’, ‘buena administración’, control de la corrupción y generación de resultados medibles. En un contexto sociopolítico marcado por una ‘clase política’ que en lo fundamental obviaba la discusión respecto al modelo de sociedad y con una ciudadanía que ‘padecía’ o ‘disfrutaba’ su condición de vida atribuyendo sus éxitos y fracasos a la fortaleza de la iniciativa individual, resultaba natural que el clivaje dictadura/democracia, propio de la política de los años noventa, se diluyera en un clivaje eficiencia/ineficiencia a todas luces favorable a una derecha hábil en desentenderse eficazmente de su lastre dictatorial”. Durán Migliardi, Carlos. “El acontecimiento estudiantil y el viraje del proceso sociopolítico chileno”. Op. Cit., p. 44.

[49] Mira, Andrea. “Crisis de representatividad y estallido social. Una aproximación a la actual experiencia chilena”. Op. Cit., p. 188.

[50] Para revisar el interesante y persuasivo análisis en detalle de parte del CIES (Centro de Investigación en Estructura Social), véase: Mayol Miranda, Alberto y Azócar Rosenkranz, Carla. “Politización del malestar, movilización social y transformación ideológica: el caso ‘Chile 2011’”. Revista Polis, vol.10, no. 30, 2011, pp. 163-164.

[51] En un estudio realizado por el PNUD-UNIR que abarcaba a varios países de América Latina en un periodo del 2009 y 2011, plantea que, en el caso de Chile, este destaca como un país bajo en número de conflictos, pero que, sin embargo, de alta radicalidad. El informe indica tres tipos de conflictividad social: 1) conflictos por reproducción social: las capacidades y dinámicas que posibilitan el cambio o la reproducción social, relacionadas con las condiciones de vida de grupos demandantes que buscan mejor posición en la estructura social, visibilización o derechos que favorezcan el bienestar y vida digna; 2) conflictos institucionales: referidos al funcionamiento institucional o carencia de institucionalidad, conflictividad relativa al mejoramiento de la institucionalidad, gestión administrativa, prestación de servicios públicos y legitimidad de autoridades públicas; 3) conflictos culturales: relativos a las modalidades de interacción entre representaciones, imaginarios o valores de una sociedad. Chile destaca en el estudio por tener un alto porcentaje de conflictos por reproducción social (61%), y le siguen los conflictos por institución (30%) y culturales (9%). Para revisar parte del estudio del PNUD-UNIR nombrado y un análisis llamativo respecto a la matriz de gobernabilidad transicional en Chile véase: Mella Polanco, Marcelo y Berrios Silva, Camila. “Gobernabilidad, democratización y conflictividad social en Chile: escenarios posibles para un nuevo equilibrio”. Revista Polis, vol.12, no.35, 2013, pp. 429-458.

[52] “El lugar de clase, y por tanto su poder, está delimitado, es decir, a la vez designado y limitado por el lugar de las otras clases. El poder no es, pues, una cualidad adherida a una clase ‘en sí’, en el sentido de un conjunto de agentes, sino que depende y deriva de un sistema relacionista de lugares materiales ocupados por tales o cuales agentes”. Poulantzas, Nicos. Poder, Estado y socialismo. Op. Cit., p. 177-178.

[53] Ibíd., pp. 169-165.

[54] Gran parte de la cronología y datos sobre las movilizaciones de aquí en adelante se encuentran en: Urra Rossi, Juan. “La movilización estudiantil chilena en 2011: una cronología”. Revista OSAL, Nº 31, 2012, pp. 23-37.

[55] Gremio histórico de los profesores chilenos de colegios y liceos.

[56] Para resumir cuestiones generales relativos al Petitorio podemos nombrar: “La convicción respecto a que el sistema de educación superior vigente en Chile se encuentra en crisis. La exigencia de entender la educación es un derecho que debe garantizar el Estado, tarea que hoy no se cumple en la práctica puesto que los sectores  vulnerables de la sociedad chilena no pueden ingresar a ella o deben desertar a medio camino por motivos económicos. El diagnóstico respecto a que son muchos los que reciben una educación de dudosa calidad de parte de instituciones privadas que (en la práctica y pese a la prohibición legal) lucran con ella, al mismo tiempo que las familias deben endeudarse por altísimos valores para adquirirla. Mientras tanto, las universidades del Estado trabajan y forman con falta de financiamiento y ante convenios de desempeño que establecen condiciones desiguales respecto al resto de las instituciones”. Mayol, Alberto; Azócar, Carla y Brega, Carla 2011. El clivaje público/privado: Horizonte último del impacto del movimiento estudiantil 2011 en Chile. Op. Cit.

[57] Id.

[58] “el Mensaje Presidencial del 21 de mayo, el que consideró 35 páginas de evaluación y propuestas y en ese contexto se observaron menos de tres párrafos destinados a la educación superior. Los anuncios fueron generales sin especificar ni precisar los plazos: Creación de la Subsecretaría de Educación Superior; Nuevo Trato para las Universidades Estatales; Perfeccionamiento de los mecanismos de financiamiento de la educación superior, particularmente la reprogramación del pago de 100 mil deudores de Crédito con Fondo Solidario. Se anunció un aumento de becas para los estudiantes de la educación técnica profesional y modificaciones del Aporte Fiscal Indirecto (AFI)”. Taller de Análisis de Contexto. “Hitos de un conflicto inconcluso”. Sergio González Rodríguez, Jorge Montealegre Iturra (eds.) Ciudadanía en marcha. Educación superior y movimiento estudiantil 2011: cursos y lecciones de un conflicto. Santiago de Chile, USACH, 2012, p. 15.

[59] Urra Rossi, Juan. “La movilización estudiantil chilena en 2011: una cronología”. Op. Cit., p. 29.

[60] Id.

[61] Mayol, Alberto; Azócar, Carla y Brega, Carla. El clivaje público/privado: Horizonte último del impacto del movimiento estudiantil 2011 en Chile. Op. Cit.

[62] Ibíd., p. 32.

[63] “Según la encuesta Adimark, el rechazo al mandatario ascendió en junio al 60% y su apoyo descendió al 31%, el nivel más bajo desde que asumió el poder en marzo de 2010, tras ganar las elecciones con un 51,61% de los votos, y, según la encuesta CEP la aprobación al mandatario llegaba sólo al 26%”. Mira, Andrea. Crisis de representatividad y estallido social. Una aproximación a la actual experiencia chilena. Op. Cit., p. 191.

[64] Id.

[65] Según una Encuesta Metropolitana del CIES del 2009 el 60% de los encuestados rechazaban las protestas como forma de manifestar el descontento, lo que contrasta el 2011 según la encuesta mensual de Adimark GFK en agosto, llegando a un 52% de aprobación el modo en como los estudiantes llevaban las movilizaciones. Véase: Mayol Miranda, Alberto y Azócar Rosenkranz, Carla. “Politización del malestar, movilización social y transformación ideológica: el caso ‘Chile 2011’”. Op. Cit., p. 172.

[66] En este mismo mes el ministro de educación Joaquín Lavín (dos veces ex-candidato de derecha) es sustituido por Felipe Bulnes, el cual asume la cartera ministerial para dar solución al conflicto. Joaquín Lavín hace bastante que no era considerado como interlocutor válido para los estudiantes.

[67] Poulantzas,  Nicos. Las transformaciones actuales del Estado. La crisis política y la crisis del Estado. Poulantzas, Nicos (ed.). La crisis del Estado. Barcelona, Editorial Fontanella, 1977, p. 61.

[68] Poulantzas comprende a las fuerzas sociales en una combinatoria de diferentes clases, fracciones y grupos diferenciales en una coyuntura específica en el nivel de la práctica política, como proceso activo de participación y organización misma de las fuerzas sociales. Distinto, claro está, a la clase o fracciones mismas, pues la fuerza social resulta de la coyuntura política como declaración abierta y declarada de impugnación o antagonismo. Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Op. Cit., pp. 110-116.

[69] “el ‘momento actual’, como decía Lenin, es decir, el punto nodal en que se condensan las contradicciones de los diversos niveles de una formación en las  relaciones complejas regidas por la sobredeterminación, por sus diferencias de etapas y su desarrollo desigual… coyuntura, el punto estratégico en que se fusionan las diversas contradicciones en cuanto reflejan la articulación que especifica una estructura con predominio. El objeto de la práctica política, tal como aparece en el desarrollo del marxismo por Lenin, es el lugar en donde finalmente se fusionan las relaciones de las diversas contradicciones, relaciones que especifican la unidad de la estructura; el lugar a partir del cual puede descifrarse, en una situación concreta, la unidad de la estructura y actuar sobre ella para transformarla”. Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Ibíd., p. 39. Cursivas en el original.

[70] Poulantzas insiste desde sus primeros trabajos sobre la autonomización relativa de lo político respecto de lo económico. El concepto de crisis tiene una especificidad concreta que no se diluye en un solo tipo de crisis general estructural de una sociedad dada. Así, puede haber crisis económica, por ejemplo, sin tener relación con lo político, en el sentido de una crisis de la política, y viceversa. Igualmente, hablar de crisis política podría confundirse solo con la noción de crisis orgánica –o estructural– al decir de Gramsci, el cual es un tipo de crisis. Por esta razón, Poulantzas comprende especies particulares de crisis política. En este sentido podemos hablar, también, de crisis política en tanto que crisis ideológica, y en consecuencia, de legitimidad.  Poulantzas,  Nicos. Las transformaciones actuales del Estado. La crisis política y la crisis del Estado. Op. Cit., pp. 33-76.

[71] Aunque, claro está, también puede actuar de forma negativa, es decir, negando, prohibiendo, mintiendo, ocultando, etcétera. Poulantzas, Nicos. Poder, Estado y socialismo. Op. Cit., pp. 31-32.

[72] Ibíd., p. 31. Cursivas en el original.

[73] Mayol Miranda, Alberto y Azócar Rosenkranz, Carla. “Politización del malestar, movilización social y transformación ideológica: el caso ‘Chile 2011’”. Op. Cit., p. 174.

[74] Poulantzas, Nicos. Poder, Estado y socialismo. Op. Cit., p 174.

[75]Ibíd., p. 174.

Cristóbal Ramos Guerrero*: “Marxismo y derecho: sobre la crítica de Poulantzas a Pachukanis y Stuchka”

 

 

 

El propósito de esta exposición es considerar parte de las reflexiones críticas de Nicos Poulantzas acerca del derecho, en el periodo donde su obra fue más influenciada por el pensamiento de Louis Althusser. Para esto, centraré mi análisis ocupando algunas de las ideas planteadas en los artículos “La teoría marxista del Estado y del derecho y el problema de la alternativa” y “Marx y el derecho moderno”, en conjunto con obras más extensas como Poder político y clases sociales en el estado capitalista y Fascismo y dictadura, en la cual podemos comenzar a considerar que se ha alejado de la médula del proyecto althusseriano, en el cual el derecho es parte constitutiva de la totalidad social, en tanto instancia de la superestructura.

Dentro de este análisis, abordaré las distintas críticas que realiza a autores soviéticos como Pashukanis y Stuchka, buscando una posible respuesta a la luz de lo que plantean estos autores en sus respectivas obras, con la finalidad de develar posibles limitaciones de lo que plantea Poulantzas, su incapacidad para analizar una formación económico-social concreta, y finalmente sus dificultades para la construcción de hegemonía.

  

La caracterización de Poulantzas

Como sabemos, las fuentes del pensamiento de Poulantzas no son coincidentes con las que inspiran las ideas de Marx, como explica Bob Jessop, éstas son: la filosofía francesa, la política italiana, y el derecho romano-germánico[1]. La primera fuente es la que determina la periodificación habitual de la obra poulantziana, atendiendo a las tres concepciones de la filosofía que influenciaron determinantemente su producción teórica, las cuales son el existencialismo sartriano[2], el althusserianismo[3], y la microfísica del poder foucaultiana[4]. Con todo, a pesar de las diferencias conceptuales entre los distintos periodos, respecto al derecho las reflexiones de Poulantzas no variarán demasiado, al menos en dos aspectos:

La principal materialización del derecho, la ley, presenta los siguientes caracteres dentro del modo de producción capitalista, a saber:

Abstracción, los conceptos utilizados por el derecho son construidos a partir de realidades de las que formamos parte y no al revés. Ejemplos de estas abstracciones son las nociones de personalidad, sujeto de derecho, contrato, etc. Se opone esta característica a la idea de lo “concreto”.

Generalidad, el hecho de que la regla general sea que las normas sean aplicables a cualquier persona, no previendo mayores casos particulares. Esta aplicabilidad no se agota en un caso concreto, sino que subsiste mientras exista un interés de que la norma sea aplicada de manera indefinida. Se opone esta característica tanto a “lo particular” como a “lo individual”. La relevancia de esta propiedad para Poulantzas radica en que viene a limitar los efectos del atributo anterior; luego, una norma de derecho no puede ser absolutamente abstracta. A pesar de que no conozcamos la extensión de ciertos conceptos o nociones, entendemos que la abstracción misma subsiste por su aplicabilidad en casos comunes, el ejemplo dado por Poulantzas es uno del derecho romano: las reglas respecto a los derechos reales presentarían más bien un carácter general aunque el mismo concepto abstracto de ‘derechos reales’ no estuviera completamente definido”[5].

Formalismo, que consiste en que las reglas, valores y normas jurídicas, se presentan como desposeídas de contenido concreto. Se opone esta característica a la noción de “materialidad”. La distinción entre formalidad y abstracción, que al común de la gente puede sonarle a ratos incomprensible, para los operadores del derecho no lo es, como lo explica  Karl Engisch (a quien cita Poulantzas para explicar esta dimensión de ámbito de lo jurídico),  puesto que éstos conviven a diario con la formalidad como un atributo de la abstracción. Así, los operadores del derecho se encuentran con ideas como la antijuridicidad formal en el derecho penal, la verdad formal en el derecho procesal, sin que estos sean meras ideas abstractas.[6]

La reglamentación de las normas, que es siempre estricta.

Estas características siempre se subordinan a la necesidad de prever la actividad del hombre. O, en palabras del autor, “es precisamente esta necesidad la que está en la base de un intento de fijación de los valores jurídicos, de su conservación en el tiempo, del establecimiento de su duración”[7]. Estas son las características que explicarían la lógica interna del derecho, mas la última proposición deja la puerta abierta a la pregunta siguiente ¿qué pone en su lugar a las normas jurídicas imperantes[8]? Según Poulantzas, para darle respuesta a esta pregunta, resulta necesario hacer un análisis diacrónico de la totalidad a la cual se agregan y/o eliminan normas jurídicas. Así, sólo analizando los factores cuyo movimiento influye en el devenir de la sociedad en uno u otro sentido, podremos comenzar a mostrar cómo el derecho comienza a desplegarse y a diferenciarse de los otros órdenes normativos. Estos factores serían los siguientes:

La movilidad del orden [jurídico], que resulta apto para prever y asegurar sus propias transformaciones;

El inicio de una sistematización según los dictados de la lógica formal, respondiendo a las características de abstracción, generalidad y formalidad, abre la puerta a la reversibilidad de las instituciones de derecho positivo. Esta sistematización tiene una doble función: por un lado, parece indispensable para una eficiente existencia de reglas de cambio; por el otro, excluye toda otra modificación fundamental para la transformación total de la estructura del conjunto del sistema.[9]

Lo que resulta interesante de todo esto es que antes de la pregunta respecto a la causa de la validez de la normas en última instancia, no existe una ruptura radical con respecto a la concepción positivista clásica del derecho. Es más, el análisis hecho por el positivismo es reafirmado, puesto que no sería incompatible el estudio de la lógica interna del derecho (aunque sin incluir una grundnorm en el sentido de Kelsen) con los elementos de análisis que nos entregaría la tradición marxista. Así, por ejemplo, Poulantzas considerará que su diferencia con Kelsen es metodológica, ya que éste no sigue un método dialéctico interno-externo como el que el griego plantea, estribando aquí la diferencia fundamental: si bien el derecho se encuentra vinculado con el estado, ambos no son dos caras de la misma moneda (que es para Kelsen, la organización de la fuerza), sino que el estado, en su estructura misma, tiene una extensión que aunque le permite abarcar al derecho como abstracción, impide a éste explicarlo como un todo estructurado, con participación en la base ni en la superestructura.

  

La crítica a la teoría del derecho soviética

El segundo aspecto que se mantiene constante en los razonamientos de Poulantzas respecto al derecho es la crítica en contra de las diversas propuestas teóricas provenientes de la Unión Soviética. Estas ideas difícilmente podríamos circunscribirlas a una tradición, a pesar de las distintas polémicas existentes entre los distintos autores, debido a que nunca existió una verdadera institucionalización de la enseñanza del derecho soviético, donde se formara a los estudiantes abordando estas polémicas. La causa de todo esto fue esencialmente que, Evgeny Pashukanis, autor de Teoría general del derecho y marxismo, debió desdecirse de parte de sus ideas esbozadas en la primera mitad de los años veinte[10], y luego cayó en desgracia siendo procesado en los juicios de Moscú acusado de “formar parte del bloque de derechistas y trotskistas(!)”[sic][11]. Tampoco Petr Ivanovic Stuchka, autor de La función revolucionaria del derecho y el estado, se pudo salvar de la derrota que sufrió una parte de los revolucionarios bolcheviques en los años veinte, porque precisamente Andrei Vishinsky, otro de los teóricos del derecho soviético, y quien además fue el fiscal de los procesos de Moscú, veló para que se le apartara de la vida pública[12].

Poulantzas hizo sus críticas explícitas tanto en La teoría marxista del Estado y el derecho y el problema de la alternativa, fechado dentro del final del periodo sartriano, como en Marx y el derecho moderno del periodo cercano al estructuralismo. Categoriza a los críticos marxistas del derecho en dos grupos:

a) Uno voluntarista, cuyos exponentes son Reisner y Vyshinsky, dado que reducen las normas jurídicas-estatales a meros datos-hechos, aislándolas de los valores que expresan, y; b) otro economicista, representada por Stuchka y Pashukanis, puesto que consideran al derecho como un “sistema y orden de las relaciones sociales ratificado por el Estado”[13]. La crítica tiene matices, debido a que para Stuchka la correspondencia es con la subjetividad de la clase dominante, sus intereses de clase; y para Pashukanis, la correspondencia sería con las relaciones entre poseedores de mercancías.

Como corolario de esta clasificación, Poulantzas considerará tanto a Stuchka como a Pashukanis como parte de los exponentes de una teoría marxista instrumentalista del derecho, en tanto consideran a éste como un mero reflejo de la base económica. Las críticas de Poulantzas a los autores recién mencionados, se podrían esquematizar de la siguiente manera:

Existe en estos autores un rechazo de la especificidad del sistema coherente de normas, y por tanto de la autonomía relativa del derecho y del estado respecto de la base económica. Para efectos de desmenuzar esta crítica recién enunciada, la dividiremos en dos partes:

Primero, respecto el carácter específico del sistema coherente de normas, tenemos que comprender que la coherencia en nuestros ordenamientos jurídicos no ha sido la regla, sino que es sólo una apariencia. En este sentido podemos recordar lo que planteaba el jurista chileno Eduardo Novoa Monreal frente a lo que denominaba la maraña legislativa, en su obra El derecho como obstáculo al cambio social. La pretensión de coherencia es sólo una expresión ideológica del pensamiento burgués. Dicha pretensión no es tal, dado que  existen a lo menos dos paradigmas para legislar. Uno es la idea de raigambre liberal con sus ficciones y principios abstractos, y otra es la que ha sido producto de las diversas luchas sociales y que se comenzó a cristalizar en el tiempo después de la codificación. Ambas tradiciones de pensamiento del derecho se encuentran todavía enfrentadas (la liberal y la socialista), y es un conflicto que actualmente parece irresoluble. Un ejemplo de esto es la todavía vigente ficción de conocimiento de la ley (la ley se entiende conocida por todos), enfrentada a una hipertrofia legislativa  que se vuelve “una verdadera trampa para el honesto ciudadano dispuesto a acatar todo aquello que la autoridad legítima pueda reclamarle”[14].

Segundo, con respecto a la autonomía relativa del derecho[15], podemos estimar tal como se preguntara Edward Palmer Thompson en Miseria de la Teoría, queda cuestionarse hasta qué punto existe una autonomía relativa, y de esta pregunta surge una más conflictiva: ¿existe realmente una autonomía relativa del derecho? Recordando la explicación de Thompson, podemos decir que el derecho no está ubicado en su nivel en el ordenamiento de la estructura social, sino que en todos los niveles adopta formas distintas en los distintos modos de producción y en las relaciones productivas. En palabras de Thompson:

Hallé que el derecho no se mantenía cortésmente en un ‘nivel’, sino que estaba imbricado en cada uno de esos malditos niveles; estaba imbricado en el modo de producción y en las propias relaciones productivas (como derechos de propiedad, definiciones de prácticas agrarias) y simultáneamente estaba presente en la filosofía de Locke; se introducía bruscamente con toga y peluca bajo capa de ideología; bailaba con un cotillón con la religión, moralizando acerca del teatro de Tyburn; era un brazo de la política y la política una de sus armas; era una disciplina académica, sujeta al rigor de su propia lógica autónoma; contribuía a la definición de la propia identidad tanto de los gobernantes como de los gobernados; y por encima de todo,  proporcionaba un terreno para la lucha de clases, donde se dirimían nociones alternativas de la ley[16]

Por tanto, el rol que desempeña el derecho en una sociedad determinada solo puede entenderse comprendiendo la pluralidad y diversidad de determinaciones históricas atendiendo al proyecto de una clase social en su momento concreto. Pashukanis, en el capítulo IV de Teoría general del derecho y marxismo se acerca más a esta posición que reconoce las determinaciones históricas, explicando lo siguiente:

La teoría marxista considera (…) toda forma social como una forma histórica y acepta, por consiguiente, la tarea de explicar las condiciones históricas-materiales que han hecho reales esta o aquella categoría. Los presupuestos materiales de la mediación jurídica o de la mediación de los sujetos jurídicos son explicados de modo no diferente a como lo explica Marx en el primer tomo de El capital. Es cierto que Marx lo hace de pasada, a modo de indicaciones que, para la comprensión del elemento jurídico de las relaciones humanas, ayudan bastante más que la teoría general del derecho.[17]

La respuesta del autor me parece más útil a la hora de la concreción de un proyecto específico para la construcción de hegemonía, en el sentido de que aspira a lograr una identificación con su destinatario, más que elaborar un conocimiento abstracto.

La segunda crítica de Poulantzas contra el economicismo de la crítica al derecho, es que el aparato teórico de Pashukanis carece de un objeto. Para Poulantzas, siguiendo a Althusser, el derecho en tanto componente de la sociedad es parte de un todo estructurado, y por tanto, dotado de autonomía relativa, poseyendo de esta forma un objeto específico para elaborar ciencia.

Este objeto específico para el autor no se encuentra explícitamente en la obra del jurista soviético. El problema para el griego radica en que la teoría marxista no se hallaba en aquel momento por completo desarrollada, no existiendo una práctica teórica expresa que pudiese  distinguirse de las demás prácticas sociales. En Pashukanis no hay práctica teórica, sólo hay crítica de las relaciones entre poseedores de mercancías, la cual está en directa relación con la práctica política de la Segunda Internacional. En este sentido, Poulantzas afirma que:

(…) esta concepción de Pashukanis puede ser explicada por el desconocimiento que predominó durante largo tiempo en el pensamiento marxista, a pesar de Marx y Engels, de la relación entre base y superestructura, pero también por la desconfianza que este autor, en contacto con el pensamiento occidental de su época, había concebido hacia la noción misma de la superestructura.[18]

La crítica expuesta por Poulantzas contra Pashukanis resulta injusta por las siguientes razones: primero, usando la expresión de Bensaïd, Poulantzas se comporta como un superman teórico[19], dado que critica a-históricamente al considerar que éste, al no operar con las categorías althusserianas de la ciencia marxista, las de la práctica teórica, las generalidades I (conceptos ideológicos), II (la práctica teórica) y III (conceptos científicos liberados de toda ideología), no está contribuyendo a la construcción de conocimiento específico, y finalmente de hegemonía; segundo, porque de la lectura de Teoría general del derecho y marxismo, es posible encontrar un objeto de estudio. Éste lo podemos definir de manera general como una crítica de los conceptos jurídicos, donde la teoría general del derecho:

no puede tener por materia únicamente definiciones formales y convencionales y construcciones artificiales (…). Ahora bien, la teoría jurídica opera con abstracciones no menos artificiales; el sujeto jurídico o la relación jurídica [las que] tampoco pueden ser estudiadas con los métodos de las ciencias naturales, pero detrás de tales abstracciones se ocultan tal vez fuerzas sociales absolutamente reales[20]

Lo que encuentra detrás de esta disputa acerca del aceptar o criticar es simplemente la lucha de clases. Resulta muy distinto aceptar estas abstracciones acríticamente, que adoptarlas desde una posición opuesta a la complicidad.

 

Derecho e ideología

El último aspecto que me interesa abordar es el siguiente: de acuerdo a la caracterización de Poulantzas (y también de Althusser, en cuanto a que el derecho solo puede ser comprendido dentro de un todo estructurado) no hay un espacio en el cual ideología y derecho se articulen, y esta relación pueda ser explicada conforme a las nociones desarrolladas. Poulantzas vio este problema al parecer, pero su solución fue notoriamente insuficiente. En Poder político y clases sociales,  propondrá que se da en una región especial, y da un ejemplo: “Esta ideología jurídico-política detenta un lugar predominante en la ideología predominante de ese modo de producción, ocupando el lugar análogo de la ideología religiosa en la ideología predominante del modo de producción feudal”[21]. Es necesario recordar que esta instancia especial se encuentra determinada por la instancia económica, por el proceso de trabajo y por la producción misma. Su efecto es el “efecto de aislamiento” que afecta a los agentes de sus relaciones como relación de clase, transformándolos en sujetos jurídicos y económicos”.[22]

Así, la escisión se da en tres planos, en el de lo jurídico, en el de la ideología político-jurídica, y en lo ideológico en general. Con este modelo explicativo Poulantzas no resuelve un problema que queda planteado, que es el cómo interactúan el derecho y la ideología en esta instancia especial, o al menos nunca dice cómo. Se limita a dar el ejemplo de la competencia en el estado capitalista: el aislamiento se da entre obreros asalariados y entre capitalistas propietarios privados, que se manifiesta en la “individualización” de esos agentes, que afecta también a las vidas económicas de éstos.

Otra solución al parecer no explorada aún en lo que respecta al derecho y su relación con la ideología, es que precisamente carece de un espacio específico. Finalmente una última posibilidad puede ser, para usar la del aparato de Althusser[23], que esta relación puede darse de manera contradictoria y ser antagónica como no antagónica.

En la propuesta de niveles de escisión no se le da respuesta a las relaciones entre ellos. Desafortunadamente, en obras posteriores no dio mayores luces acerca de la articulación espacial del derecho dentro de la tópica. En Fascismo y dictadura, un texto que es ante todo militante, las referencias más cercanas a este punto dirán relación con la forma del estado y no con la forma jurídica en particular. Llama la atención que no se aborden ni siquiera someramente las transformaciones que se pudieron dar en el derecho privado en los regímenes fascistas. Tampoco lo hará en Estado, Poder y Socialismo, porque el foco de atención es distinto. La pregunta fundamental que se hace Poulantzas a propósito de este tema no es acerca del rol que ocupa el derecho espacialmente en relación con las otras instancias, sino que es acerca de la fundamentación del por qué obedecemos las normas, y qué rol juega la violencia para limitar nuestro actuar.

Otro problema visible en la obra de Poulantzas que me parece necesario considerar es la antinomia que se da en el aparato ideológico-jurídico, en el conflicto entre la autonomía relativa del derecho y la generación de normas estatales de la clase hegemónica y las clases dominantes en el Estado. La pregunta que nos surge es: ¿cómo se desenvuelve esta contradicción en la lucha de clases? Poulantzas salva el problema remitiéndose a que estas ideologías convivirían como las diversas expresiones orgánicas e inorgánicas de las clases en el sentido común[24]. No me parece una buena solución, pero quién sí ofrece una vía más provechosa para abordar el problema será justamente Pashukanis.

A propósito de la ideología jurídica Pashukanis y Stuchka protagonizaron el conato más interesante de la teoría del derecho socialista de principios de siglo. El debate podemos reconstruirlo releyendo los prólogos de Teoría general del derecho y marxismo y los prefacios de La función revolucionaria del derecho y del Estado. Primero, se encuentra los argumentos esbozados por Stuchka:

a) Pashukanis asimila la forma jurídica a la forma mercancía y trata de analizar al derecho con un método similar al de la economía política, tal como lo plantea Marx en El capital, “colocando en la base del análisis las generalizaciones y abstracciones elaboradas por los juristas burgueses, intenta mostrar al desnudo el condicionamiento histórico de la norma jurídica”. Concluye así que el derecho se deriva de la relación jurídica del cambio de mercancías, dejando fuera a la relación de dominio.

b) Pashukanis, a pesar de polemizar contra los ideólogos burgueses, se refiere a la “forma jurídica” como un simple reflejo de la ideología, descuidando que no es un simple reflejo y que la “ideología jurídica es reflejo del derecho en cuanto forma concreta”[25]

El emplazado respondió a la primera crítica que la forma jurídica es (i) una abstracción lógica, (ii) producto de una real y concreta forma mercantilizada, (iii) mediada por las relaciones de producción. Resulta interesante esta explicación debido a que muestra cómo el derecho y la ideología tienen en realidad una relación orgánica y no a través de distintas estructuras. Podemos encontrar en esta disección de la forma jurídica, tres componentes: la mercancía, lo intercambiado o enajenado; la producción concreta de normas, dotada de una existencia real, y que pasaría a obligar; y la mediación, que por ejemplo en una relación inter pares sería el contenido de la obligación. Lo que pone de manifiesto que tanto la ideología como el derecho participan en cada uno de estos tres niveles de análisis.

A la segunda crítica se le puede oponer la argumentación del capítulo II de Teoría general del derecho y marxismo, en cuanto Pashukanis considera que el derecho solo puede entrar a determinar una realidad que ya ha sido mistificada, y donde las fantasmagorías cerebrales ya están haciéndose objetivas. Explica así que:

El Estado no es solamente una forma ideológica, sino al mismo tiempo una forma del ser social (…) La perfección formal de los conceptos de territorio del Estado, de población, de poder refleja no solo una ideología sino una objetiva forma de una esfera real de dominio centralizado y por tanto, la constitución sobre todo de una real organización administrativa, financiera y militar y de un correspondiente aparato humano y material.[26]

Para nosotros, lo que resulta destacable de Pashukanis en este aspecto, es que su punto de partida no es un a priori, no es la combinación específica que se da entre relación de propiedad y relación de apropiación real, sino que parte desde lo concreto. El derecho es una relación social, y como tal puede dar forma a otras formas sociales. Luego, continúa explicando que el derecho regula las relaciones sociales, tal como indica la relación, esto puede sonar en este momento como una proposición tautológica, pero es la forma más concreta para meterse en el problema.[27] En este sentido podemos encontrar relaciones reguladas por el derecho externamente. Pero, ¿cuál es el momento en que esta relación se vuelve injusta? Conforme a esta formulación nos debiésemos introducir en el derecho privado, “donde las premisas a priori del pensamiento jurídico se revisten de la carne y de la sangre de las dos partes contendientes que defienden con la vindicta en la mano el derecho propio”[28]. Es aquí donde se da el primer equilibrio catastrófico en el derecho. Su causa, la propiedad privada de los medios de producción.

 

 Conclusión

Para finalizar pienso que es necesario reflexionar acerca de cuál debe ser el contenido de lo que queremos construir como derecho, yendo más allá de las escisiones y los niveles de análisis de éste. Poulantzas tilda a la idea de justicia como ideológica, pero no se refiere en ningún momento a su base material. Resulta cuestionable la cesión de la trinchera de “la justicia” que realiza Poulantzas situándola en región ideológica jurídico-política de la ideología dominante. Es problemático negar la idea de que el derecho puede volverse una falsa representación de la realidad, siguiendo con este razonamiento, nos podemos devolver hacia una teoría instrumentalista de éste. Por tanto, resulta necesario comprender que la justicia (entendida como la idea de que los individuos deberían tener a su disposición los recursos necesarios para acceder de modo igualitario a las ventajas que les proporcionen una vida digna y que las libertades deberían estar distribuidas con equidad[29]) sí es un valor al que debemos recurrir, pero no el único. También la solidaridad, la sustentabilidad e incluso la eficiencia deben ser valores a perseguir en la sociedad de transición.


* Universidad de Chile.

[1] Jessop, Bob. “On the Originality, Legacy, and Actuality of Nicos Poulantzas”. Studies in Political Economy, N° 34, 2009.

[2] Las obras más significativas de esta época son: “La critique de la raison dialectique de J.P. Sartre et le droit” del año 1964, su tesis doctoral del año 1965 Nature des choses et droit: essai sur la dialectique y “La teoría marxista del derecho y el estado y el problema de la alternativa”, el cual fue publicado en español por el grupo argentino Pasado y Presente.

[3] Desde la tesis doctoral poulantziana encontramos una lectura atenta de Althusser, por cuanto son citados trabajos que luego formarán parte de Pour Marx, como “Sobre el joven Marx”, “Contradicción y sobredeterminación” y “Sobre la dialéctica materialista”. Además tenemos la referencia a la crítica que realiza Poulantzas a la filosofía sartriana en el prefacio a Hegemonía y dominación en el estado moderno.

[4] Dentro de este período la obra más significativa es, sin duda alguna, Estado, poder y socialismo. Madrid, Siglo XXI, 1979.

[5] « (…) les règles concernant les droits réels présentaient bien un caractère général alors que le concept abstrait même de «droit réels» n’était point définitivement établi » Poulantzas, Nicos. Nature des choses et droit: essai sur la dialectique. Paris, Librairie générale de droit et de jurisprudence, 1965, pp. 262-263

[6] Existe traducción al español. Engisch, Karl. La idea de concreción en el derecho. Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, 1968.

[7] « (…) c’est précisément ce besoin qui est à la base d’une tentative de fixation de valeurs juridiques, de leur conservation dans le temps, d’établissement de leur durée » Poulantzas, op. cit. pág. 236.

[8] En este punto, tanto Bob Jessop, como Luiz Eduardo Motta, intentando mostrar distintas cosas en sus ensayos, coinciden en que es una aplicación del método dialéctico interno-externo  para desarrollar las contradicciones que se muestran manifiestas en el derecho. Jessop, Bob. Nicos Poulantzas. Marxist Theory and Political Strategy. Londres, Macmillan, 1985, p. 40; Motta, Luiz Eduardo, “Direito, estado e poder: Poulantzas e o seu confronto com Kelsen”. Revista de Sociologia e Política. Vol. 19. N° 38, pp. 7-25.

[9] En este análisis es evidente la incipiente influencia del pensamiento de Althusser en la primera etapa creadora de Poulantzas, como reconocerá después en el prefacio a la selección de artículos editadas por el grupo Pasado y Presente en 1967 (me refiero a Poulantzas, Nicos. Hegemonía y dominación en el Estado Moderno. Córdoba, Ediciones Pasado y Presente,1969). Así también, como afirma James Martin, Poulantzas comenzará poco a poco a cambiar la centralidad del derecho como tema de estudio para pasar al estudio del Estado, en el modo de producción capitalista. Martin, James. The Poulantzas Reader. Londres, Verso, 2008. El desarrollo de la respuesta en la tesis doctoral de Poulantzas continúa más adelante recogiendo la idea de visión de mundo propuesta por Lucien Goldmann, para solucionar el problema que se plantea al intentar articular infraestructura con la superestructura, para así mostrar el momento exterior del derecho, el cual le da la uniformidad que necesita para cerrar el punto.

[10] Zapatero, Virgilio. “En torno a E. B. Pashukanis”. Pashukanis, Evgeny, Teoría general del derecho y marxismo. Barcelona, Labor, 1976.

[11] Id.

[12] Id.

[13] Poulantzas, Nicos. (1969). Op cit. p. 12

[14] Novoa Monreal, Eduardo. El derecho como obstáculo al cambio social. México, Siglo XXI, 1983, pp. 47-55.

[15] El análisis más interesante, y que se caracteriza por su concritud, se encuentra en el estudio clásico de Poulantzas: Poder político y clases sociales en el estado capitalista. Mexico, Siglo XXI, 1972, pp. 364 y ss.

[16] Thompson, Edward Palmer. Miseria de la teoría. Barcelona, Crítica, 1988, p. 288.

[17] Pashukanis, Evgeny, op. cit., p. 95.

[18] Ibid, pág. 16

[19] Bensaid, Daniel. “Poulantzas, la politique de l’ambiguïté”. Critique de l’économie politique. n° 11-12, 1973.

[20] Pashukanis, Evgeny, op. cit. p. 45.

[21]Poulantzas, Nicos, 1972, p. 157.

[22] Ibid, p. 159.

[23] La caracterización de la contradicción puede encontrarse en Contradicción y sobredeterminación, artículo contenido en Althusser, Louis. La revolución teórica de Marx. Mexico, Siglo XXI, 1969.

[24] Poulantzas, Nicos,  Ibid.

[25] Stuchka, Peteris. La función revolucionaria del derecho y del estado. Barcelona, Península, 1969.

[26] Pashukanis, Evgeny, op. cit. p. 63

[27] Ibid. p. 65

[28] Ibid. p.66

[29] Esta idea se encuentra un poco más desarrollada por Callinicos, Alex. Un manifiesto anticapitalista. Barcelona, Crítica, 2003.

Luiz Eduardo Motta*: “Acerca de la cuestión de la democracia en el marxismo de Althusser y Poulantzas”

La democracia, como bien ha señalado Luciano Martorano (2011), nunca gozó de tanto prestigio e influencia, sea en el discurso “docto”, sea en el “sentido común”, como en las últimas décadas del siglo XX. Casi se ha convirtido en “consenso” el significado reproducido por los periódicos y los medios de comunicación controlados por el gran capital, que restringen la democracia a su aspecto procesal. No es de extrañar el intenso prestigio que han experimentado ciertos intelectuales académicos como Habermas y Dahl, y el desprestigio de un Lenin, por ejemplo.

            La cuestión de la democracia en Marx (y en el marxismo) tiene como telón de fondo la cuestión del Estado, en particular las diferencias entre el estado capitalista y el Estado durante el período de transición posrevolución (el período socialista).

A pesar de la afirmación de Bobbio (1991) de la ausencia de una “doctrina marxista del Estado”, el marxismo (o la ciencia de la historia) contribuye significativamente al tratamiento de los problemas concernientes a la especifidad del Estado, a partir, por ejemplo, de una redefinición del significado de los conceptos de dictadura y de democracia, desde los clásicos como Marx, Lenin, Kautsky y Rosa Luxemburgo, a los más recientes como Althusser y Poulantzas. Balibar (1975) tiene razón al decir que la teoría de Marx no es un sistema asentado sobre una base filosófica. De ahí que la teoría de Marx no esté terminada. Además, la exposición de su teoría no tiene un comienzo absoluto en su conjunto, ni en cada una de sus partes (por ejemplo, la parte “económica” que él expone en El Capital).

Sin embargo, esto no significa que la teoría de Marx no es sistemática en el sentido científico, es decir, que no define su objeto de estudio con el fin de explicar su necesidad objetiva. Lo que da a la teoría de Marx su carácter sistemático, en este sentido, es el análisis de las distintas formas de lucha de clases y su conexión. Por lo tanto, la cuestión del Estado, de la dictadura, y de la democracia solo pueden ser definida desde de los conflictos de clase que dan su contenido y delimitan las diferentes formas de Estado. Al menos en uno de los aspectos, Bobbio (1991, p. 29) tiene razón cuando dice que Marx tiene una carga de originalidad al ser el primer escritor político que une una concepción realista del Estado con una teoría revolucionaria de la sociedad y del Estado.

A partir de los escritos de Marx, el pensamiento marxista movilizó un intenso debate sobre la cuestión de la democracia y de la dictadura en base a la pregunta sobre cuál es el tipo de Estado que se configurará en el proceso socialista hacia el comunismo. Este debate cobró gran intensidad durante la II Internacional –movilizando a líderes políticos e intelectuales alrededor de este asunto, tales como Lenin, Bernstein, Rosa Luxemburgo y Kautsky–, y durante la década de 1970, por ejemplo, cuando aparece el llamado “eurocomunismo” –debate que movilizó entre otros al intelectual socialista Norberto Bobbio (del Partido Socialista Italiano), a líderes políticos como Enrico Berlinguer, Santiago Carrillo, Pietro Ingrao, y a intelectuales como Rossana Rossanda Christine Buci-Glucksmann, Valentino Gerratana, Giusepppe Vacca, Umberto Cerroni, Henri Weber, Balibar y principalmente Althusser y Poulantzas–.

En este artículo voy a mostrar la contribución de la corriente althusseriana al debate sobre el concepto de Estado y la demarcación establecida entre la defensa de la dictadura del proletariado (Althusser y Balibar) y el socialismo democrático (Poulantzas). El punto de partida es el significado del Estado y de la democracia por los representantes del llamado “eurocomunismo”, y luego trataré del debate entre Althusser y Poulantzas en torno a la cuestión de la dictadura del proletariado y del socialismo democrático.

I – La concepción de democracia de la II Internacional a los “eurocomunistas”

El debate acerca de la democracia y del papel del Estado, y sobre cuál es la estrategia para la construcción del socialismo, la vía reformista o revolucionaria, marcó el escenario marxista en el cambio de siglo y durante las dos primeras décadas del siglo XX. El debate giró en torno a las siguientes cuestiones que se cruzaban: ¿el socialismo podría constituirse a través de las reformas políticas, sociales y económicas, o solo por medio de una revolución “explosiva”, de rupturas? Esta cuestión marcó el debate entre Rosa Luxemburgo y Eduard Bernstein. La segunda pregunta se refiere a si la democracia comprende un valor universal (“método” democrático) en oposición a la dictadura, o la dictadura del proletariado es una forma de democracia popular o de democracia de masas. Y si es así, ¿cuál es el nivel de participación de los que se oponen al partido gobernante? Esta pregunta directamente involucró a Lenin, y a Kautsky (oposición de derecha) y a Rosa Luxemburgo (oposición de izquierda).

Bernstein, de hecho, fue el primer intelectual del campo marxista que rompe de forma explícita con la perspectiva de la ruptura y de la revolución. Al rechazar la tesis de Marx y Engels sobre el colapso del capitalismo, expresada en el Manifiesto Comunista, Bernstein argumenta que la única manera razonable sería la vía parlamentaria hacia la construcción del socialismo en base a reformas sociales. Y el socialismo por la vía “pacífica” puede ser realizado ya que la democracia, para Bernstein, tiene un valor universal, donde la decisión de la mayoría prevalece y hay  protección de las minorías. La democracia, en su opinión, no está restringida a ciertas clases o fracciones, pues responde a todas las clases sociales, es decir, tiene un carácter universal. Esta posición de Bernstein es evidente en este pasaje: “cuanto más se adopta y gobierna la conciencia general, más la democracia es igual en significado al grado más alto posible de libertad para todos” (Bernstein, 1992, p 113).

Siendo la democracia universal y alcanzando a todas las clases, se convierte en la alternativa a la revolución violenta. Lo que garantiza una “transición de la moderna orden social a otra más evolucionada” (ibid., p.115). En lugar de ser heredero del igualitarismo de Rousseau, de los socialistas pre-marxistas, el socialismo sería el “heredero legítimo” del liberalismo. El socialismo, según Bernstein sería “el desarrollo y la garantía de una personalidad libre” (ibid., p.117). El fundamento del socialismo no se debe a las cuestiones materiales, al control y la distribución de la producción, y del poder político, sino se debe a la moral. Es Kant quien Bernstein evoca como precursor del socialismo.

La crítica a las tesis de Bernstein llegó rápidamente, en 1899, Rosa Luxemburgo, en ¿Reforma Social o Revolución?, refuta paso a paso los argumentos defendidos por Bernstein. Uno de los principales aspectos de su crítica a Bernstein se refiere a esta capitulación a la concepción liberal y legalista de la modernidad burguesa. Mientras que la revolución marca un sentido de ruptura y discontinuidad, el legalismo liberal reproduce las relaciones de poder vigentes bajo el aura de universalismo y de derechos. Como Rosa señala: “la revolución es el acto fundacional de la historia de clases, la ley es la continuidad del vegetar político de la sociedad. El trabajo de reforma legal no es, en sí mismo, su propia fuerza motriz con independencia de la revolución; en cada período histórico él solo se mueve en la línea y mientras que permanece el efecto del puntapié que fue dado en la última resolución o, en términos concretos, solo en el contexto del orden social que se colocó en el mundo durante la última transformación. […] Una revolución social y la reforma legal no son diferentes por factores de su duración, sino por su esencia” (Luxemburgo, 2011, vol 1, p. 68-69).

Rosa pone de relieve la identificación de las posiciones de Bernstein con el liberalismo a medida que él abandona el concepto de clase social al emplear la categoría de individuos. Hay una renuncia clara de Bernstein al concepto central del marxismo, que es el de lucha de clases. En un pasaje que demarca claramente esta posición liberal de Bernstein, Luxemburgo afirma: “En una sociedad de clases, sin embargo, la lucha es un fenómeno inevitable, completamente natural –desmiente Bernstein, como resultado final, incluso la existencia de las clases en nuestra sociedad: la clase trabajadora es, para él, solo un revoltijo de individuos fragmentados, no solo política y espiritualmente, sino también económicamente” (ibid., p. 78).

Tras más de diez años de este debate que marcó el cambio de siglo, una vez más la polémica sobre la dictadura del proletariado y el concepto de estado se reanuda a partir del triunfo de la Revolución Rusa de 1917. La toma del poder por los bolcheviques y la implantación de la dictadura del proletariado finalmente concretó la escisión entre socialistas y comunistas, entre reformistas y revolucionarios, empezada en la Primera Guerra Mundial en 1914.

El texto de Kautsky La dictadura del proletariado, de 1918, es una dura crítica de los primeros momentos de la revolución rusa, y refleja en gran medida las posiciones de Bernstein en la defensa de la democracia en oposición a la dictadura, a pesar de no asociar el socialismo al liberalismo como lo hizo este último. Hay para Kautsky una intensa oposición entre lo que él llama el “método democrático” y el “método dictatorial”, además de la evaluación positiva de la Comuna de París con relación a la Revolución Rusa. La posición central de Kautsky es que el socialismo es inconcebible sin democracia. Al igual que Bernstein, Kautsky tiene la creencia en el sufragio universal, que permitió a las “clases inferiores del pueblo hablar” (Kautsky, Lenin, 1979, p.20). Es la democracia la que proporciona el indicador más fiable de la madurez del proletariado.

Esta posición de Kautsky era incompatible con la de Lenin. Y esta ruptura entre socialistas y comunistas abrió una herida que nunca se ha curado hasta el día de hoy. La demarcación de Lenin con respecto a la ruptura revolucionaria y el establecimiento de la dictadura del proletariado representaron la defensa de las posiciones políticas del Marx maduro[1]. En El Estado y la revolución, escrito justo antes de la Revolución victoriosa de Octubre de 1917, Lenin retoma los argumentos políticos centrales de Marx y Engels sobre el papel del Estado. Además de surgir de las contradicciones de clase, el Estado es un órgano de dominación de clase y es suya la función represora de las clases subalternas. De ahí la necesidad de sustituir el Estado capitalista por el Estado de transición con el fin de extinguirlo, y consecuentemente extinguir la democracia ya que esta es una forma de Estado.

No existe un principio universal de democracia en la opinión de Lenin apoyada en los escritos de Marx y Engels, y esto lo pone en un campo diametralmente opuesto al de Kautsky. Para el marxismo, la pregunta sobre la democracia sería “¿para qué clase?”, tampoco dictadura es un concepto general, ya que habría diferencias entre una dictadura revolucionaria y una dictadura reaccionaria o conservadora. La dictadura no es una forma de gobierno. Como observó Lenin, “no es en absoluto, no es de ninguna manera la misma cosa. Así, también, es absolutamente falso que una clase no puede gobernar; tal disparate solo puede brotar de uno ‘cretinismo parlamentario’ que no ve nada fuera del parlamento burgués y nada ve fuera de los ‘partidos dirigentes’” (Kautsky; Lenin, 1979, p.104). La mirada de Lenin es más aguda en comparación con Kautsky, pues da cuenta de los límites del ámbito parlamentario y hace una defensa de las nuevas formas de participación, en una clara ruptura con la moderna república burguesa.

Aunque Rosa Luxemburgo estuviese en el campo de la izquierda revolucionaria, su crítica de los caminos tomados por la revolución rusa era implacable, pero no tomó una posición de oposición a ella como lo hizo Kautsky. Su defensa de la democracia estaba más allá de los límites de la democracia liberal burguesa mediante la identificación del socialismo revolucionario como el verdadero significado de la democracia.

En su texto, La revolución rusa, Rosa Luxemburgo, de hecho, critica la disolución de la Asamblea Constituyente y la supresión de la democracia en general por Lenin y Trotsky, teniendo en cuenta que con la supresión de los mecanismos mínimos de elecciones se constituyó un “socialismo por decreto”. La dictadura del proletariado para Rosa, a diferencia de la dominación de clase burguesa que no requiere la formación ni la educación política de toda la masa del pueblo, necesita la intensa movilización y participación popular, es su elemento vital, el aire sin el cual no puede existir (Luxemburgo, 2011, vol. 2, p. 205).

En un importante párrafo de La revolución rusa se lee: “la libertad solo para los que apoyan al gobierno, solo para los miembros de un partido (aunque fuese el más numeroso), no es libertad en absoluto. La libertad es siempre, y solamente, libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de ‘justicia’, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la ‘libertad’ se convierte en un privilegio” (ibid., p 205-206). Este concepto de libertad no puede ser confundido con una toma de posición liberal. La diferencia con respecto a la democracia liberal moderna es evidente en este pasaje: “si la vida pública de los Estados con libertad limitada es tan mediocre, tan miserable, tan esquemática, tan infecunda, es justamente porque, al excluirse la democracia, se suspende la fuente viva de toda a riqueza y de todo progreso intelectual. […] Es preciso que toda la masa del pueblo participe. De otra manera, el socialismo es decretado, otorgado por una docena de intelectuales cerrados en gabinetes. […] La práctica del socialismo exige una transformación completa en el espíritu de las masas, degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los instintos egoístas; la iniciativa de las masas en lugar de la inércia; idealismo que hace posible superar todos los sufrimentos, etc.” (ibid., pp. 207-208).

La consecuencia de esta falta de participación de las masas es el fortalecimiento del poder de la burocracia estatal y del partido, formando una dictadura burguesa de tipo jacobina, y convertiéndose en un dique al crecimiento de la vida pública (de la participación política). El error de la posición de Lenin-Trotsky es proponer, tal como Kautsky, una oposición entre la dictadura y la democracia. Mientras Kautsky decide naturalmente por la democracia, es decir, por la democracia burguesa, Lenin y Trotsky deciden por la dictadura en oposición a la democracia, y de este modo, por la dictadura de un puñado de personas, es decir, la dictadura burguesa. Según Rosa, son dos polos opuestos, ambos igualmente alejados de la verdadera política socialista. Para ella, la dictadura del proletariado es el máximo desarrollo de la democracia, sin parámetros con la democracia moderna burguesa. Como ella afirma: “[el proletariado] tiene el deber y la obligación de tomar de inmediato las medidas socialistas más enérgicas, más inexorables, más duras, por lo tanto, ejercer la dictadura, pero una dictadura de la clase, no de un partido o de un grupo; dictadura de la clase significa que se ejerce en el espacio público más amplio, con la participación sin obstáculos, más activa posible, de las masas, en una democracia sin límites. […] Nunca hemos sido idólatras de la democracia formal, lo que solo puede significar que siempre hicimos la distinción entre núcleo social y forma política de la democracia burguesa; que siempre desvelamos el núcleo áspero de la desigualdad y la esclavitud social, oculto bajo la dulce cáscara de la igualdad y de la libertad formales –no para rechazar, sino para animar a la clase trabajadora que no se conforme con la cáscara, impulsarla a conquistar el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La tarea histórica del proletariado, cuando toma el poder, es el establecimiento de una democracia socialista en lugar de la democracia burguesa, y no suprimir toda democracia. […] La democracia socialista comienza con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Que comienza en el momento de la conquista del poder por el partido socialista. Ella no es más que la dictadura del proletariado. […] Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase, no de una pequeña minoría que dirige en nombre de la clase; quiere decir, él debe, en todo momento, ser el resultado de la activa participación de las masas, ser inmediatamente influido por ellas, estar sujeta al control público en su conjunto, provenir de la creciente formación política de las masas populares” (ibid., pp. 209-210).

El tema de la dictadura del proletariado, o de la vía democrática del socialismo, de hecho regresó con una intensa fuerza a mediados de la década de 1970 en Europa, especialmente en Italia y Francia, con la participación de intelectuales vinculados a los partidos comunistas, partidos socialistas y pequeñas asociaciones revolucionarias. Participaron en este debate Norberto Bobbio, Pietro Ingrao, Santiago Carrillo, Enrico Berlinguer, Valentino Gerratana, Rossana Rossanda, Christine Buci-Glucksman, Luciano Gruppi, Lucio Lombardo Radice, Bernard Edelman, Giaocomo Marramao, David Kaisergruber, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis, entre otros.

No obstante, lo más destacado fue el debate que se dió  en el seno del marxismo althusseriano entre los defensores de la dictadura del proletariado, Althusser y Balibar, y el defensor más consecuente del socialismo democrático, Nicos Poulantzas.

Este debate fue más allá de las fronteras de Europa[2] y fue motivado principalmente por el éxito electoral del PCI por su defensa del socialismo por la vía democrática parlamentaria, cuya posición influyó en los demás partidos comunistas europeos, especialmente el francés y el español, y por su autonomía frente a las posiciones políticas de la URSS. Este fenómeno fue denominado “eurocomunista”. “Eurocomunismo”, de hecho, es un término vago que abarca las diferentes posiciones de los PCs[3] europeos, y una asociación con el socialismo democrático, a pesar de la concepción del socialismo democrático estuviera presente en otros partidos, como los socialistas de Italia y Francia (esto con una fuerte corriente de carácter autogestionario que representaba la ala izquierda).

Como nota Bob Jessop, hay dos tendencias en el eurocomunismo, una de derecha y una de izquierda. La tendencia de derecha tiende a ver la transición democrática al socialismo como gradual y progresiva, basada en una alianza de clases antimonopolio, bajo la dirección del Partido Comunista, sin transformación de los aparatos de Estado, teniendo en cuenta que los conciben como instituciones neutrales; en el fortalecimiento del Parlamento en el control sobre el Estado y la economía, y en incorporar a los sindicatos en la formulación de la planificación económica. En resumen, considera el socialismo democrático como una larga y lenta marcha a través de las instituciones de la sociedad política y civil. Por su parte, la posición de izquierda en el eurocomunismo tiende a ver la transición como una larga serie de rupturas, en base a una amplia alianza ‘nacional-popular’ que implica tanto a los nuevos movimientos sociales como a los partidos políticos. Además, se compromete profundamente con las transformaciones de los aparatos estatales como parte del proceso democrático y en la reestructuración del Estado y de la economía desde una democracia de base, la autogestión y la unificación de un foro parlamentario (Jessop, 1985, pp. 297- 298).

La posición de la tendencia reformista, su creencia en la institucionalidad democrática, de deja ver claramente en este pasaje de un artículo de Berlinguer: “el primer requisito se basa en garantizar el funcionamiento correcto y adecuado de las instituciones democráticas y la garantía de un clima cívico en la lucha política” (Berlinguer, 1977, p. 69). En una entrevista en 1976, Berlinguer defiende la presencia de la empresa privada y reproduce la concepción de la ciudadanía en el molde liberal: “Consideramos necesarias diversas formas de gestión económica, reconociendo un amplio espacio para la empresa privada dentro de una programación pública nacional, elaborada y conducida democráticamente. Con respecto a las tentaciones autoritarias, la forma más segura de evitarlas es dar el poder político a la base más amplia posible de consenso y participación de los ciudadanos, hacer una alianza entre todos los partidos populares y antifascistas, y mantener viva y desarrollar la pertenencia de los ciudadanos a las libertades” (Berlinguer, 2009, p. 107).

El libro de Santiago Carrillo Eurocomunismo y Estado de 1977 es, sin duda, la exposición más sistemática del eurocomunismo en su línea más reformista. En este libro Carrillo resume las principales posiciones del llamado “eurocomunismo”[4] acerca de la democracia y la dictadura del proletariado. Su posición es clara en defensa de la democracia como valor universal y del Estado democrático en cuanto expresión de la voluntad del “pueblo”, y no más de las clases sociales, lo que da al Estado un significado cercano de las perspectivas institucionalistas: “un Estado democrático debe ser caracterizado por la descentralización, de modo que la administración opere con mayor flexibilidad, más cerca y más de acuerdo con la voluntad de los gobernados. Un tipo de Estado de este género se puede convertir con mayor facilidad en un Estado capaz de alcanzar el socialismo por la vía democrática; en un Estado más fácilmente controlado por los electos del pueblo; y por lo tanto un Estado más protegido de las contingencias de un golpe de fuerza. […] Esta concepción del Estado y de lucha por la democratización presupone la renuncia, en su forma clásica, a la idea de un Estado Obrero y Campesino. (Carrillo, 1978, p. 67).

El contrapunto a esta perspectiva más suave se encuentra en las posiciones de Pietro Ingrao, que representaba al ala de izquierda del “eurocomunismo”. Su posición difiere de las otras en la medida en que las acciones de las masas en un sistema democrático son dirigidas a reinventar las instituciones, y no solo al mantenimiento de estas: “diría que cuánto más amplios sean los derechos de libertad política, mucho más rigurosa debe ser la lucha para golpear las bases económicas de la vieja orden, y la lucha –aquí hay un punto decisivo– para renovar y desarrollar las instituciones democráticas, para vincularlas a las masas, para animar y hacerlas efectivas contra la resistencia de las fuerzas del pasado. […] la experiencia vivida en los países de capitalismo maduro nos muestra que la expansión de la democracia en todos los niveles es hoy en día una condición para hacer frente a las nuevas formas de penetración y dominación del capital monopolista, para romper su sistema de alianzas y encaminar la construcción de un nuevo bloque de poder; ahí está el nexo profundo para nosotros entre la lucha democrática y la socialista” (Ingrao, 1980, p. 112).

II – Althusser y la defensa del concepto de la dictadura del proletariado y la estrategia del socialismo democrático de Poulantzas

Althusser aunque siempre ha tenido (por lo menos desde la década de 1960) una posición rebelde dentro del PCF, como su apoyo explícito al maoísmo y a la Revolución Cultural China, hasta ahora no había escrito ningún ataque directo contra el Comité Central (CC) sobre las posiciones del PCF en el ámbito político nacional, ni con respecto a la URSS. Sin embargo, con la adhesión del CC a la estrategia eurocomunista, Althusser (junto con Balibar)[5] se rebeló contra esta posición reformista adoptada por el PCF desde el XXII Congreso donde ha sido eliminado el concepto de la dictadura del proletariado de su programa, y la democracia como valor universal se ha convertido en la palabra de orden central. Althusser al criticar esta posición reformista del PCF defendió, por un lado, el valor científico de la concepción marxista de la dictadura del proletariado, y por otro, la experiencia china de la Revolución Cultural como un modelo de transición socialista al comunismo debido a la intensa crítica a la burocratización del partido revolucionario[6].

La posición del PCF con el abandono de la idea de la dictadura del proletariado se debe, para Althusser, por un lado, a la renuncia del análisis concreto de las relaciones de clase y, por otro lado, a la influencia de la ideología burguesa sobre el partido, sobre su concepción de la teoría y sobre su propria práctica política (Althusser, 1978, p. 28). En este sentido, Althusser sigue de cerca la posición maoísta, pues considera que el propio partido revolucionario no es impermeable a las contradicciones, ni a la ideología burguesa que en última instancia influye sobre sectores que representan las posiciones de derecha del partido. Su posición en este asunto es completamente antagónica a las posiciones estalinistas que se niegan a aceptar la existencia de contradicciones dentro del partido[7]. A pesar de que Althusser concuerda con la idea de que no existe una teoría del Estado marxista (por lo menos de una manera sistemática), sí sostiene que esta teoría está en curso, en base tanto las observaciones y análisis de los clásicos (Marx, Engels, Lenin y Mao), como a las experiencias socialistas en diferentes formaciones sociales (Althusser, 1998, p. 276)[8].

Esta oposición de Althusser al PCF y su defensa del concepto de dictadura del proletariado se encuentran en el contexto de su obra que se clasifica como “textos sobre la crisis del marxismo”, que incluyen: Sobre el XXII Congreso del PCF; Lo que no puede durar en el Partido Comunista; El marxismo como teoría finita; ¡Por fin la crisis del marxismo!; El marxismo hoy y el inédito Marx dentro de sus límites, textos escritos entre los años 1977 y 1978. Por su parte, Balibar expone su posición en el libro Sobre la dictadura del proletariado de 1976.

Althusser, de hecho, demarca claramente en su discurso en el 22º Congreso del PCF que, si bien los países del Tercer Mundo estaban en un contexto favorable, tal como la descolonización de los países africanos como Angola, Mozambique, Guinea Bissau y Cabo Verde, de la victoria vietnamita sobre los EE.UU., de la victoria del Khmer Rouge en Camboya (antes de la denuncia de genocidio), y de las luchas políticas y sociales en América Latina, el socialismo de Europa del Este estaba viviendo una crisis. La crisis del llamado “socialismo real” en Europa del Este mostró claros signos de agotamiento del estalinismo, tanto en lo político como en lo teórico.

Althusser señala que el abandono de la dictadura del proletariado es en sí mismo un acto simbólico mediante la presentación espectacular de rotura con el pasado y asumiendo un “socialismo democrático”, a diferencia del modelo soviético y de Europa del Este. Althusser sugiere que la dominación burguesa en Francia no se limita al aspecto político y parlamentario, pero va más allá incluyendo también la dominación económica e ideológica. La dictadura del proletariado y de sus aliados es la respuesta marxista a este sistema de dominación. Para Althusser, “la forma política de la dictadura o dominio de clase del proletariado es la ‘democracia social’ (Marx), la ‘democracia de masas’ , la ‘democracia hasta el extremo’ (Lenin). Pero en cuanto dominación de clase, esta dominación no puede reducirse únicamente a las formas políticas: la dominación de clase es tanto en la producción como en la ideología” (Althusser, 1978, p. 39-40). Respecto a la revolución, Althusser plantea que no puede haber una forma de acción a priori, lo que significa decir que la vía de la violencia revolucionaria no está excluida: “es la relación de fuerzas la que determina las formas de acción revolucionarias posibles y necesarias. Cuando la burguesía está políticamente en situación de emplear la violencia, cuando la emplea, entonces las masas solo pueden responder con la violencia revolucionaria. Pero si, después de una larga lucha de clases y de grandes sacrificios, el equilibrio de poder se encuentra, aquí o allá, favorable para el proletariado y a los trabajadores unidos y muy desfavorable para el imperialismo mundial y la burguesía nacional, e incluso entonces el pasaje pacífico y incluso democrático se convierte no solo en una posibilidad sino que se hace necesario” (Althusser, 1978, p. 41).

Como Althusser deja claro la dictadura del proletariado no es un concepto aislado que puede ser “abandonado” a su destino solitario, ya que se relaciona con el conjunto de conceptos forjados por Marx a partir de 1845. La “quiebra” de los aparatos de Estado ocupa un lugar central en el entendimiento de Althusser sobre las prácticas políticas emergentes durante el período de transición. Según Althusser, “destruir el Estado burgués, para sustituirlo por el dominio de la clase obrera y sus aliados, no es juntar el adjetivo ‘democrático’ a todos los aparatos de Estado existentes, es más que una operación formal y potencialmente reformista, es revolucionar en su estructura, en su práctica y en su ideología los aparatos estatales existentes, eliminar algunos, crear otros, es transformar las formas de división del trabajo entre los aparatos represivos, los aparatos políticos e los aparatos ideológicos, es revolucionar sus métodos de trabajo y la ideología burguesa que domina sus prácticas, es asegurar nuevas relaciones con las masas a partir de la iniciativa de las masas, sobre la base de una nueva ideología proletaria con el fin de preparar el ‘debilitamiento del Estado’, es decir, su sustitución por organizaciones de masas” (Althusser, 1978, p. 51-52).

La posición de Althusser es clara: el socialismo se hace con una ruptura radical con la política y el Estado moderno. Nuevas prácticas políticas e ideológicas se constituyen en este momento de transición al comunismo, y el papel de las masas es clave para evitar el mantenimiento de las viejas prácticas políticas e ideológicas burguesas, como la burocracia y la ideología de la burocracia que tanto asolaron los partidos revolucionarios y los Estados de transición.

En Marx dentro de sus límites Althusser reitera la importancia del concepto de dictadura del proletariado en la teoría y en la política marxistas. En el aspecto teórico destaca la ruptura con el joven Marx teniendo en cuenta que a partir del 18 Brumário el Estado significa un aparato, una máquina, y no un problema relacionado con la alienación. El Estado se separa, lo que significa que no es idéntico a la política, y que no es expresión de la vida genérica del género humano. El Estado es independiente ya que, como sostuvo Marx, es un instrumento que sirve a la clase dominante para perpetuar su dominación de clase. Por eso es estratégico que la clase obrera tome el Estado, “no  porque el Estado sea universal en acto o en su totalidad, no porque el Estado sea ‘determinante en última instancia’, sino porque es el instrumento, la ‘máquina’ o ‘aparato’ del cual todo depende cuando se trata de cambiar las bases económicas y sociales de la sociedad, es decir, las relaciones de producción” (Althusser, 1994, p. 436).

Aunque el Estado esté apartado, no quiere decir que es autónomo. Aunque existe una pluralidad de aparatos (ideológicos, represivos, políticos), todos tienen el mismo propósito: el mantenimiento del poder de la clase dominante. Los aparatos aunque sean varios y estén separados entre ellos, se adaptan a su objetivo como parte de un todo que se articula. Es así como el Estado se convierte en “esta máquina, este equipo, que sirve como instrumento de dominación de clase y su perpetuación” (Althusser, 1994, p. 458). Esta separación del Estado entonces recibe un nuevo significado. El estado está “aparte” porque su cuerpo tiene la forma de producir una transformación de energía. Es un cuerpo “especial” como un “metal especial” cuya naturaleza especial se compone de agentes del Estado, militares, policías, oficiales de la ley, agentes de las diferentes administraciones. El Estado, como define Althusser, es una máquina de producción de un determinado tipo de energía que es el poder legal, una máquina que produce fuerza (violencia) fundamentada en la ley (cf. Althusser, 1994, p. 477-478).

Además, Althusser señala que el concepto de la dictadura del proletariado no puede ser confundido con un régimen político, como dijo Lenin en su polémica con Kautsky, teniendo en cuenta que todo Estado es una de las formas de dominación de clase. Según Althusser “la dominación de clase abarca todas las formas económicas, políticas e ideológicas de dominación, esto significa que abarca toda explotación y opresión de clase. En este conjunto, las formas políticas ocupan un sector más o menos extenso, pero siempre subordinados al conjunto de las formas. Y el Estado se convierte entonces en este aparato, esta máquina que sirve como instrumento de dominación de clase y su perpetuación” (Althusser, 1994, p.458). El concepto de dictadura en el marxismo, por lo tanto, no puede ser restringido o reducido a una forma de régimen político, ya que hay una variedad de formas de dominación más allá de la política y del Estado. Esto significa, como Althusser señala en un claro acuerdo con Marx y Lenin, que la dictadura del proletariado tiene como objetivo la forma más amplia de democracia o, en otras palabras, la forma política de la dictadura del proletariado se vuelve la más amplia forma de democracia. Esta última expresión pone la forma política en su lugar, ya que no reduce todas las formas de dominación solo a la forma política. Y, además, no se restringe a la forma de dominación política exclusivamente a la violencia abierta y cruda típica de una dictadura bajo la definición de este como un régimen político (cf. Althusser, 1994, p. 461).

A pesar de esta separación del Estado, no significa que él establece una relación ‘alejada’ con la sociedad. Todo lo contrario, Althusser teje una severa crítica tanto a Gramsci como a Hegel por la diferenciación de la sociedad política y de la sociedad civil, porque el Estado siempre penetró profundamente la sociedad civil, no solo a través del dinero y del derecho, no solo a través de la presencia y la intervención de sus aparatos represivos, sino también a través de sus aparatos ideológicos. Para Althusser, el Estado siempre ha sido “ampliado”, no siendo un fenómeno reciente, o restringido a los países de “democracia avanzada”. Sin embargo, como él indica, estas formas de ampliación han cambiado con el tiempo, de una monarquía absoluta hasta el Estado del capitalismo imperialista (cf. Althusser, 1998, p. 287-288).

En esta coyuntura, a finales de 1970, en medio de la emergencia de la crisis del socialismo de Europa del Este y del avance del programa reformista del eurocomunismo, Althusser demarca claramente su posición de ruptura con estas dos perspectivas en el campo de la izquierda al reclamar la influencia de los principios de la Revolución Cultural China[9] de establecer la separación del partido revolucionario del aparato estatal. Esta posición converge con la izquierda revolucionaria italiana unida en el grupo de Manifiesto, que tenía como una de sus principales líderes a Rossana Rossanda. Por invitación de Rossanda, Althusser escribió El marxismo como teoría finita, en 1978, que desencadenó un intenso debate entre los intelectuales italianos y franceses, y generó algunas críticas por los defensores del socialismo por la vía pacífica, así como aquellos que cuestionaban Althusser cuando declaró la inexistencia de una teoría marxista del Estado. No obstante, el hilo principal de este artículo es una crítica de Althusser a la fusión del Estado con el partido revolucionario que se convirtió en dique para el avance de los cambios durante el período de la transición socialista, o de la dictadura del proletariado, problemática ya observada en su texto anterior ¡Por fin la crisis del marxismo! (cf. Althusser, 1998, pp. 277-278).

Althusser señala esta cuestión cuando dice que “por principio, de acuerdo con su razón de ser política e histórica, el partido debe estar fuera del Estado, no solo del Estado burgués, sino con mayor razón, del Estado proletario. El partido debe ser el número uno en la ‘destrucción’ del aparato estatal burgués, antes de convertirse, prefigurando él, uno de los instrumentos de la desaparición del Estado. La exterioridad del partido político en relación con el Estado es un principio fundamental que puede ser encontrado en los textos de Marx y de Lenin sobre la cuestión. (Separar el partido del Estado para entregarlo a las masas: este fue el intento desesperado de Mao en la revolución cultural). Sin esta autonomía del partido (y no de la política) en relación con el Estado, no se dejará  jamás el Estado burgués, por más ‘reformado’ que sea” (Althusser, 1998, p. 290).

Althusser defiende la posición maoísta de que el partido revolucionario no podía ser como los demás, es decir, un apéndice del aparato de Estado político-ideológico del Estado típico de las repúblicas modernas, limitado solo a la representación y al procedimiento parlamentario. El partido revolucionario debe permanecer fuera del Estado a través de su actividad entre las masas, para impulsar a la acción de destrucción-transformación de los aparatos del Estado capitalista y la extinción del nuevo Estado revolucionario. Para Althusser, el nudo gordiano de la cuestión es el propio Estado: ya sea en la forma política de colaboración de clases o la gestión de la “legalidad” existente, sea el partido “convirtiéndose en el Estado”; y el dique de esta burocratización del partido-Estado se encuentra dentro del movimiento de masas.

Una posición para destacar en Althusser es su oposición al idealismo presente en Marx, y ampliamente difundido por los defensores de la “ontonegatividad”, especialmente los lukascianos, que rechazan la existencia de la política y de la ideología en el comunismo, llamado el “reino de la libertad”. Al respecto, Althusser escribe: “admito que el comunismo sea el advenimiento del individuo finalmente liberado de la carga ideológica y ética que lo hace ‘una persona’. Pero no estoy tan seguro de que Marx entendió así este tema, como lo demuestra el vínculo constante que él establece entre el libre desarrollo del individuo y la ‘transparencia’ de las relaciones sociales, finalmente liberadas de la opacidad del fetichismo. No es casualidad que el comunismo aparece como lo contrario del fetichismo, a diferencia de todas las maneras reales en las que aparece el fetichismo: en la figura del comunismo como lo inverso del fetichismo, lo que aparece es la actividad libre del individuo, el fin de su ‘alienación’, de todas las formas de su alienación: el fin del Estado, el fin de la Ideología, el fin de la política. En última instancia, una sociedad de individuos sin relaciones sociales” (Althusser, 1998, p. 291).

Esta concepción idealista del comunismo oscurece más que aclara el hecho de que las relaciones de producción se mantienen en la sociedad comunista y, en consecuencia, sus relaciones sociales y sus relaciones ideológicas. La no existencia del Estado no significa el fin de la política. La política, en efecto, no sería la misma que emergió en la modernidad burguesa, pero esta política sería sustituida por una política diferente, una política donde no existe el Estado, recordando que, incluso en la sociedad capitalista, el Estado y la política no se confunden, es decir, que no son lo mismo[10].

En una posición completamente adversa a la permanencia de rasgos idealistas en Marx y en el marxismo y, en una toma de posición por el materialismo, Althusser dice que “la experiencia demuestra que la representación del comunismo que los hombres, y sobre todo los comunistas, se hacen, por vaga que sea, no es ajena a su forma de pensar sobre la sociedad moderna y sus luchas inmediatas y futuras. La imagen del comunismo no es inocente: puede alimentar ilusiones mesiánicas que garanticen las formas y el futuro de las acciones actuales, desviarlas del materialismo práctico de ‘análisis concreto de la situación concreta’, alimentar la idea vacía de ‘universalidad’ –que se encuentra en algunas expresiones ambiguas tales como ‘tiempo general’, en que se cumple una cierta ‘comunidad’ de intereses generales como si se tratara de la anticipación de lo que algún día podría ser la universalidad del ‘pacto social’ en una ‘sociedad regulada’. Esta imagen, en fin, mantiene con vida (o permite sobrevivir) conceptos ambiguos, con los cuales, bajo el modelo directo de la religión, de que no dio ninguna teoría, Marx pensaba el fetichismo y la alienación, conceptos que, después de 1844, volverán con fuerza en los Grundrisse y todavía dejaran sus vestigios en El Capital. Para resolver el enigma es necesario volver a la imagen del comunismo que Marx se hacía, sometiendo esta problemática imagen a una crítica materialista. Y mediante esta crítica nos hallamos en condiciones de señalar en Marx lo que todavía remite a una inspiración idealista del Sentido de la historia. Teórica y políticamente vale la pena hacerlo” (Althusser, 1998, p. 292).

Si el marxismo es la teoría de las distintas prácticas articuladas (ideológicas, política, económica, teóricas), es factible sostener que éstas no desaparecerán en un momento comunista, sino que tendrán otra calidad, otro contenido, si entendemos que los procesos consisten en rupturas y no en continuidades.

Balibar converge en todos los aspectos con la crítica hecha por Althusser al grupo de Georges Marchais del PCF sobre la identificación del concepto de dictadura del proletariado con una forma de Estado o un régimen político. En su folleto Sobre la dictadura del proletariado, además de respaldar los argumentos de Althusser sobre la naturaleza teórica del concepto de dictadura del proletariado, Balibar confirma que el socialismo no es algo distinto de la dictadura del proletariado, sino que es la propia dictadura del proletariado.

Balibar también marca la diferencia entre la teoría marxista del Estado y la ideología jurídica burguesa cuando dice que toda democracia es una dictadura de clase, ya sea de una minoría (la burguesía) o de una mayoría (el proletariado). El Estado de derecho es una noción falsa, ya que no hay un Estado sin ley, sin derecho organizado, incluido el Estado de la dictadura del proletariado. Entonces significa que cada Estado impone su poder a la sociedad a través de un derecho, y que, por esta razón, el derecho nunca puede ser el fundamento de ese poder. Este fundamento real solo puede ser una relación de fuerzas históricas, extendidas a todos los ámbitos de acción y intervención del Estado, es decir, el conjunto de las esferas de acción y intervención del Estado, es decir, el conjunto de la vida social, ya que ninguna esfera de la vida social (sobre todo el mundo “privado”) está inmune a la intervención del Estado; una vez que el ámbito de acción del Estado es por definición universal.

La teoría marxista del Estado en realidad está situada en la corriente realista del pensamiento político, ya que define el conflicto de clases como motor de la historia, y el Estado tiene un papel central en el mantenimiento del orden por medio de la coacción física. Al respecto, Balibar sostiene: “el Estado se basa en una relación de fuerzas entre las clases, y no en el interés público y la voluntad general. Esta relación es del todo ‘violenta’ en el sentido de que no se limita efectivamente por ninguna ley, y una legislación, una legalidad, que lejos de poner en causa esta relación violenta, no hacen más que sancionarla” (Balibar, 1977, p. 52).

La intervención de Poulantzas en este debate está claramente alineada con la posición de la izquierda eurocomunista. De ninguna manera su defensa del socialismo democrático estaba identificada con la vertiente eurocomunista de Berlinguer y Carrillo, ni con la socialdemocracia. La ruptura con el leninismo de Poulantzas no lo apartó de la “posición comunista” restringiéndolo al momento socialista. Con su salida de la perspectiva leninista, es decir, del énfasis puesto en el papel del partido de vanguardia en la construcción y la conducción del proceso revolucionario durante la fase de transición, Poulantzas retomó las posiciones de Rosa Luxemburgo tanto en su crítica a las primeras medidas de la Revolución Rusa, como a papel fundamental de la acción de las masas; véase la importancia que ha dado a los nuevos movimientos sociales (feministas ecológicos, estudiantiles, por la calidad de vida, los comités vecinales, de ciudadanía[11]) que surgieron durante la década de 1970.

Esta inclinación de Poulantzas al luxemburguismo y a la crítica del leninismo se expresa principalmente en el libro El Estado, el poder y el socialismo (Sobre todo en “Hacia un socialismo democrático”, también publicado en un artículo escrito por New Left Review) de 1978, y en las entrevistas concedidas a las revistas Critique Communiste (intitulada “El Estado y la transición al socialismo” con Henri Weber en 1977), Dialectiques n° 17 (llamada “El Estado, el poder y nosotros” dada a David Kaisergruber en 1977), Marxism Today (dada a Stuart Hall y Alan Hunt en 1979), Rinascita (intitulada “Una revolución copernicana en la política” en 1979), Dialectiques n° 28 (con el título “El Estado, los movimientos sociales, el partido” en 1979) y en los artículos ¿Hay una crisis en el marxismo? de 1979 y Notas para una encuesta sobre el Estado y la sociedad, publicado en 1980.

A pesar de las diferencias entre Althusser y Poulantzas, había algunas convergencias entre ambos pensadores en cuanto a la crítica del partido político revolucionario y su tendencia a la burocratización y fusión con el Estado (Cavazzini, 2009, cf. p. 86), y en la defensa del papel de las masas. Sin embargo, se diferencian por el hecho de que mientras Althusser enfatizó las luchas externas a los aparatos del Estado, Poulantzas defendió la tesis de la internalización de estas luchas sociales en los aparatos del Estado. Por otra parte, si para Althusser la dictadura del proletariado es un concepto central y estratégico en la teoría marxista, significa el socialismo en sí, es decir, la transición al comunismo, Poulantzas, por su parte, considera que debido al desarrollo teórico e histórico del marxismo, y de su creatividad epistemológica, hay transformaciones y creaciones, o el abandono de ciertos conceptos, como la dictadura del proletariado, como afirma en el artículo ¿Hay una crisis en el marxismo? (Poulantzas, 2008, cf. p. 382)[12].

La adopción de la estrategia llamada socialismo democrático de hecho expresa los cambios en el significado del concepto de Estado capitalista que Poulantzas ya había venido implementando desde el libro Las clases sociales en el capitalismo hoy y alcanza su madurez en los libros La crisis del Estado y El Estado, el poder, el socialismo[13]. Si el Estado capitalista se definía originalmente en el Poder Político y clases sociales como una instancia o nivel del modo de producción capitalista (Poulantzas, 1977), gradualmente Poulantzas le dio un nuevo significado, al definirlo de forma relacional. Esto quiere decir –como señala bien en su debate con Henri Weber– decir que el Estado no es un sujeto autónomo (como en la perspectiva social-demócrata), ni un instrumento de clase (de acuerdo con la concepción más vulgar del marxismo-leninismo), perspectiva en que sería homogéneo e impermeable a la contradicciones sociales (2008, p. 334-335). El Estado capitalista en la definición relacional de Poulantzas es permeado por fisuras y contradicciones, en las cuales las luchas de clases actúan; además, la estructura material del Estado capitalista está constituida por la división social del trabajo. Lo que significa decir que las relaciones de producción están presentes en el Estado, y son reproducidas por este. Por consiguiente, el Estado capitalista es una condensación material de relaciones de fuerzas porque él mismo es un escenario de luchas y conflictos entre clases y grupos sociales, teniendo en cuenta que las relaciones de poder y los conflictos no son todos reducibles a la clase social, o la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas. Por lo tanto, el Estado capitalista tiene dentro de sí una multitud de micro-políticas en todos los aparatos existentes, aunque están sobre determinados por la macro-política de la división social del trabajo, es decir, la lucha de clases. Los agentes del Estado, incluso los del aparato represivo no serían inmunes a estos conflictos, a pesar de que están limitados por la ideología dominante tal como se encarna en la base del Estado. Eso significa decir que a pesar de que estos agentes absorben las luchas populares actúan dentro de la legalidad posible para sus acciones.

La cuestión de las relaciones de producción dentro del aparato del Estado, y el Estado capitalista cruzado por las luchas sociales, son unos de los temas en que Althusser se opone a la Poulantzas. Aunque no cite en ningún momento a Poulantzas, en su texto Marx dentro de sus límites, Althusser lo critica al defender la tesis de que el Estado está separado de la lucha de clases, ya que es un instrumento de dominación de la burguesía, de acuerdo con los preceptos extraídos de Marx, Lenin y Mao. Como él disse: “si los grandes aparatos de Estado están a merced del cruce de la lucha burguesa en el Estado, esto podría ser el final de la dominación burguesa” (Althusser, 1994, p. 438)[14].

Volviendo a Poulantzas, su posición claramente se basa en Rosa Luxemburgo, em su oposición a Lenin, en el hecho de que ella defendió el mantenimiento de la democracia representativa articulada con la democracia directa. Para Poulantzas la cuestión es “cómo entender una transformación radical del Estado articulando la expansión y profundización de las instituciones de la democracia representativa y de las libertades (que también fueron una conquista de las masas populares) con el desarrollo de formas de democracia directa en la base y la proliferación de focos de autogestión, este es el problema esencial de una vía democrática para el socialismo y de un socialismo democrático” (Poulantzas, 1978, p.283).

Como Poulantzas dice en su debate con Henri Weber, no es la estrategia del doble poder la que tiene que ser formada, es decir, la toma del poder estatal por asalto externo, sino la articulación de las luchas internas en el Estado con el exterior del Estado. Esta estrategia articulada se caracteriza por una lucha interna al Estado que no sea una lucha encerrada dentro del espacio físico del Estado, sino una lucha que esté de cualquier manera en el campo estratégico representado por el Estado, lucha esta que tiene como objetivo no sustituir el Estado burgués por el Estado proletario por acumulación de reformas, no tomar uno por uno los aparatos del Estado burgués y de ese modo obtener el poder, pero es una lucha de resistencia, una lucha por exacerbar las contradicciones internas del Estado, de transformación profunda del Estado. Al mismo tiempo, una lucha paralela, una pelea fuera de las instituciones y aparatos, generando una serie de dispositivos, redes, poderes paralelos en la base, las estructuras de democracia directa en la base, lucha que no tendría por objetivo la centralización de un contra-Estado de doble poder (cf. Poulantzas 2008, p. 338).

La divergencia de Poulantzas con Althusser se debe a la posición política y la definición del Estado capitalista de este último, pero no en relación con sus supuestos filosóficos y metodológicos que figuran en sus primeros escritos, de acuerdo con su testimonio dado a Stuart Hall y Alan Hunt en la revista Marxism Today. En el campo teórico/metodológico la oposición de Poulantzas fue dirigida al estructuralismo de Balibar. Poulantzas señaló sus diferencias desde Poder político y clases sociales y continuó en otras obras, como Las clases sociales en el capitalismo de hoy y El Estado, el poder y el socialismo. De hecho, la aproximación de Poulantzas a la corriente izquierdista del eurocomunismo le llevó a divergir explícitamente de Althusser[15]. Para Poulantzas la corriente derechista del eurocomunismo de Elleinstein (defendida por Marchais) seguía explícitamente la propuesta de Kaustsky de una revolución progresiva, gradual pacífica y legal. Ya la tendencia izquierdista defendía una democracia de masas, en que incorpora tipos de ruptura y tipos de transformación en el propio Estado. La corriente de la izquierda eurocomunista, según Poulantzas, retuvo la insistencia de un momento de ruptura en el Estado. No hablaban de una transformación gradual y progresiva del Estado. Eran conscientes de que habría un punto de inflexión, y aunque no era hacia una guerra civil, sería una forma de profundizar la crisis del Estado, con un cambio en la correlación de fuerzas dentro del propio Estado (cf. Poulantzas, 2008, pp. 389-391).

A pesar de su proximidad a la izquierda eurocomunista, Poulantzas demarcó diferencias y críticas con Ingrao respecto a la estrategia de la revolución socialista. Ingrao, para Poulantzas, tiene la posición inversa a la de Althusser, al enfatizar la lucha en el Estado, mientras que Althusser defendía la lucha externa al Estado: “Esta presencia de redes estatales en el ‘cotidiano’ conduce en efecto a lo que Ingrao llama politización del social. Límites que pierden de vista, me parece a mí, Ingrao tanto como Althusser. Ingrao, cuando parece entender por politización una posible “inclusión” integral, incluso deseable del social privado, en el Estado –‘síntesis’ política. Althusser, cuando critica Ingrao por esta visión de la politización del social, al considerarla como uma politización burguesa (o política), manteniendo al mismo tiempo la posibilidad de otra política proletaria esta vez, no obstante situada radicalmente ‘fuera’ del Estado (la política), en un no-lugar fantasmagórico. Parece, por tanto, que a pesar de las diferencias, Althusser e Ingrao adoptan, en cierto modo, la misma visión esencialista-topológica del Estado, lo que lleva a ambos, en diferentes caminos (completa politización social) en el Estado para Ingrao, políticamente proletaria fuera del Estado para Althusser, a un panpoliticismo generalizado” (Poulantzas, 1983b, p. 73).

La ruptura de las instituciones representativas es el punto nodal para Poulantzas del proceso de transición. Confiar exclusivamente en la democracia directa no fue un obstáculo al fortalecimiento de la burocracia del partido y del Estado. En su rica discusión con Henri Weber enfatiza esta cuestión en varios pasajes (cf. 2008, pp. 344-345). Existe la necesidad de mantener la democracia representativa en el período de transición, a pesar de que este sistema representativo tendrá que ser transformado y no sea una mera reproducción del parlamentarismo burgués. Poulantzas siempre enfatiza la necesidad de articular la lucha interna con la lucha externa con el fin de crear una situación de ruptura ya que “la ruptura revolucionaria no se traduce necesariamente en la forma de una centralización de un contra-Estado frente al bloque del Estado” (Poulantzas, 2008, p. 340). “Romper” el Estado no significa nada para Poulantzas si no tiene como punto central la transformación de las relaciones de producción. La ruptura no se daría solamente en un momento y excluyendo al Estado, ya que la ruptura cruzaría el interior del Estado. Según Poulantzas, la perspectiva de romper el Estado sigue siendo válida como una transformación profunda de la estructura del Estado.

La ruptura, de hecho, no será exclusiva de la acción de los partidos políticos. Poulantzas ya a finales de 1970 señalaba la decadencia de ellos en el sistema representativo. Como señaló, con la crisis de los partidos políticos y del modelo del Welfare State se ha producido la emergencia y el crecimiento de nuevos movimientos sociales y nuevos contenidos reivindicativos desconocidos hasta ahora a las representaciones tradicionales del campo de la izquierda (cf Poulantzas, 1983a, p. 39). Para él, los movimientos sociales que se producen en la base impulsarían la proliferación de centros de democracia directa desde las luchas populares que siempre van más allá del Estado.

Para Poulantzas “limitarse al terreno del Estado, por más que se adopte una estrategia llamada de rupturista, equivale a deslizarse insensiblemente a la socialdemocracia: debido al propio peso de la materialidad del Estado para cambiar el equilibrio de poder en su interior solo puede hacerse apoyándose también en las luchas y movimientos que van más allá del Estado” (Poulantzas, 1983b, p. 75).

Esta posición de Poulantzas está lejos de limitarse a una perspectiva reformista, dado que el propósito de la construcción de lo que él llama el socialismo democrático debe terminar en la desaparición del Estado. La transformación del aparato estatal con el fin de su desaparición solamente puede basarse en una amplia intervención de las masas populares en el Estado, a través de las representaciones sindicales y políticas, sino también por el desarrollo de sus propias iniciativas en el Estado. Se trata, como él afirma, “de permanecer en una perspectiva global de desaparición del Estado, perspectiva que implica dos procesos: la transformación del Estado y el desarrollo de la democracia directa en la base. Es la ruptura de estos dos movimientos que condujeron a una división en la forma de dos tradiciones[16], fisión que se sabe el resultado” (Poulantzas, 1978, p. 291).

Conclusión

Vimos en el presente artículo que, a pesar de la ausencia de sistematicidad del pensamiento marxista clásico sobre el concepto de Estado, hay una contribución rica respecto al significado del Estado visto como una máquina represiva, o como un conjunto de aparatos de múltiples prácticas (ideológicas, políticas, represivas y económicas). Por otra parte, la cuestión de si hay o no hay oposición entre democracia y dictadura ha estado presente desde el debate de la Segunda Internacional, y en las diferentes posiciones de los intelectuales y de los dirigentes marxistas de la década de 1970, lo que ofrece un rico material para la reflexión y la investigación, por mucho que ha sido vilipendiado por perspectivas teóricas no marxistas. Por lo tanto, el argumento de Bobbio sobre la falta de una teoría del concepto de Estado en el marxismo está completamente equivocado. Como correctamente observó Negri acerca de esta afirmación de Bobbio “es verdad que Marx no elaboró ​​ninguna teoría positiva del Estado y del derecho. Esto no significa, sin embargo, que un análisis marxista no tiene nada que decir sobre el Estado; significa, más bien, que el punto de partida para una crítica marxista del Estado se expresa en términos negativos” (Negri e Hardt, 2004, p. 14)[17]. Es a partir de una negación y de una afirmación que el marxismo discute el concepto de Estado y de la democracia moderna: es a partir de la ruptura, de la discontinuidad y de una respuesta alternativa al problema analizado y criticado.

El debate definitivo de esta problemática se llevó a cabo entre Althusser y Poulantzas[18]. Mediante la observación y el análisis de las propuestas de transición de cada uno, la mayoría de los argumentos de ambos pensadores son convergentes, ya que la cuestión de la ruptura con el Estado capitalista y el modelo democrático liberal está presente. La diferencia es la exterioridad del Estado con respecto a las relaciones de producción por Althusser (que Poulantzas no está de acuerdo, con razón, debido a la presencia de la práctica económica en los aparatos estatales), y el énfasis de Poulantzas al concepto de democracia (o más precisamente de socialismo democrático) a expensas del concepto de dictadura del proletariado, porque históricamente esto se “contaminó” con las prácticas políticas autoritarias, en particular por las corrientes leninistas y –en su máxima expresión– el estalinismo.

No obstante, después de más de veinte años desde el fin del socialismo europeo, y más de treinta desde la crisis del marxismo y del crecimiento hegemónico del discurso democrático y/o liberal en la política y en las ideologías políticas, la coyuntura política ha cambiado significativamente en los últimos años, desde el cambio de la última década. En primer lugar, fue la democracia procedimental –y no la sustantiva y participativa– la que se ha fortalecido desde la crisis del marxismo y del socialismo; en segundo lugar, el fracaso de los planes económicos de ajuste fiscal y de los recortes presupuestuarios en las áreas sociales transferidas a la política financiera (lo que significó reforzar aún más las fracciones burguesas del capital financiero), con graves consecuencias sociales, el aumento del desempleo y el aumento de la tasa de violencia. En tercer lugar, las agresiones externas con carácter imperialista por los EE.UU. y la OTAN en Asia y África se construyen utilizando un discurso en defensa de las instituciones democráticas (y del mercado) para legitimar tales acciones.

El hecho es que se ha producido desde el comienzo de este siglo una reacción al liberalismo, a la democracia procedimental y a las intervenciones imperialistas, tales como la construcción de gobiernos en América Latina de carácter desarrollistas, nacionalistas y antiimperialistas, y que también lanzaron nuevas formas de participación política , más allá de la democracia procedimental. Ejemplos paradigmáticos de ello son los gobiernos de Venezuela y Bolivia. Además de esto, el surgimiento de varios movimientos sociales antineoliberales, y los movimientos de contestación política en diversas formaciones sociales de Europa, y el retorno de organizaciones revolucionarias de carácter marxistas. No es una coincidencia que se haya producido desde mediados de 1990 un ‘regreso’ a la teoría de Marx y de los marxistas.

Pero cuando Althusser y Poulantzas se enfrentaron en el debate, la cuestión democrática (en defensa de su aspecto “universal”) estaba en pleno apogeo, y el liberalismo de la década de 1980 –ahora acompañados por el prefijo “neo”– se convirtió en dominante afectando toda la Europa, con las derrotas de la socialdemocracia inglésa y escandinava, influyendo directamente en las políticas económicas de los partidos socialistas del Mediterráneo (español, griego, portugués y en el segundo gobierno de Mitterrand). Con la crisis de varias formaciones socialistas acusadas de autoritarismo (o “totalitarismo”), incluyendo no europeas como China y Camboya, que contaban con la simpatía de muchos marxistas althusserianos, Poulantzas abandonó el concepto de la dictadura del proletariado pues lo consideraba insuficiente y eligió (el no menos problemático) “socialismo democrático”. El problema que enfrenta Poulantzas con este término es que el llamado “socialismo democrático” tiene varios significados como los de contenido revolucionario, de los luxemburguistas (con quien se identificaba Poulantzas) o Ingrao, sino también de los socialistas reformistas liberales como Bobbio, o incluso los partidos socialdemócratas que reivindican el legado de Eduard Bernstein[19].

La ventaja de Althusser (y Balibar) es que su defensa del concepto de la dictadura del proletariado de Marx es una toma de posición crítica a la democracia liberal (o democracia procedimental), y la defensa de una democracia de masas y del establecimiento de nuevas prácticas políticas. El gran mérito del marxismo revolucionario con relación a este concepto es su crítica del significado de la democracia moderna (o capitalista), ya que no contiene (al igual que la democracia antigua) una práctica (y no un “valor”) universal. Es democrática para algunos segmentos de la sociedad, pero no para la gran mayoría. Esto es visible en términos de decisión que se confía a una minoría, al órgano parlamentario que representa principalmente los intereses del gran capital y del conservadurismo (que pueden pagar campañas millonarias), y el monopolio de los medios de comunicación (controlados prácticamente por pequeños grupos que dan a conocer y distorsionan los hechos noticiados). No hay democracia plena en términos reales, sino prácticas autoritarias, coercitivas, sobre las grandes masas desinformadas de sus derechos básicos. Además, las democracias capitalistas no mostraron tolerancia para cualquier señal de cambio en su sistema, veánse los intentos de desestabilización de los gobiernos de Chávez, Morales y Correa por el gran capital y los medios de comunicación, tal y como sucedió contra Allende en los años 1970. En este sentido, el término “socialismo democrático” suena como una concesión de Poulantzas a la posición de los que defienden la democracia como una forma de régimen político, o incluso como un “valor universal”.

João Quartim de Moraes en su artículo con el acertado título “Contra la canonización de la democracia”, donde polemiza directamente contra Carlos Nelson Coutinho, dice “de su lado, el marxismo no rechaza, en principio, la idea de la transición del capitalismo al socialismo por la vía democrática. Siempre es bueno recordar que quien niega esta vía es la burguesía, como lo evidencian las decenas de golpes de Estado que derrocaron a los gobiernos de izquierda, a menudo bajo atroces baños de sangre. Insiste, sin embargo, en el acondicionamiento de la política por la economía y, en consecuencia, que las formas del Estado se fundamentan en la base económica de la sociedad. Por consiguiente, sobre la base de las relaciones de producción capitalistas, la democracia será siempre la forma política de la dominación de clase de la burguesía. De ahí la necesidad objetiva de una ruptura abriendo el camino para el pasaje del orden del capital a el orden socialista” (Quartim de Moraes, 2001, p. 23).

Atilio Boron también sigue la misma posición de afirmar la imposibilidad de introducción pacífica del socialismo por la vía legal debido a la reacción conservadora del capital a no ceder o transferir su poder a los sectores dominados que pretenden romper estas relaciones de poder a través de la creación de nuevas formas de prácticas políticas: “algunas almas cándidas creen que en los nuevos tiempos democráticos la derecha y el imperialismo se abstendrán de aplicar métodos violentos para frustrar el proyecto transformador. No más ‘pinochetismo’, no más paramilitares… Por desgracia, esto no es así, y toda esta perspectiva –de hecho, una simple esperanza , más que un punto de vista– se basa en la aceptación de una serie de falsas premisas. En primer lugar, existe la falsa idea de que los cambios sociales y políticos se pueden hacer sin despertar una fuerte resistencia. Como hemos dicho en numerosas ocasiones, las iniciativas reformistas más moderadas promovidas por las organizaciones suelen acabar en un baño de sangre, sobre todo en el Tercer Mundo. Y en segundo lugar, y aún más problemático: no hay evidencia histórica mostrando que una clase dominante, o una alianza de clases dominantes, ha renunciado voluntariamente al poder, su riqueza y sus privilegios tras el inicio de un proceso radical de transformación social” (Boron, 2011, p. 94).

La defensa de Althusser del concepto de dictadura del proletariado corresponde más al contexto político actual que la posición de Poulantzas de defensa del socialismo democrático. El mérito del marxismo en la política es desnudar las prácticas de poder que se hacen en nombre de la democracia capitalista, y el concepto de la dictadura del proletariado provoca que se rechace la idea de una democracia para todos en el capitalismo debido a la desigualdad socio-político-económica reproducida por sus aparatos. La igualdad proclamada por la democracia burguesa es una de las cumbres de lo imaginario: se “vive” en algo inexistente, aunque se crea categóricamente en esta “realidad”. La actualidad del marxismo radica principalemente en su arsenal teórico deconstructivo y destructivo de la modernidad burguesa, y en su propuesta alternativa política y social del comunismo que se presenta como una ruptura con el capitalismo y con la perspectiva centrada en el individuo, así como el establecimiento de lo común como eje central en la constitución de las relaciones sociales. Y con la nueva crisis de legitimidad que pasa hoy en día el capitalismo, el pensamiento marxista, y en particular su vertiente althusseriana, tiene una gran contribución que hacer a los procesos de ruptura por venir, sea para desenmascarar el imaginario democrático del capitalismo, sea para analizar la pluralidad contradictoria, sea para establecer estrategias nuevas y diferentes en los distintos aparatos del Estado.

 

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* Universidad Federal de Rio de Janeiro.

[1] La expresión “Marx maduro” es empleada por Lenin, veáse la página 237 de El Estado y la revolución.

[2] En Brasil fue notable a finales de 1970 y principios de 1980 el debate sobre si la democracia tendría un valor universal o no, y si aún es válido el concepto de la dictadura del proletariado y la vía revolucionaria. El punto de partida fue el artículo de Carlos Nelson Coutinho (entonces vinculado al PCB), “La democracia como valor universal”, publicado en Encontros com a Civilização Brasileira n° 9 en 1979. Participaron en este debate Luiz Werneck Vianna, Marilena Chauí, Marco Aurélio Nogueira, Francisco Weffort, Adelmo Genro Filho, Leandro Konder, Pedro Celso Uchoa Cavalcanti, Theotonio dos Santos, João Machado, Eder Sader, Ozeas Duarte, Décio Saes.

[3] La diferencia era clara en el ámbito internacional entre el PCI y el PCF, porque mientras que el primero defendía total independencia de la URSS, así como también una posición crítica, como en el caso de Polonia, el PCF estaba alineado con la Unión Soviética y apoyó el golpe de Estado en Polonia en 1981.

[4] “El lector se puede sorprender con la frecuencia con que en las líneas siguientes utilizo el término ‘eurocomunismo’. Es que está muy de moda y, aún que no ha sido acuñado por los comunistas y su valor científico sea incierto, ya tiene un significado en la opinión pública y, en términos generales, diferencia a una de las tendencias comunistas actuales. […] Pero las implicaciones políticas y teóricas que justifican el ‘eurocomunismo’ definen una tendencia del movimiento progresista y revolucionario moderno que viene a confinarse a las realidades de nuestro continente –aunque sea válida esencialmente para todos los países capitalistas desarrollados– y adaptarlas a la evolución del proceso revolucionario mundial, característico de nuestra época” (Carrillo, 1978, p. 2).

[5] Sumados a ellos otros intelectuales vinculados al PCF como Jean Pierre Lefebvre, Georges Labica, Guy Bois e Maurice Moissonier (Althusser, 1978, p. 110).

[6]  Una posición convergente a mi afirmación se encuentra en Andrea Cavazzini (2009, p. 80).

[7] Esta posición es claramente respaldada por Enver Hoxha (1975), el ex líder estalinista de Albania. Por cierto el propio Hoxha acusó Althusser de ser “eurocomunista” (?!) en un pasaje de su libro El eurocomunismo es anticomunismo donde afirmó: “No fue desde posiciones basadas en los principios que la dirección revisionista francesa criticó y expulsó Garaudy del Partido, sino porque este se apresuró e izó la bandera de la ‘nueva línea’ que, de acuerdo con la jerarquía, sería una acción que correspondía a Marchais y a los líderes de un escalón superior al suyo. Hoy esta dirección trabaja de la misma manera también con Ellenstein y Althusser, que requieren que se avance más rápido por el camino reformista” (Hoxha, 1983, p. 126). Esta afirmación demuestra que el dogmático líder albanés desconocía la obra y la posición política de Althusser en el PCF, dada la oposición de Althusser al reformismo defendido por Ellenstein. Esta tosca concepción errónea ciertamente deriva de las citas del texto de Althusser Ideología y aparatos ideológicos de Estado hechas por Santiago Carrillo en su libro Eurocomunismo y Estado, conocido por Hoxha, aunque en ningún momento Althusser ha legitimado los argumentos de Carrillo en el uso de sus conceptos de AIE y ARE, ni compartir sus posiciones políticas.

[8] Esta observación aparece en el texto ¡Por fin la crisis del marxismo!.

[9] Como ha señalado Fabrizio Carlino sobre la posición crítica de Althusser a las posiciones eurocomunistas del PCF en 1976: “La Revolución Cultural ha sido recibida con entusiasmo por Althusser, precisamente porque prevé la formación de organizaciones que operan en el exterior y sobre la superestructura; de hecho, no es suficiente cambiar las relaciones de producción pero es necesario también revolucionar las ideologías mientras que los aparatos ideológicos, que son siempre aparatos estatales, tienen su eficacia específica” (Carlino, 2010, p. 104).

[10] “En 1847, Marx y Engels explican que el fin del Estado (su extinción) supondrá el fin de la política. Lógicamente, si (como demuestra la Comuna) el fin del Estado comienza de inmediato, y si este ‘fin’ no es una diferencia de grado, pero la combinación de dos tendencias contradictorias en lucha, entonces el ‘fin de la política’ debe también ‘empezar’ inmediatamente. Sin embargo, la tendencia actual que ya se esboza en la Comuna es totalmente diferente: es la constitución, inicialmente provisional y frágil, de otra forma de la ‘política’” (Balibar, 1975, p. 154).

[11] Veáse Poulantzas (2008, p. 411) y (1983b, p. 79).

[12] En El Estado, el poder y el socialismo Poulantzas también afirma que “la dictadura del proletariado en Marx era un concepto estratégico en estado práctico, además de funcionar como un panel indicador. Esto reconduzia a la naturaleza de clase del Estado, a la necesidad de su transformación frente a transición al socialismo y el proceso de desaparición del Estado. Si esto a que ella reconduce sigue siendo real, esta noción tuvo, por lo tanto, una función histórica precisa: de ocultar el problema fundamental, exactamente la articulación de una democracia representativa transformada y la democracia directa en la base. Estas son las verdaderas razones que justifican, en mi opinión, su abandono y no porque este concepto con el tiempo se identifico con el totalitarismo estalinista” (Poulantzas, 1978, p. 283).

[13] Acerca de los cambios operados por Poulantzas en su teoría del Estado capitalista véase Carnoy (1994), Motta (2010) y Codato e Perissinotto (2011).

[14] En otro pasaje crítica a Poulantzas, Althusser dice “Por lo tanto, argumentar que el Estado es ‘por definición, cruzado por la lucha de clases’, es tomar sus deseos por la realidad. Se trata de tomar los efectos, aunque profundos, o rastros de la lucha de clases (burguesa y proletaria) por la lucha de clases en sí” (Althusser, 1994, p. 448). Posteriormente, en la página 484, Althusser distingue luchas corporativas y de insatisfacción salarial de los agentes represivos del Estado (judicial, policías) –que serían las huelgas

motivadas por las luchas de la pequeña burguesía– de luchas (huelgas) determinadas por las contradicciones de clase que tendrían un contenido revolucionario.

[15] En su última entrevista concedida a la revista Dialectiques n°28, Poulantzas comenta las posiciones de Althusser presentadas en el texto El marxismo como teoría finita. En esta entrevista, Poulantzas señala sus similitudes y diferencias con Althusser en relación al Estado capitalista y su distinción de la “sociedad civil”. Como él dice “La proposición de Althusser es hasta cierto punto correcta. En mis últimos trabajos he intentado mostrar que frente a las posiciones iniciales de Althusser, el Estado no puede ser considerado como una instancia o nivel totalmente distinto , de las relaciones de producción y reproducción –una instancia que tendría autonomía natural a través de los diversos modos de producción. El Estado está presente en la constitución misma de las relaciones de producción, y no solo en su reproducción, como sustenta Althusser en su artículo ‘Ideología y aparatos ideológicos de Estado’. El Estado capitalista en particular produce y crea una realidad y tiene una positividad eminente. […] El estado no es el resultado de la suma represión + ideología. Hay que tener en cuenta la función económica del Estado en su materialidad específica, su rol declarado de organizador político de la burguesía, y finalmente, todos sus procedimientos y técnicas de poder disciplinarias y normalizadoras. Pero esta proposición es también una parte falsedad. Mi amigo Althusser a menudo piensa de una forma extrema, ‘tuerce el bastón’ en ambas direcciones y cae tanto en un extremo como en el otro. El propio Marx demostró perfectamente que una relativa separación entre el Estado y las relaciones sociales de producción y reproducción caracteriza al capitalismo y la división social del trabajo. Esta separación no solo se relaciona con el fundamento del poder del Estado capitalista, sino también, y quizá sobre todo, su propia forma como aparato ‘especial’. Esta separación, suponiendo la presencia particular de este Estado en las relaciones de producción, es también la base de la autonomía relativa del Estado y de la política modernos, que en contra de la tradición de reduccionismo económico de la Tercera Internacional, establecimos hace mucho tiempo. Separación, repito, no tiene nada que ver con su representación legal e ideológica: Estado-universalidad contra sociedad civil de particularismos individualizados, o Estado-Moloch totalitario contra la explosión del ‘social’ (Touraine, Lefort, Castoriadis, etc.)” (Poulantzas, 1983b, p. 71).

[16] La estalinista y la socialdemócrata (LEM).

[17] En una respuesta directa a Bobbio en 1976 en el artículo “¿Existe una doctrina marxista del Estado?” Negri dice precisamente que “el movimiento obrero revolucionario no cuenta con una teoría del Estado, porque –a diferencia de los reformistas– no tiene necesidad de prefiguraciones y / o mistificaciones. El ‘quién’ y el ‘cómo’ de la transformación revolucionaria componen un solo proceso, de ahí que no tenga mucho sentido preguntarse cómo será elegido el perrero en la sociedad comunista y si su mandato es revocable e imperativo. El problema de los clásicos consiste en definir las condiciones en las que se desarrolla y debe –por necesidad– desarrollarse el proceso revolucionario” (Negri, 2003, pp. 396-397).

[18] Aparte de Althusser y Poulantzas, éstos representando el punto de vista marxista y revolucionario, podemos mencionar los nombres de Norberto Bobbio expresando la tendencia socialdemócrata, y en un nivel ligeramente por debajo, Claude Lefort simbolizando las corrientes autonomistas herederas del anarquismo, no obstante compartir con Bobbio diversos preceptos del liberalismo político, incluyendo la defensa del llamado “Estado de derecho” en lugar del “Estado totalitario” (Estado autoritario en el caso de Bobbio).

[19] La dificultad para diferenciar entre el socialismo democrático y la socialdemocracia queda clara en el texto de uno de los promotores del “socialismo democrático” en Brasil: “en un sentido amplio, los partidos pertenecientes a la Internacional Socialista se pueden dividir en los socialdemócratas y los socialistas democráticos. Los primeros aceptan el Estado de Bienestar (Welfare State) como su objetivo, mientras que los segundos ven la socialdemocracia como una etapa hacia el establecimiento del socialismo democrático” (Cavalcanti, 1979, p. 118).

Danilo Martuscelli**: “Poulantzas e o conceito de ‘burguesía interna'”*

 

Introdução

Os processos de internacionalização do capital e de implementação da política neoliberal que atingiram as mais variadas formações sociais capitalistas, levaram algumas análises a sustentar a ideia de que presenciaríamos, na fase atual do capitalismo, a unificação dos interesses da burguesia, em escala mundial. As explicações para esse fenômeno são variadas, podendo remeter: aos aspectos simbólicos, ideológicos e culturais que dariam coesão e unidade aos altos quadros das grandes firmas transnacionais (sociologia dos altos quadros identificados com o modo de vida burguês); ao papel desempenhado pelas grandes corporações transnacionais, semvínculos com nenhuma base nacional, que passariam a controlar a economia mundial, substituindo o lugar anteriormente ocupado pelos Estados nacionais (tese da crise do Estado-nação e da ascensão dos novos Leviatãs, as grandes firmas transnacionais); ou aos processos de financeirização, concentração e centralização de capitais que teriam colocado fim aos fracionamentos de classe (tese da financeirização combinada com a ideia de ultraimperialismo de Kautsky).[1]

Como o presente artigo não se propõe a fazer uma análise da tese da existência de uma burguesia mundial, sintetizamos aqui algumas das críticas que empreendemos em outro momento.[2] Em linhas gerais, entendemos que o limite principal da tese da burguesia mundial encontra-se na tentativa de apresentar alguns aspectos isolados e inorgânicos, presentes no sistema econômico internacional, como se fossem tendências gerais do funcionamento do modo de produção capitalista. Diferentemente de tal perspectiva analítica, sustentamos que, para avançar na análise teórica das classes dominantes no capitalismo, o pesquisador não pode deixar de entrever alguns aspectos estruturais (invariáveis) desse modo de produção, tendo em vista que o capitalismo não comporta, em sua reprodução, uma lógica de repartição igualitária da mais-valia global (aspecto econômico) nem permite a existência de uma política estatal que contempleindistinta ou igualitariamente os interesses das diferentes classes sociais, em especial, das classes dominantes (aspecto político). Isso significa quea emergência de fracionamentos no interior das classes sociais é fenômeno latente na própria lógicade funcionamento do capitalismo. A manifestação de tais fracionamentos dependerá do modo como as contradições e as lutas se desenvolvem num determinado período histórico e numa dada formação social na qual predomina o modo de produção capitalista. O que nos leva a sustentar que, no exame das classes dominantes, é possível obter ganhos teórico-metodológicos, se se lograr observar a combinação de aspectos processuais e estruturais desse modo de produção e de seus efeitos sobre a constituição das classes sociais e a configuração das lutas de classes. Caso não se adote tal perspectiva teórico-metodológica, corre-se o risco de apresentar uma análise que redunde numa visão essencialista das classes, ignorando os elementos presentes na dinâmica da atual fase do capitalismo, ou numa espécie de fetiche da novidade, superestimando certos traços conjunturais sem lograr demonstrar sua correspondência com aspectos de ordem estrutural.

As análises do marxista greco-francês Nicos Poulantzas sobre as classes dominantes no capitalismo, elaboradas entre o final dos anos 1960 e meados dos anos 1970,[3] oferecem-nosindicações teóricas importantes para abordarmos a questão dos fracionamentos existentes no seio das classes dominantes e observarmos a relação entre os aspectos de ordem estrutural e conjuntural na determinação da posição das frações burguesas. Visando apresentar o alcance e os limites dessas análises para a compreensão das classes dominantes no capitalismo contemporâneo, procuraremos discutir como Poulantzas caracterizou o fracionamento das classes dominantes segundo o modo de inserção do capital no sistema econômico capitalista internacional,[4] em especial, o estatuto teórico do conceito de burguesia interna, originalmente formulado pelo autor.

1. Burguesia interna: características gerais

O conceito de burguesia interna de Poulantzas -formulado nas suas obras Les classes sociales dans Le capitalisme aujourd’hui e La crise dês dictadures– designa uma fração da burguesia que possui, ou uma relação de dependência (financeira e tecnológica) e contradição em relação ao capital americano, quando o autor toma como ponto de partida o exame da burguesia das metrópoles imperialistas europeias, ou em relação ao capital estrangeiro, quando Poulantzas se refere às burguesias das formações sociais de industrialização dependente, como são os casos das burguesias da Espanha, Grécia e Portugal.[5] Por se definir a partir de um tipo particular de ambivalência em relação ao capital estrangeiro/imperialista, a burguesia interna se distinguiria tanto da burguesia nacional quanto da burguesia compradora. Referimo-nos à ideia de tipo particular de ambivalência, por considerar que este não é um traço específico da posição da burguesia interna, já que pode ser observado também no comportamento da burguesia nacional diante dos capitais forâneos.

A diferença de fundo entre esses dois tipos de ambivalência em relação ao capital estrangeiro/imperialista pode ser detectada no modo como se reproduz o capital em suas principais fases, em escala internacional (a fase em que predomina o comércio de mercadorias e a fase na qual impera a exportação de capitais), e na maneira como as burguesias nacional e interna se relacionam com as classes populares. Por se constituir como uma das frações de classe resultantes do processo de internacionalização do capital (fase da reprodução ampliada do capital), a burguesia interna, comparada com a burguesia nacional, tem muito mais dificuldades de assumir uma posição anti-imperialista e de formar uma aliança com amplos setores das classes populares.Salientamostambém queé improvável a emergência de uma burguesia nacional, cujo comportamento esteja marcado pela oposição ao imperialismo dominante, nas formações sociais sobre as quais a interpenetração dos capitais mais avançou.[6] Assim sendo, é possível dizer que a burguesia interna ocupa uma posição intermediária entre a burguesia nacional e a burguesia compradora. Tratemos de discutir esta questão.

1.1 A posição intermediária da burguesia interna

Historicamente, o conceito de burguesia nacional foi empregado para definir uma fração da burguesia que possui base de acumulação própria, age em defesa da ampliação do mercado interno e tende a aceitar a implementação de políticas de redistribuição de renda e a concretização/ampliação de direitos sociais e trabalhistas com vistas a desenvolver o próprio mercado nacional de massas. Dada a sua adesão à ideologia nacionalista, em circunstâncias históricas excepcionais, essa fração de classe pode participar, juntamente com setores das classes populares, de frentes nacionais ou anti-imperialistas. Além disso, a burguesia nacional tende a abranger segmentos ligados à atividade produtiva, em especial, aqueles que extraem mais-valia sob a forma monetária do lucro industrial; mas, em determinadas conjunturas históricas, outros segmentos econômicos podem vir a se integrar a essa fração de classe.

A expressão burguesia compradora designa uma fração da burguesia que não possui base de acumulação própria e age como uma espécie de correia de transmissão do capital imperialista/estrangeiro na formação social em que está situada. O conceito de burguesia compradora foi cunhado pelos chineses para se referirem à burguesia mercantil (ou comercial) que agia em nome dos interesses do imperialismo japonês na formação social chinesa.[7] Embora Poulantzas procure ampliar a abrangência desse conceito e não faça uso do conceito de burguesia associada ou integrada, preferimos indicar tal denominação, pois o conceito de burguesia compradora está vinculado a uma fase do capitalismo em que predominava o comércio de mercadorias. Em referência à fase da dominância da exportação de capitais e de ampliação dos processos de internacionalização do capital, é preferível utilizar o conceito de burguesia associada ou integrada, pois se trata de uma burguesia que não se restringe à atividade comercial.[8]

De acordo com Poulantzas, a burguesia interna seria uma fração burguesa que ocuparia uma posição intermediária entre a burguesia nacional e a burguesia compradora (associada). Ela possui base própria de acumulação, está interessada na intervenção estatal, especialmente quando essa intervenção lhe garante maior controle sobre determinados ramos econômicos no país, competitividade perante o capital estrangeiro e financia o desenvolvimento econômico voltado para o mercado externo -o qual está mais inclinada a apoiar. Em relação ao mercado interno, defende apenas pequenas elevações do poder de compra e de consumo das massas, o que atesta o caráter socialmente conservador de seu posicionamento político.[9]

1.2 A fragilidade político-ideológica da burguesia interna

Outra característica básica da burguesia interna é a sua fragilidade político -ideológica perante o capital estrangeiro-o que a impede de exercer, no longo prazo, a hegemonia política no bloco no poder. Portanto, na visão de Poulantzas, a burguesia interna está tendencialmente limitada a renegociar a hegemonia exercida pela burguesia compradora (associada) com a qual coexiste no bloco no poder -então, a burguesia interna coexiste de maneira subordinada em relação à burguesia compradora (associada). Além disso, a burguesia interna é atravessada por outras clivagens: entre capital monopolista e capital nãomonopolista e entre os capitais dos diferentes ramos (bancário, comercial e industrial) -o que pode contribuir para dividi-la internamente e, assim, fragilizá-la politicamente nas disputas com o capital estrangeiro com o qual mantém relação de dependência. O autor destaca também que a burguesia interna está ligada aos setores da atividade produtiva, fortalecendo sua posição favorável ao desenvolvimento industrial, mas é possível quefrações da burguesia bancária e comercial venham integrar a burguesia interna numa conjuntura política específica.[10] Por fim, é preciso observar que a burguesia interna pode surgir tanto nas metrópoles imperialistas subordinadas ao capital imperialista hegemônico quanto nas formações sociais de industrialização capitalista dependente.

2. Burguesia interna e capital estadunidense ou estrangeiro

O primeiro problema a que se reporta o conceito de burguesia interna é justamente o da relação com o “capital americano”.[11] Na obra Les classes sociales dans lecapitalisme aujourd’hui, Poulantzas apresenta a burguesia interna como uma fração de classe que possui uma posição ambígua perante o “capital americano”, oscilando entre a dependência e a contradição em relação a esse capital.

Em certa medida, o emprego do conceito de capital estadunidense faz sentido, pois o exemplo histórico a que Poulantzas recorre como referência é o das burguesias europeias dos anos 1970, formadas como resultado do forte processo de internacionalização do capital naquele período. Devido à criação do Plano Marshall, financiado pelos EUA, visando reestruturar a economia dos países europeus afetados pela Segunda Guerra Mundial, o capital que passou a se consolidar na Europa, estruturou-se numa relação de forte dependência ao capital estadunidense. Como observa Poulantzas, as burguesias europeias, no entanto, aos poucos iriam tentar construir uma relativa autonomia em relação a esse capital. Um exemplo disso está presentena própria criação da Comunidade Econômica Europeia, em meados dos anos de 1950, que tinha como objetivo declarado a organização do livre comércio no continente europeu, mas visava, ao mesmo tempo, constituir certa autonomia em relação ao capital estadunidense. O resultado desse processo culminou com o surgimento das burguesias internas na Europa.

É possível, no entanto, entrever limites no uso desse conceito de capital estadunidense. Brunhoff observa que o conceito de “capital americano” é apresentadocomo uma “força inalterável”, “abstrata” e “estática”. Para essa autora, Poulantzas não logra explicar a hegemonia do “capital americano” de modo dinâmico, a partir das condições de acumulação capitalista nos EUA, ou seja: “O capital americano não pode ser considerado sobre seus efeitos nas economias europeias, fazendo-se abstração de suas transformações dentro dos próprios Estados Unidos”.[12] Tampouco a análise poulantziana consegue determinar a “expressão de classe desse capital”-o que permitiria determinar a natureza dessa hegemonia em determinada conjuntura histórica.[13]

Tais críticas não anulam ou reduzem a originalidade da análise realizada por Poulantzas, mas nos encaminham para duas outras problematizações. Quando se refere às contradições interimperialistas e vale-se do uso dos conceitos de “capital americano” e burguesia interna, Poulantzas parece ignorar a existência de um bloco no poder nos EUA- o que poderia levá-lo a considerar que o capital estadunidensenão é um todo monolítico e indivisível, mas é marcado por divisões e hierarquias internas. Tal procedimento analítico poderia ser utilizado para demonstrar que as relações de dependência e contradição das burguesias internas europeias em relação ao capital imperialista hegemônico não se estabelecem com todas as frações do bloco no poder da formação social estadunidense. Ou seja, em acordo com Brunhoff, fica difícil saber, a partir da análise de Poulantzas, qual é a expressão de classe desse capital estadunidense, ou ainda quais segmentos das classes dominantes representam. Em suma, ao não aplicar o conceito de bloco no poder para caracterizar o capital estadunidense, a análise de Poulantzas não entrevê as contradições internas existentes nas classes dominantes estadunidenses e as relações hierárquicas existentes entre elas -o que poderia tornar mais complexa a compreensão da relação dos capitais oriundos dos EUA com os das demais formações sociais.

Levando em consideração as transformações recentes do capitalismo nas quais as principais potências imperialistas não só exportam capitais e mercadorias, mas também incorporam capital e mercadorias estrangeiros, caberia questionar a possibilidade de surgimento de frações burguesas com comportamento próximo ao das burguesias internas no seio da própria formação social capitalista hegemônica. Ou seja, a burguesia interna poderia surgir nos próprios EUA, como sugere Wissel,[14] posicionando-se, por exemplo, contrariamente à abertura econômica indiscriminada em alguns setores nos quais teria dificuldade de obter “vantagens comparativas” em relação aos capitais e mercadorias estrangeiros. No entanto, aqui se faz necessário fazer um reparo crítico à análise de Wissel, tendo em vista que não se pode confundir o conceito de burguesia interna com a existência de uma fração de classe que ocupa uma posição subordinada no bloco no poder de uma formação social capitalista hegemônica. Dito de outro modo: é possível identificar, no bloco no poder de um país imperialista hegemônico, a presença de frações de classe cujas atividades estejam mais voltadas para o mercado interno e que se sintam prejudicadas pela presença de capitais forâneos nessa formação social, mas a subordinação de uma fração no bloco no poder não corresponde ao tipo de subordinaçãode uma fração da burguesia no sistema econômico internacional, como designa o conceito de burguesia interna. Em síntese, observamos a existência dedois tipos de subordinação diferentes, que Wissel ignora para dar sustentação à tese da suposta formação deum bloco no poder transnacional – tese que se inscreve, ainda que com verniz poulantziano, na problemática da burguesia mundial e da crise do Estado-nação.

Quando analisa a emergência do fenômeno das burguesias internas nas formações sociais mais periféricas da Europa, como Portugal, Grécia e Espanha, na obra La crise dês dictadures, Poulantzas já não usa mais o conceito de capital americano, preferindo empregar o conceito de capital estrangeiro. No entanto, o emprego do conceito de capital estrangeiro, concebido de maneira genérica, pode tornar bastante questionável a aplicação do conceito de burguesia interna na análise do sistema econômico capitalista internacional. Assim sendo, faz-se necessário limitar a referência ao capital estrangeiro aos capitais imperialistas, que influem efetivamente nos processos de internacionalização do capital, e aos capitais que, uma vez introduzidos numa formação social particular, podem vir a exercer controle sobre qualquer ramo econômico ou disputar o domínio de determinado capital nativo sobre alguma atividade econômica específica.

Farias sintetizou as três formas de presença do capital estrangeiro na formação social, previstas por Poulantzas, contra as quais a burguesia interna pode ser mais ou menos resistente: “o capital estrangeiro totalmente externo, mas com interesses internos (ação externa/interna); o capital estrangeiro internalizado (atua como capital local, mas envia dinheiro para a matriz); e o capital associado (nativo e estrangeiro)”.[15] O interessante a observar é que a análise de Poulantzas quando explora essas relações entre burguesia interna e capital hegemônico/capital estrangeiro, abre um leque amplo de possibilidades para se compreenderem as ações políticas dessas frações de classe numa conjuntura particular. Nesse sentido, não se pode saber a priori como a burguesia interna se comportará em relação ao capital estrangeiro, pois as formas de presença desse capital numa dada formação social são variadas, restando ao pesquisador o recurso à análise de conjuntura, para chegar a alguma conclusão sobre essa questão. Assim sendo, é possível concluir que somente a análise concreta da situação concreta pode permitir uma visão mais flexível e, portanto, não essencialista acerca da ação política das diferentes frações burguesas, numa dada formação social e numa determinada conjuntura histórica. Tal apontamento nos leva a discorrer sobre os diferentes lugares que a burguesia interna pode ocupar no processo político de uma determinada formação social.

3. Os diferentes lugares ocupados pela burguesia interna no processo político

Poulantzas indica a fragilidade político-ideológica como um dos traços característicos da burguesia interna. Para ele, essa fragilidade advém da dependência da burguesia interna em relação aos capitais e tecnologias estrangeiros. Tal relação impediria a burguesia interna de exercer a hegemonia política, no longo prazo, restando-lhe apenas o papel político de renegociar a hegemonia da burguesia associada com a qual coexiste no bloco no poder. Nessa perspectiva, o autor admite a possibilidade de a burguesia interna exercer a hegemonia, no curto e médio prazos, mas não explicita quais seriam as consequências disso para a relação de dependência que a burguesia interna mantém com os capitais e tecnologias forâneos. As dificuldades teóricas presentes nesse tipo de formulação são flagrantes. Para tentar resolvê-las, faz-se necessário considerar a existência de uma situação excepcionalcaracterizada pela defasagem entre o econômico e o político, configurando-se, assim, um processo no qual a situação de dependência financeira e tecnológica em relação ao capital estrangeiro ou imperialista combina-se com a posição da burguesia interna como fração hegemônica no seio do bloco no poder. Tal situação tende a emergir em conjunturas marcadas pela instauração de uma nova hegemonia política, na qual a burguesia interna passa a gozar da posição de fração hegemônica sem deter preponderância econômica. Ocorre que tal situação só tende a perdurarnum contexto de instabilidade hegemônica, podendo, inclusive, desaguar numanova crise de hegemonia. Ou seja, essa defasagem entre hegemonia política e preponderância econômica inscreve-se no rol de situações excepcionais que caracterizam a lógica interna de funcionamento do capitalismo, advindo daí a dificuldade da burguesia interna quanto a exercer a hegemonia política no longo prazo.

Sob determinadas condições políticas, a burguesia interna pode assumir a condução de frentes políticas com classes e frações de classe dominadas, sem exercer a posição de fração hegemônica, objetivando renegociar a hegemonia da burguesia associada e, com isso, abrir maior espaço para a contemplação de seus interesses materiais no processo de implementação da política estatal.[16] Em tais circunstâncias, ocorre a defasagem entre as posições de fração hegemônica e fração dirigente de frente política, o que significa que a burguesia interna não logra ter seus interesses priorizados pela política estatalnem garantir a aliança entre as classes e frações dominantes no poder, mas consegue emergir no processo políticocomo força social dirigente de uma unidade pluriclassista de interesses que não possui um programa político claramente definido.[17] As crises políticas recentes ocorridas no capitalismo neoliberal brasileiro –[18] as crises do governo Collor (1992) e do “mensalão” (2005)– são exemplos de conjunturas excepcionais nas quais a burguesia interna logrou dirigir frentes políticas com vistas a resistir a políticas de interesse do imperialismo, sem, com isso, chegar a exercer efetivamente a hegemonia no bloco no poder. No limite, poderíamos sustentar que o intento da burguesia interna em dirigir uma frente política com apoio das classes populares pode dar origem a uma situação de instabilidade hegemônica.

A defasagem existente entre hegemonia política e direção de frente política tem relação direta com a distinção existente entre hegemonia política e dominação ideológica. Saes sustenta que a hegemonia política e a dominação ideológica podem ser exercidas por frações de classe distintas.[19] Essa situação pode ser observada, por exemplo, quando a hegemonia política da burguesia associada (especialmente a garantida por setores que obtêm lucro sob a forma de juros) convive com o domínio ideológico da burguesia interna (tendencialmente ligada à atividade produtiva),a qual, como produtora de mercadorias e empregadora de força de trabalho, logra obter com mais facilidade o consentimento das classes populares, em oposição à atividade improdutiva, que socialmente é vista como uma atividade parasitária. Pode ocorrer uma situação em queas burguesias bancária e comercial ajam como burguesia interna, mas nesse caso precisam estar voltadas para auxiliar o desenvolvimento industrial, isto é, devem agir de maneira cooperativa com a burguesia industrial, através, por exemplo, da implementação de medidas que facilitem o crédito para a concretização das atividades produtivas. Nessascondições, haveria um reforço do domínio ideológico da burguesia interna. Tal reforço poderia abrir espaço para a emergência de processos de instabilidade política e permitir novas rodadas de renegociação do conteúdo da política estatal com a burguesia associada.

Ainda no que se refere à questão das defasagens, poderíamos considerar a possibilidade de a burguesia interna ocupar a posição de classe reinante, sem, com isso, se tornar fração hegemônica. Em uma das passagens de Pouvoir politique et classes sociales, Poulantzas sustenta que a fração hegemônica não precisa se fazer presente na cena política para exercer a hegemonia no bloco no poder. É justamente em situações como esta que pode se configurar um quadro de defasagem em que uma fração ocupa a posição de fração hegemônica (por ex., a burguesia associada) enquanto outra a posição de classe reinante (p. ex. a burguesia interna). Em determinadas conjunturas, um determinado partido ou uma dada coalizão partidária que representaos interesses da burguesia interna, podeexercer forte influência sobre postos-chave em governos nacionais e subnacionais e em seus respectivos parlamentos, semque a burguesia interna logre obter predomínio sobre o conteúdo da política estatal. Ou seja, uma fração de classe, como a burguesia interna, pode ser jogada para a boca da cena (no terreno dos partidos), masser lançada, ao mesmo tempo, à coxia (no bloco no poder).

As discussões sobre direção de frente política nos remetem ao tratamento dado por Poulantzas à relação entre burguesia interna e classes dominadas – tema pouco explorado pelo autor. Em linhas gerais, Poulantzas observa que a burguesia interna é favorável a pequenas elevações salariais e à ampliação comedida do consumo das massas. No caso das formações sociais dependentes, deve-se acrescentar que, por serem constituídas por uma base econômica frágil e limitada, as concessões materiais podem ser ainda mais restritas. A conjuntura atual dos países dependentes, como o Brasil, ajuda-nos a refletir sobre esse aspecto, já que a expansão de políticas compensatórias também chamadas de “transferência de renda” não tem sido acompanhada da ampliação de direitos sociais e trabalhistas, concebidos pela burguesia, em seu conjunto, como encargos sociais que criariam óbices à competividade das empresas. Nesse sentido, é possível dizer que a burguesia interna tende a se posicionar de maneira conservadora em relação aos interesses das classes trabalhadoras. Embora em comparação à burguesia compradora (associada), a burguesia interna possa se apresentar como progressista por abrir espaço para concessões limitadas e pontuais às classes trabalhadoras, em termos gerais, não adota uma política efetivamente progressista diante de tais interesses. No geral, as situações em que a burguesia interna logra incrementar sua produção, permite-lhe ampliar dentro de certos limites o emprego e a renda dos trabalhadores assalariados, mas são tendencialmente marcadas por políticas estatais de incentivo à produção e de proteção dos interesses dessa burguesia em relação à concorrência externa de mercadorias e de capitais. Isso quer dizer que a constituição de frentes políticas da burguesia interna com setores das classes trabalhadoras funda-se em pequenas concessões materiais e é geralmente mediada por iniciativas da burocracia estatal de incentivos e financiamentos aos setores econômicos que integram a burguesia interna.  Agindo por si só, sem o apoio das classes populares ou da burocracia estatal, a burguesia interna tem muita dificuldade de obstruir a implementação de políticas que sacrificam seus interesses particulares e, ao mesmo tempo, dão sustentação aos interesses do imperialismo hegemônico.

4. As possibilidades de conversão da burguesia interna em outras frações de classe

A burguesia interna pode vir a se converter em burguesia associada ou burguesia nacional em conjunturas excepcionais. Tal questão não pode ser subestimada. Em primeiro lugar, é preciso ressaltar que o conceito de burguesia interna se situa num processo de constituição de agregados sociais que têm como referência principal, mas não exclusiva, o modo de inserção do capital no sistema econômico capitalista internacional. Nesse sentido, sob pressão da ofensiva imperialista, uma determinada fração burguesa que apresentava comportamento típico de burguesia interna pode vir a se transformar em burguesia associada, agindo como mera correia de transmissão dos interesses de classe forâneos e imperialistas. Tal situação pode se firmar em conjunturas de consolidação de uma ordem imperialista tendencialmente unipolar na qual o espaço reservado à contradição com os interesses imperialistas é diminuto ou inexistente. Trata-se de conjuntura em que a burguesia interna tem muita dificuldade de se erguer à condição de força social e em que há relativa estabilidade política no sistema imperialista internacional.

Em outras circunstâncias, a burguesia interna poderia se converter em burguesia nacional, situação que dependeria de determinada formação social passar por intenso processo de estatização da economia, de modo que a burocracia estatal, convertida em burguesia de Estado, passasse a controlar os principais ramos econômicos, a procurar construir um desenvolvimento voltado para o mercado interno e a contradizer de maneira mais incisiva os interesses dos capitais estrangeiros. Diante do forte processo de internacionalização do capital ocorrido nos últimos anos e da forte integração do grande capital ao sistema econômico internacional, é de esperar que a possibilidade de que a grande burguesia interna se converta em burguesia nacional seja reduzida ou nula. Acresce-se a isso o fato de os interesses da grande burguesia interna estarem ligados tendencialmente à defesa de um tipo de desenvolvimento voltado para o mercado externo, tornando ainda mais difícil esse processo de conversão. Isso não nos leva a concluir que segmentos da pequena e da média burguesia interna não possam se converter em burguesia nacional, pois são justamente essas camadas que estão mais sujeitas a sustentar um tipo de desenvolvimento voltado para o mercado interno, já que não conseguem (ou têm muita dificuldade de fazê-lo) concorrer nem com os interesses imperialistas, nem com os interesses da grande burguesia interna no mercado externo.

Em segundo lugar, é preciso salientar que a caracterização das classes dominantes no capitalismo não pode deixar de levar em consideração as diferentes fases de organização do capitalismo. Nesse caso, se adotarmos, como critério econômico, as diferenças entre capitalismo competitivo e capitalismo monopolista, e, como critério político, as diferenças entre Estado interventor e Estado liberal, seremos levados a observar que as condições mais propícias para a burguesia interna se posicionar enquanto força social, ou mesmo a se manifestar como fenômeno social, são justamente aquelas em que se estabelece o capitalismo monopolista, isto é, em que a exportação de capitais toma o lugar ocupado pelo comércio de mercadorias no sistema econômico mundial, e em que o Estado liberal cede lugar ao Estado interventor, tendo em vista que, sem o apoio da burocracia estatal, a burguesia interna tem muita dificuldade de contradizer, por força própria, os interesses do capital estrangeiro.

Considerações finais

Longe de pretender esgotar as questões relacionadas ao emprego do conceito de burguesia interna, procuramos pontuar algumas problematizações que ainda necessitarão ser testadas pela pesquisa empírica. No entanto, consideramos que esse conceito traz ganhos significativos para a análise do modo de inserção de segmentos da burguesia no sistema econômico capitalista internacional, e sua aplicação se confronta tanto com as análises que descartam o conceito de classes sociais no exame dos processos políticos contemporâneos quanto com aquelas que sesatisfazem com simplificações oriundas de uma visão essencialista acerca das classes sociais.

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* Apresentamos uma versão preliminar desse texto nas Jornadas Poulantzas, ocorridas em Santiago (Chile) em outubro de 2013. Neste artigo, procuramos absorver algumas críticas que recebemos de participantes desse evento. Somos gratos também a Eliel Machado, Leandro Galastri, Lúcio Flávio de Almeida, Renato Nucci Jr. e Tatiana Berringer, que nos enviaram críticas e comentários sobre o conteúdo das versões preliminares deste texto.

** Universidade Federal da Fronteira Sul (UFFS)/Campus Chapecó – Blog marxismo21.

[1] Para uma análise das três variantes explicativas da tese da burguesia mundial, ver: Danilo Enrico Martuscelli. “A burguesia mundial em questão”. Crítica Marxista, n. 30, 2010.

[2] Ibid.

[3] Referimo-nos aos seguintes textos: Pouvoir politique et classes sociales de l’état capitaliste. Paris, François Maspero, 1968; Les classes sociales dans le capitalisme aujourd’hui. Paris, Éditions du Seuil, 1974; La crise des dictadures: Portugal, Grèce, Espagne. Paris, François Maspero, 1975.

[4] De acordo com Saes, a classe capitalista pode se segmentar no sistema econômico de três modos principais, segundo: a função do capital (capital bancário, capital industrial e capital comercial); a escala de capital (grande, médio e pequeno capital); e o modo de inserção do capital no sistema econômico capitalista internacional (burguesia associada, burguesia nacional e burguesia interna). Ver: Décio Saes. As frações da classe dominante no capitalismo: uma reflexão teórica. São Paulo, mímeo, s/d

[5] O primeiro caso é analisado em: Les classes sociales dans Le capitalisme aujourd’hui, op. cit; já o segundo caso é discutido em: La crise desdictadures…, op. cit.

[6] Sobre esse ponto ver: Nicos Poulantzas. “On Social Classes”. James Martin (org.). Poulantzas reader: Marxism, law and the State. London/New York, Verso, 2008, pp. 200-201.

[7] É possível observar a aplicação desse conceito no seguinte artigo: Mao Zedong. “Análise das classes na sociedade chinesa” (março de 1926) In: http://www.marxists.org/portugues/mao/1926/03/classes.htm.

[8] O conceito de burguesia associada encontra-se desenvolvido em: Fernando Henrique Cardoso e Enzo Faletto. Dependência e desenvolvimento na América Latina: ensaio de interpretação sociológica. Rio de Janeiro, LTC, 1970; já o conceito de burguesia integrada foi formulado por Ruy Mauro Marini no artigo: “Brazilian ‘interdependence’ andimperialistintegration”. MontlyReview, vol. 17, n. 7, 1965.

[9] Foi Décio Saes quem destacou o caráter tendencialmente conservador do comportamento político da burguesia interna no artigo: “Modelos político latino-americanos na nova fase da dependência”. Francis Nogueira e Maria Rizzotto (orgs.). Políticas sociais e desenvolvimento: América Latina e Brasil. São Paulo, Xamã, 2007.

[10] É importante ressaltar um aspecto para o qual Poulantzas não deu a devida atenção: referimo-nos à formação de uma fração de classe que ocorre a partir do entrecruzamento entre o modo de inserção do capital no sistema econômico internacional, a função do capital e a escala do capital. Extraímos essa ideia da análise de: Décio Saes. As frações da classe dominante no capitalismo: uma reflexão teórica, op. cit.

[11] Aqui é preciso observar que Poulantzas emprega a noção de “capital americano”, mas preferimos utilizar “capital estadunidense”, pois a ideia de americano faz alusão a todo o continente chamado América e não apenas aos Estados Unidos.

[12] Suzanne de Brunhoff. “O campo de ação do Estado capitalista”. Estado e capital: uma análise da política econômica. Rio de Janeiro, Forense Universitária, 1985, p.123.

[13] Ibid.

[14] Essa questão foi apontada por Jens Wissel. “The transnationalization of the bourgeoisie and the new networks of power”. Alexander Gallaset al. Reading Poulantzas. Wales, The Merlin Press, 2011.

[15] Francisco Pereira de Farias. “Frações burguesas e bloco no poder: uma reflexão a partir do trabalho de Nicos Poulantzas”. Crítica Marxista, n. 28, 2009, p. 89.

[16] Em artigo já citado, indicamos duas situações específicas em que as possibilidades de a burguesia interna se opor ao capital imperialista ou estrangeiro teriam condições de se ampliar: “a) Por via da exploração, em seu proveito, das contradições interimperialistas, derivadas do agravamento de conflitos político-militares, da emergência de crises econômicas, da dificuldade das burguesias imperialistas para encontrar consenso nas negociações de comércio exterior (de mercadorias e de capitais), entre outros motivos. Isso significa que as contradições interimperialistas abrem brechas para que a burguesia interna […]possa ampliar o seu poder de barganha nas negociações com o capital imperialista.b) Por via da expansão do capital dessas burguesias internas sobre outras formações sociais. O exemplo mais recente desse processo é a forte influência que as empresas brasileiras passaram a ter sobre a economia dos países sul-americanos, o que tem resultado, até o presente, num crescente processo de internacionalização do capital das burguesias brasileiras.”. Danilo Enrico Martuscelli. “A burguesia mundial em questão”, op. cit., p. 47.

[17] Empregamos o conceito de frente política tal qual formulado por Armando Boito Jr. no artigo: “Governo Lula: a nova burguesia nacional no poder”. Armando Boito Jr. e Andreia Galvão (orgs.). Política e classes sociais no Brasil dos anos 2000. São Paulo,  Alameda, 2012.

[18] Danilo Enrico Martuscelli. Crises políticas e capitalismo neoliberal no Brasil. Campinas, Tese de doutorado em Ciência Política (Unicamp), 2013.

[19]Décio Saes. “Estado e classes sociais no capitalismo brasileiro dos anos 70/80”. República do capital, Boitempo, 2001.

Eliel Machado**: “Contribuciones para una teoría política marxista de los ‘movimientos sociales'”*

 

 

 

“Não se diga que o movimento social exclui o movimento político. Não há, jamais, movimento político que não seja, ao mesmo tempo, social”.

Karl Marx, A miséria da filosofia

Neste artigo, saímos em defesa da necessidade de uma teoria política marxista dos “movimentos sociais”. Ainda que tenham sido amplamente debatidos, dentro e fora do marxismo, acreditamos que o termo carece de uma formulação mais precisa. Com o intuito de suprir esta lacuna, buscamos em Nicos Poulantzas algumas contribuições que podem nos ajudar em uma eventual teoria política dos “movimentos sociais”. Mesmo não sendo a sua preocupação central, há pelo menos dois elementos importantes em suas formulações: em primeiro lugar, a autonomia específica do Estado burguês em relação à luta de classes que obriga as classes a organizarem politicamente as suas demandas em direção ao próprio Estado; em segundo, em decorrência desta autonomia, as defasagens entre as práticas políticas de classes e a “cena política” como lugar privilegiado da ação aberta das forças sociais por meio das representações de classe.

Para empreendermos os propósitos deste artigo, dividimo-lo em três partes: inicialmente, oferecemos uma breve definição do que entendemos por “movimentos sociais”; em seguida, fazemos uma discussão sumária do nosso entendimento das classes e da luta classes; e, finalmente, apresentamos os “movimentos sociais” como representações defasadas das classes em luta.

1. Definição sumária (e controversa) de “movimentos sociais”

Talvez este seja um dos temas de mais difícil definição nas Ciências Sociais. Mas se estivermos de acordo que as classes sociais são constitutivas das formações sociais capitalistas, dificilmente poderemos defini-los sem levá-las em consideração. Adotar uma perspectiva classista na definição de “movimentos sociais” não nos isenta de problemas, pois nem todos os conflitos sociais se resumem diretamente aos confrontos de classe, embora provavelmente derivem da luta de classes. A questão é como equacionar esta complexa relação, algo que não nos propomos neste espaço. Por outro lado, os “movimentos sociais”, tomados nesta acepção, passaram a ocupar um lugar considerável no mundo acadêmico nos anos 1960/70 e continuaram nas décadas seguintes. Para alguns autores, como veremos a seguir, o recuo do movimento operário nos países de capitalismo avançado, central no conflito entre o capital e o trabalho, cedeu lugar aos movimentos estudantis, feministas, ecológicos etc. O que nos perguntamos é o seguinte: se é verdade que o movimento operário/proletário – em sua forma sindical ou partidária – “perdeu” centralidade, o que aconteceu com as classes sociais? Desapareceram também? Será que esta disseminação do termo “movimentos sociais” não teve (e tem) como efeito ocultar as implicações de classe presentes nos “movimentos”? Ou foi (e é) apenas uma “coincidência”?[1] Ou, ainda, será que as ciências humanas compraram o discurso neoliberal sem se dar conta do seu conteúdo?

Durante los años de euforia neoliberal, mientras que los chicos de oro (golden boys) y la nueva economía estaban de moda, la condición obrera se había vuelto un signo de fracaso social. Las ciencias humanas universitarias se interesaron por la marginalidad y la exclusión, pero no por el trabajador y el trabajo. Incluso los dirigentes sindicales cedieron ante cierto tipo indefinición: no hablaban de trabajadores, obreros o empleados, sino de “gentes”, nebulosa social flotante y polen de individuos sin cualidades.[2]

Algo é sintomático até hoje: o discurso teórico classista perdeu relevância dentro dos meios universitários e os conflitos sociais passaram a ser tratados, em geral, como conflitos de “identidades” e não como antagonismos das classes sociais. Os “movimentos sociais” não estiveram (e não estão) isentos desse processo.

Apenas para o leitor ter uma ideia do labirinto dentro do qual os “movimentos sociais” têm sido debatidos nas últimas décadas, privilegiamos sumariamente parte desse debate, começando com as contribuições de Alain Touraine que, ao se posicionar a respeito, retira a centralidade das classes e da luta de classes para defini-los:

Do processo de industrialização herdamos a imagem de dois adversários, a classe capitalista e a classe operária, frente a frente numa arena e com armas que são na verdade escolhidas pela classe dirigente, mas que não impedem que o confronto seja direto. A imagem que se impõe na atualidade, ao contrário, é a de um aparelho central e integrador, que mantém sob seu controle, além de uma “classe de serviço”, uma maioria silenciosa que projeta à sua volta um certo número de minorias excluídas, fechadas, subprivilegiadas ou até mesmo negadas. (…) Parece cada vez mais difícil perceber diretamente conflitos fundamentais “puros”. Tudo se mistura, marginalidade e exploração, defesa do passado e reivindicação referente ao futuro[grifos nossos].[3]

Um pouco adiante, o autor sentencia: “Descobrimos que os conflitos de classes não representam mais os instrumentos de mudanças históricas. O que explica que tenhamos encontrado mais forças de resistência e de defesa do que uma capacidade de contra-ofensiva, mais uma situação conflitual do que conflitos”.[4]

A tese sobre a qual Touraine sustenta o surgimento dos chamados “novos” movimentos sociais, tese esta contestada, entre outros, por Frank e Fuentes[5], é a do espraiamento dos conflitos em uma sociedade pós-industrial que vê desaparecerem simultaneamente o sagrado e o tradicional.[6] Trata-se, ainda, de uma sociedade que tende a ser “de massa, ou seja, a realizar uma ‘mobilização’ cada vez mais generalizada da população. O desenvolvimento rápido das informações e das comunicações, que é próprio da sociedade pós-industrial e que não o era na sociedade industrial, enfraquece o papel dos intermediários”.[7]Como resultado deste processo, tem-se a autonomização cada vez maior dos “movimentos sociais” em relação a sua expressão política, os partidos políticos.[8]

Abaixo da linha do Equador, outro autor quecompreende os “movimentos sociais” não mais centrados exclusivamente nas relações conflituosas entre “capital” e “trabalho”, mas na ampliação ou generalização dos conflitos, é Eder Sader:

Eu não considero que se deva abandonar a conceituação marxista da existência “objetivamente dada” das classes sociais, sob a condição de que nos entendemos bem a respeito do significado dessa objetividade. Se pensarmos a realidade objetiva como o resultado das ações sociais que os objetivaram (…), poderemos pensar a existência objetiva da divisão de classes na sociedade capitalista como uma “realidade virtual”, uma condição vivida e continuamente reelaborada. “Classe social” desse modo designa uma condição que é comum a um conjunto de indivíduos. Mas ela é alterada pelo modo mesmo como é vivida” [grifos no original][9].

Não é difícil de perceber a preferência do autor pela definição thompsoneana de classe social. Mas, para o que nos interessa mais diretamente, ainda que ressalte que os “movimentos populares” pesquisados por ele constituem-se no solo da “condição proletária”, “esta é elaborada de um modo tal que os contornos classistas se diluem”[10]. A crítica de Sader vai mais longe ao questionar a perspectiva de “sujeito histórico”, pois, para ele,

de um lado a pluralidade dos movimentos, sem a necessária constituição de um “centro estruturante”, conspira contra a ideia de um “sujeito histórico” capaz de ordenar a diversidade e atribuir racionalidade aos dados. De outro, a extrema mutabilidade dos movimentos, no sentido de que seus componentes estão constantemente se transferindo de uma forma a outra de manifestação, conspira contra a sedimentação de identidades coletivas.[11]

De maneira mais clara, refere-se, no fundo, a uma crítica ao “sujeito histórico” privilegiado que está no centro dos acontecimentos antes de qualquer acontecimento, graças ao seu lugar na estrutura.[12]Para o autor, em lugar daquele “sujeito”, “trata-se, sim, de uma pluralidade de sujeitos, cujas identidades são resultado de suas interações em processos de reconhecimentos recíprocos, e cujas composições são mutáveis e intercambiáveis”.[13]

Poderíamos nos estender a outros intelectuais, como, por exemplo, Melucci,[14] para quem “movimento social” deve ser definido como uma forma de ação coletiva (a) baseada na solidariedade, (b) desenvolvendo um conflito, (c) rompendo os limites do sistema em que ocorre a ação; ou a Gohn[15]que, mesmo quando afirma que a questão das classes sociais está presente em seu trabalho, não fica claro de que maneira. Entretanto, encerramos por aqui, correndo o risco de termos deixado de fora do debate outros autores importantes.

Apresentadas brevemente estas abordagens, passamos a uma análise crítica do termo “movimentos sociais”.

Como adotamos aqui a possibilidade de se relacionar “movimentos” com “classes sociais”, poderíamos dividi-los em dois grupos: de um lado, movimentos oriundos da divisão social do trabalho e, de outro, movimentos que se encontram “fora” da esfera da produção social (feministas, estudantis, gays etc.).

Embora esta divisão ilustre umas das possíveis diferenças entre os “movimentos”, portanto, confirma que eles não podem se constituir em um objeto único, indivisível e homogêneo, se se quer manter o rigor teórico das análises, não nos satisfaz completamente na medida em que observamos a existência também de “movimentos sociais das classes dominantes” e “regressivos” – estes últimos vinculados principalmente às classes médias e, até mesmo, proletárias. Referimo-nos, principalmente, aos “movimentos sociais conservadores”, também conhecidos como integralistas, chauvinistas, fascistas e nazistas.[16]

Não há consenso nas Ciências Sociais – e menos ainda na Ciência Política – em torno do tema, mas é muito comum relacionar os “movimentos sociais” aos “oprimidos”, aos “dominados” ou aos “explorados”, àqueles cujas demandas envolvem uma situação de carência socioeconômica[17] ou um déficit de direito ou, se este já existe, que seja “efetivado”.

Em termos genéricos, “movimentos sociais” não designam um conceito. O termo diz pouco sobre quem são os seus participantes, mesmo se aceito como objeto abstrato-formal. No máximo, é uma expressão tomada, sem muita acuidade teórica, como conceito. Mas se o conceito não servir ao entendimento dos objetos concreto-reais (MST e UDR, p. ex.),[18] dificilmente poderemos tratá-lo nestes termos.[19]Do ponto de visto metodológico, assinalamos que “todo conocimiento y por lo tanto todo discurso teórico tiene por fin último el conocimiento de estos objetos reales, concretos singulares; sea su individualidad (la estructura de una formación social) sean los modos de esta individualidad (las conyunturas sucesivas en las cuales existe esta formación social)”.[20]

Ora, se “los conceptos teóricos (en el sentido fuerte) versan sobre determinaciones u objetos abstracto-formales” e “los conceptos empíricos versan sobre las determinaciones de la singularidad de los objetos concretos”,[21] qual lugar ocupam os “movimentos sociais”? Em uma sociedade clivada por classes sociais antagônicas, o termo não é preciso para se referir aos objetos concreto-reais. Em outras palavras, os “movimentos sociais”, quando expressosdesta forma, configuram-se em uma espécie de “senso comum” das Ciências Sociais. Se toda vez que nos referirmos a eles tivermos que agregar um “sujeito” ao termo – sem-teto, por exemplo – para situarmos de “quem” estamos falando, é sinal de sua insuficiência conceitual.

Os “movimentos sociais” não constituem, portanto, um objeto único, homogêneo e indivisível. Para compreendê-los, será preciso desdobrá-los a partir dos “sujeitos” que deles participam e, assim, constituí-los em objetos abstrato-formais: “movimentos populares que lutam por trabalho”, “movimentos populares que lutam pela reprodução da força de trabalho”, “movimentos populares de gênero, etnia, cor etc.”, “movimentos populares regressivos” e “movimentos das classes dominantes”.Vale dizer que, à exceção destes últimos, a determinação de classe não será suficiente para defini-los, pois teremos que levar em conta, principalmente, a posição de classe de seus participantes.[22]Evidentemente que se trata de uma perspectiva classista e certamente encontra resistências dentro do próprio marxismo.

Como se pode observar, quando nos referimos aos “movimentospopulares”, parece-nos que o pertencimento de classe fica mais claro: operários, assalariados, pequenos proprietários, pequenos comerciantes, funcionários públicos de baixo escalão, camponeses pobres etc. Mas, vale repetir, isto terá sempre que ser balizado com a posição de classe.

Camacho, entre outros, contribui na designação de “movimentos populares” para aquelas organizações compostas predominantemente pelos setores médios e proletários, embora ele se refira aos movimentos surgidos em contextos históricos revolucionários:

Consideramos movimentos sociais como uma dinâmica gerada pela sociedade civil, que se orienta para a defesa de interesses específicos. Sua ação se dirige para o questionamento, seja de modo fragmentário ou absoluto, das estruturas de dominação prevalecentes, e sua vontade implícita é transformar parcial ou totalmente as condições de crescimento social (…).[23]

A diferença entre a forma fragmentária ou absoluta de questionamento será importante na delimitação dos “movimentos”:

Há movimentos sociais que representam os interesses do povo, assim como há os que reúnem setores dominantes do regime capitalista, os quais não têm interesse em questionar de modo absoluto, nem em transformar totalmente as estruturas de dominação. Ao contrário, pois estes setores recebem benefícios da manutenção destas estruturas. No entanto, interessam-se em questionar fragmentariamente a ordem social e propõem reformas parciais, em seu próprio benefício. Um exemplo claro disto consiste na ação dos movimentos empresariais e patronais que se dirigem à busca de mudanças que os beneficiam ainda mais, deixando intacta a estrutura de dominação fundamental da sociedade. Em contraste, o questionamento feito pelos movimentos populares é mais radical [grifos nossos].[24]

A seguir, o autor afirma: “Os movimentos sociais têm duas grandes manifestações: por um lado, aqueles que expressam os interesses dos grupos hegemônicos e, por outro lado, os que expressam os interesses dos grupos populares”.[25] São exatamente estes últimos considerados “movimentos populares”.

Ao mesmo tempo, Camacho faz uma advertência importante: “A dinâmica do povo em movimento, ou seja, dos movimentos populares, não pode ser entendida sem referência à classe”.[26]Além disso, ele afirma que a “constituição do movimento popular representa uma etapa superior nas lutas do povo” e acrescenta: “Quando se constitui o movimento popular, a reivindicação política já não é parcial, mas total. Tende a uma transformação global do Estado, em benefício do movimento popular” [grifos nossos].[27] Nesta perspectiva, estes movimentos se constituíram às vésperas de processos revolucionários (Revolução Cubana, 1959; Revolução Sandinista, 1979; Revolução Guatemalteca, 1954; Revolução Boliviana, 1952; Revolução Chilena, 1973):[28]

(…) O movimento popular se constitui quando os movimentos sociais populares convergem dinamicamente as suas lutas pela transformação do Estado e pelos termos da ordem social, tratando de destruir o sistema de dominação e exploração. É a passagem das lutas corporativas às lutas políticas. Não se deve perder de vista que se expressam no movimento popular vários projetos políticos surgidos das classes que disputam o controle do potencial social do movimento (…).[29]

Ao contrário de Camacho, para nós os movimentos populares não se constituem necessariamente em momentos revolucionários, mas concordamos no seguinte aspecto: eles se referem às demandas populares no interior do capitalismo que podem se iniciar em lutas puramente reivindicatórias até assumirem lutas de caráter político mais amplo.

Feitas estas observações, arriscamos a apresentar uma definição do que entendemos pelo termo “movimentos sociais”: ou se referem à preservação ou à reforma[30] ou à revolução da ordem social existente,[31] pois, se o Estado capitalista goza de relativa autonomia em relação às classes e às relações de produção, as classes se organizam em “movimentos” para direcionarem suas demandas para ele. Da parte dos dominados, explorados e oprimidos, o Estado burguês nunca está totalmente arredio às suas reivindicações, desde que não ultrapassem determinados limites impostos pela própria estrutura de dominação. Por isso mesmo, este Estado pode atender algumas de suas demandas, como forma de manter a própria dominação.[32] Mas, caso ultrapassem estes limites, podem criar uma crise política ou até mesmo revolucionária.

Por fim, a definição acima tem pelo menos duas implicações teóricas importantes: em primeiro lugar, os “movimentos sociais” abarcam desde os trabalhadores (urbanos e rurais), passando pelas classes médias até as frações burguesas; em segundo lugar, ao agregarmos tanto os dominados quanto os dominadores, não exatamente participantes dos mesmos “movimentos”, pressupomos uma visão mais complexa de Estado burguês que se, em última instância, organiza os interesses comuns das classes burguesas,[33] não significa que todos os seus interesses políticos, econômicos e ideológicos estejam contemplados nele em função das disputas por hegemonia no interior do bloco no poder e de sua relativa autonomia. Isto abre a possibilidade para as classes dominantes também se organizarem em “movimentos sociais” e não somente os dominados.

2. Breves considerações a respeito das classes e da luta de classes

No tópico anterior, procuramos problematizar teoricamente a questão dos “movimentos sociais” à luz das classes, ou melhor, da luta de classes. Entretanto, a rigor, não esclarecemos devidamente, mesmo que de forma sumária, o que entendemos a respeito das classes sociais. Antes de seguirmos adiante, cabe uma pequena exposição sobre o tema, algo que retomaremos em outro artigo quando pretendemos desenvolver melhor os “movimentos sociais” enquanto objetos abstrato-formais.

Em uma famosa nota de rodapé, Engels afirma o seguinte: “Por ‘burguesia’, entende-se aqui a classe dos capitalistas modernos, proprietários dos meios de produção da sociedadee exploradores do trabalho assalariado. ‘Proletariado’ designa a classe dos trabalhadores, os quais, despossuídos de meios de produção próprios, precisam vender sua força de trabalho para poder viver”.[34]

Sem dúvida, temos aí uma definição de “classe” com a qual não estamos inteiramente de acordo, pois, embora importante, é insuficiente. No fundo, ela se inscreve na problemática da “classe em si”, ou seja, da “classe para o capital”, definida no âmbito das relações econômicas de produção. Por outro lado, se “la relación de explotación está en el centro de la relación de clase”,[35] sua definição conceitual não pode se restringir a ela.

Para nós, na formulação de Engels, o capital e o trabalho assalariado não são as realidades empíricas dos “capitalistas” e dos “operários” e, portanto, não podem ser designados como “classes sociais”. Isto porque as relações de produção, enquanto estrutura, não são classes sociais. Neste sentido, o conceito de classe não pode recobrir a estrutura das relações de produção. Nesta acepção, as classes não se confundem com as estruturas, pois são um efeito delas que distribuem os agentes em classes sociais. Nas palavras de Poulantzas, temos: 

De modo preciso, a classe social é um conceito que indica os efeitos do conjunto das estruturas, da matriz de um modo de produção ou de uma formação social sobre os agentes que constituem os seus suportes; esse conceito indica pois os efeitos da estrutura global no domínio das relações sociais. Neste sentido, se a classe é de fato um conceito, não designa contudo uma realidade que se possa estar situada nas estruturas: designa sim, o efeito de um conjunto de estruturas dadas, conjunto esse que determina as relações sociais como relações de classe[grifos no original].[36]

Ainda que o conceito de suporte seja controverso, pois dá margem a entendê-lo como algo mecânico ou robotizado, Althusser afirma o seguinte: “La historia es un inmenso sistema ‘natural-humano’ en movimento, cuyo motor es la lucha de clases. La historia es un proceso sin sujeto. El problema de saber cómo ‘el hombre hace la historia’ desaparece por completo: la teoría marxista lo arroja definitivamente a su lugar de origen, en la ideología burguesa” [grifos no original].[37]Um pouco adiante, a controvérsia se torna mais clara:

Que desaparezca el problema de ‘el hombre sujeto de la historia’ no quiere decir que desaparezca el problema de la acción política. !Completamente al contrário! La crítica del fetichismo burgués de ‘el hombre’ le da toda fuerza, sometiéndoa a las condiciones de lucha de clases, que no es una lucha individual sino que deviene una lucha de masa organizada para la conquista y la transformación revolucionaria del poder de estado y de las relaciones sociales. No quiere decir que el problema del partido revolucionario desaparezca, porque sin él la conquista del poder de estado por las masas explotadas, conducidas por el proletariado, es imposible [grifos no original].[38]

Embora utilize o conceito de suporte na maior parte da sua obra, dando uma ideia de “passividade” em função das determinações estruturais sobre as classes, Poulantzas chega a se referir a elas como portadoras das estruturas:

Ora, esta concepção [histórico-ontológica] ignora dois fatos essenciais: em primeiro lugar que os agentes de produção, por exemplo o operário assalariado e o capitalista, enquanto “personificações” do Trabalho assalariado e do Capital, são considerados por Marx como os suportes ou os portadores de um conjunto de estruturas; em segundo lugar, que as classes sociais nunca foram teoricamente concebidas por Marx como a origem genética das estruturas, porquanto o problema diz respeito à definição do conceito de classe [grifos no original].[39]

Em outra passagem, Poulantzas recorre a Para ler o Capital, de Althusser, e afirma o seguinte: “Esta estrutura das relações de produção ‘determina lugares e funções que são ocupados e assumidos pelos agentes de produção, que não são senão ocupantes destes lugares na medida em que são os ‘portadores’[Träger] destas funções’”.[40]

Como efeito global das estruturas e das formações sociais nas quais pertencem, as classes se constituem na luta de classes. É neste sentido que o motor da história é a luta de classes.

A partir das contribuições de Poulantzas[41] a respeito, sintetizamos o nosso entendimento sobre as classes sociais: a) as classes sociais são conjuntos de agentes sociais determinados principalmente, mas não exclusivamente, por seus lugares no processo de produção (relações econômicas de produção), ou seja, as relações políticas e ideológicas também determinam as classes, tornando-as efeitos destas estruturas e das suas respectivas formações sociais. Estes lugares independem da vontade dos agentes; b) as classes não são um dado apriorístico da realidade para, em seguida, entrarem na luta de classes; c) a determinação estrutural das classesdeve ser distinguida da posição de classe na conjuntura.

3. “Movimentos sociais” como representações políticas defasadas de classe

Feita esta sumária apresentação de nosso entendimento sobre as classes sociais, passamos para a última parte deste artigo na qual apresentamos uma possível contribuição para uma teoria política dos “movimentos sociais”.

É muito comum associar o pensamento poulantzano às formulações teóricas sobre o Estado burguês, objeto de seus principais trabalhos, mas pouco se discute se suas análises contribuempara uma teoria política dos “movimentos sociais”. Talvez isso se deva ao fato de que o próprio termo apareça rarefeito em suas obras. Entretanto, em nossa hipótese, é possível subtrair alguns elementos que ajudam nesta formulaçãoa partir de dois pontos principais: de um lado, a autonomia específica do Estado capitalista em relação às classes e à luta de classes e, de outro, as defasagens entre as práticas políticas de classes e a cena política como lugar privilegiado da ação aberta das forças sociais por meio da representação política de classe. Senão, vejamos.

Se no Manifesto o Estado burguês é apresentado como um utensílio da dominação burguesa de classe (é o seu instrumento), n’O 18 Brumário o tratamento é mais complexo. Sem perder seu caráter último de mantenedor da dominação burguesa, o Estado capitalista é mais que um simples objeto de dominação das classes dominantes, afinal, ele e as demais instâncias do modo de produção capitalista gozam de uma autonomia específica, fator não encontrado nos modos de produção pré-capitalistas. De forma alguma, esta autonomia é absoluta. O Estado não flutua no ar, como se estivesse acima das classes e da luta de classes. Mas, ao mesmo tempo, também não é um utensílio manuseável pelas classes dominantes. Em função desta característica específica e particular do Estado capitalista, as classes se veem obrigadas a se organizarem politicamente para prevalecerem seus interesses particulares e, no caso dos dominantes, a disputarem a hegemonia no interior do bloco no poder. Dito de outro modo, o Estadonecessita dessa autonomia para organizar a dominação das classes dominantes.

Nas palavras do próprio autor:

O Estado capitalista, com direção hegemônica de classe, representa não diretamente os interesses econômicos das classes dominantes, mas os seus interesses políticos: ele é o centro do poder político das classes dominantes na medida em que é o fator de organização da sua luta política. (….) Neste sentido, o Estado capitalista comporta, inscrito em suas próprias estruturas, um jogo que permite, dentro dos limites do sistema, uma certa garantia de interesses econômicos de certas classes dominadas. Isto faz parte da sua própria função, na medida em que essa garantia é conforme à dominação hegemônica das classes dominantes, quer dizer, à constituição política das classes dominantes, na relação com esse Estado, como representativas de um interesse geral do povo [grifos no original].[42]

Em seguida, Poulantzas observa que esta garantia a determinadas demandas das classes dominadas não significa limitação ao poder político das classes dominantes:

É certo que ela é imposta ao Estado pela luta política e econômica das classes dominadas: isto apenas significa, contudo, que o Estado não é um utensílio de classe, que ele é o Estado de uma sociedade dividida em classes. A luta de classes nas formações capitalistas implica em que essa garantia, por parte do Estado, de interesses econômicos de certas classes dominadas está inscrita como possibilidade nos próprios limites que ele impõe à luta com direção hegemônica de classe. Essa garantia visa precisamente a desorganização política das classes dominadas, e é o meio por vezes indispensável para a hegemonia das classes dominantes em uma formação em que a luta propriamente política das classes dominadas é possível [grifos no original].[43]

Ainda sobre esta questão da autonomia do Estado burguês em relação às classes e à luta de classes, Poulantzas nos faz notar que:

(…) A autonomia do político pode permitir a satisfação de interesses econômicos de certas classes dominadas, limitando mesmo, eventualmente, o poder econômico das classes dominantes, refreando em caso de necessidade a sua capacidade de realizar os seus interesses econômicos a curto prazo, na única condição porém – tornada possível nos casos do Estado capitalista –, de que o seu poder político e o aparelho de Estado permanecem intactos. Assim, em toda conjuntura concreta, o poder político emancipado das classes dominantes apresenta, nas suas relações com o Estado capitalista, um limite abaixo do qual uma restrição do poder econômico dessas classes não têm efeitos sobre ele [grifos no original].[44]

Duas observações importantes: i) o Estado capitalista, ao organizar a luta política dos dominantes, não significa que abarca a totalidade de suas demandas econômicas. Este processo não é mecânico, pois pode haver conflitos políticos entre a administração da máquina estatal e os interesses dos dominantes. A própria forma da representação popular do Estado, parlamentar e/ou burocrática, cria embaraços que podem se desdobrar em conflitos: mesmo nos marcos do capitalismo, uma determinada política econômica pode desagradar interesses de classes e frações dominantes. Basta lembrarmos, entre inúmeros exemplos, dos tractorazos da FFA – Federación Agraria Argentina contra o governo de Cristina Kirchner;[45] ii) o Estado capitalista, ao desorganizar politicamente os dominados, organiza-os em outro coletivo, o “povo-nação”. Ou seja, este Estado, no final das contas, apresenta-se como representante do “povo-nação” e isto tem um efeito real sobre todas as classes sociais, não apenas sobre os dominados, pois transforma todos os indivíduos em cidadãos capazes de estabelecerem contratos. Este mecanismo de diluição das classes afeta todas as classes, mas com a diferença de que, em última instância, o Estado assegura a troca desigual entre o salário pago ao produtor direto pelo capitalista e a extorsão de seu sobretrabalho. Entretanto, esta troca aparece ao conjunto dos agentes das relações de produção (trabalhador assalariado e capitalista) como sendo uma troca entre iguais, regulada legalmente pelo Estado burguês.

Uma vez que o Estado capitalista não é um simples utensílio das classes dominantes, isto as obriga a organizarem politicamente as suas demandas e as direcionarem para o Estado, seja para preservar posições importantes, seja para frearem possíveis avanços das classes dominadas. Dependendo da correlação de forças e do regime político estabelecido, as formas pelas quais se organizam podem se ampliar ou se reduzir. Em O 18 Brumário de Luís Bonaparte, Marx já observava isso:

A burguesia recebia em apoteose o sabre; o sabre dominou-a. Aniquilara a imprensa revolucionária; a sua própria imprensa foi aniquilada. Submetera as assembleias populares à vigilância da polícia; os seus salões encontram-se sob a vigilância da polícia. Dissolvera a Guarda Nacional democrática; a sua própria Guarda Nacional foi dissolvida. Decretara o estado de sítio; o estado de sítio foi decretado contra ela. Substituíra os juízes por comissões militares; os seus juízes foram substituídos por militares. Submetera o ensino do povo aos padres; os padres submeteram-na ao seu próprio ensino. Deportara presos sem julgamentos; é deportada sem julgamento. Reprimira todo o movimento da sociedade pelo poder do Estado; todo o movimento da sua sociedade é esmagado pelo poder do Estado. Rebelara-se, por entusiasmo para com a sua bolsa, contra seus próprios políticos e literatos; os seus políticos e literatos foram postos de lado, mas a bolsa dela vê-se saqueada, depois de amordaçada a boca e de quebrada a pena destes. A burguesia gritara incansavelmente à revolução, tal como Santo Arsênio aos cristãos: Fuge, tace, quiesce! Foge, esconde-te, cala-te!; Bonaparte grita à burguesia: Fuge, tace, quiesce! Foge, esconde-te, cala-te [grifos no original].[46]

Nesta passagem, duas questões chamam-nos a atenção: em primeiro lugar, no Estado capitalista, uma ditadura de tipo bonapartista pode afetar até mesmo as organizações políticas burguesas, o que demonstra que há um grau de autonomia deste Estado para com as classes dominantes; em segundo, se num determinado momento as classes dominantes puderam exercer o poder político diretamente e, por meio dele, reprimiram os “movimentos da sociedade” – para usarmos os termos utilizados por Marx –, em outro momento, quando de seu exercício indireto (ditadura bonapartista), seus próprios “movimentos” passaram a ser reprimidos pelo mesmo Estado capitalista. Ainda que de forma imprecisa, é interessante a utilização do termo “movimentos da sociedade”, não apenas para se referir aos “proletários”, mas também aos “burgueses”. De qualquer modo, isto demonstra para o autor que o Estado capitalista goza de certa autonomia em relação às classes e à luta de classes:

Somente sob o segundo Bonaparte parece ter o Estado se autonomizado completamente. A máquina do Estado consolidou-se já de tal modo frente à sociedade burguesa (bürgerliche Gesellschaft) que basta que encontre à sua frente o chefe da sociedade do 10 de Dezembro (…). Daí o desespero embaraçado, o sentimento da mais intensa humilhação e degradação que oprime o peito da França e contém a sua respiração. Ela sente-se como desonrada. E no entanto, o poder de Estado não flutua no ar. Bonaparte representa uma classe e, sem dúvida, a classe mais numerosa da sociedade francesa: os camponeses detentores de parcelas [grifos no original].[47]

Tendo a autonomia específica do Estado capitalista como pano de fundo, a representação dos interesses de classe terá características específicas. Afinal, se o Estado burguês se apresenta como representante do “povo-nação” por meio da sua burocracia organizada – e isto tem um efeito real sobre os agentes da produção, para usarmos a formulação de Saes,[48] – os interesses das classes serão defasados quando representados na “cena política”.E é aqui que defendemos a hipótese de que os “movimentos sociais” são representações defasadas das classes em luta. Evidentemente que esta é uma digressão teórica nossa, pois Poulantzas trata desta defasagem em relação à representação dos partidos políticos na “cena política”. Com efeito, defendemos a ideia de que as classes não se organizam somente por meio deles, mas também por meio dos “movimentos sociais”.

P          ara Poulantzas, a “cena política” se remete às práticas políticas de classe nas formações sociais capitalistas. Por outras palavras, acompanhando as análises políticas de Marx, Poulantzas afirma que é na “cena política” que se estabelece a sua relação com o sufrágio universal, pois, este precipita numerosas classes para ela, “precisamente pelo fato de constituir, nas circunstâncias concretas estudadas por Marx, um dos fatores de organização de certas classes em partidos”.[49]

A seguir, Poulantzas afirma o seguinte:

O espaço da cena política tem, pois, em Marx, uma função bem precisa: é o lugar onde é possível referenciar uma série de defasagens entre os interesses políticos e as práticas políticas das classes, por um lado, e a sua representação partidária, os próprios partidos políticos, por outro. A cena política, como campo particular de ação dos partidos políticos, encontra-se frequentemente defasada em relação às práticas políticas e ao terreno dos interesses políticos das classes, representadas pelos partidos na cena política: essa defasagem é pensada por Marx através de sua problemática da “representação” [grifos no original].[50]

Por outro lado, o autor assegura que “se nos colocarmos unicamente no campo da cena política a fim de descobrir as relações de classe, reduzindo essas relações às meras relações partidárias, somos inevitavelmente levados a erros decorrentes do descobrimento dessas defasagens”. E ele exemplifica:

(…) Deparamos frequentemente com situações no interior das quais uma classe política desaparece da cena política continuando embora no bloco no poder. Isto pode ser consequência da derrota eleitoral do seu partido, da desintegração, devida a várias razões, desse partido no campo da cena política, da exclusão desse partido das relações do tipo partidário com os outros partidos das classes dominantes. No entanto, essa ausência de uma classe ou fração da cena política não significa diretamente a sua exclusão do bloco no poder.[51]

Não obstante a ênfase dada por Poulantzas seja em relação à representação partidária na “cena política”, sabemos que a participação institucional das classes no Estado não se dá somente por meio de partidos, com seus representantes num Parlamento.[52]É importante reter aqui o seguinte: a despeito da nossa ênfase nos “movimentos sociais” como representação política defasada de classe, é oportuna a observação de Poulantzas para pensarmos a complexa relação entre o exercício da dominação de classe do “bloco no poder” e a forma como este exercício se desdobra na “cena política”. Ou seja, o “bloco no poder” impõe os limites de ação da “cena política”, ao ponto de permitir ou não a atuação de partidos, sindicatos e, porque não, dos próprios “movimentos sociais”.

Quando propomos os “movimentos sociais” como representações defasadas de classe, precisamos tomar certos cuidados: devido à própria ocupação política no aparelho estatal não ser a mesma para todas as classes em luta, seus “movimentos” não atuam de maneira idêntica. Em outras palavras, do ponto de vista dos “dominantes”, seus “movimentos sociais” apresentam defasagens semelhantes às dos seus “partidos” ao ocultarem o caráter econômico de seus interesses e ao transformarem em interesses políticos do “povo-nação”. Do ponto de vista dos “dominados”, a relação é mais complexa: se na luta cotidiana expressam seus interesses de classe – luta por trabalho, terra, moradia, saúde, transporte coletivo etc. –, o Estado, ao “atendê-los”, cumpre o papel de dissolver o caráter classista inicial, transformando-os em interesses do “povo-nação”. Opera, assim, uma defasagem em sentido inverso – de “baixo” para “cima” – ao “universalizar” uma demanda incialmente classista, situando-a, ao final, no âmbito da cidadania. É interessante que tanto em um caso como no outro, o resultado ideológico operado no âmbito do Estado burguês é o mesmo: ambos os interesses, contraditórios pela natureza de classe, são “transformados” como de interesse geral do “povo-nação”, o que oculta, evidentemente, a dominação dos dominantes. De qualquer maneira, nesta perspectiva, tanto o MST – Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra como a UDR – União Democrática Ruralista podem ser considerados “movimentos sociais”. Enquanto o primeiro luta contra a falta de terra para trabalhar, o segundo protesta contra a possibilidade da reforma agrária ameaçar a desapropriação de suas fazendas.

Ao que expomos acima, cabe uma ressalva importante: os “movimentos sociais” das classes dominadas, exploradas e oprimidas não ocultam na “cena política” seus interesses de classe, a não ser que o regime político não permita (numa ditadura, por exemplo). Mas, em regimes democrático-burgueses, entretanto, a rigor, não escodem seus interesses de classe: “movimento dos sem-teto”, dos “sem-terra”, dos “sem-trabalho” etc.  Por outro lado, o mesmo não ocorre com os “movimentos sociais” das classes dominantes, exploradoras e opressoras, pois, invariavelmente, escamoteiam seus verdadeiros interesses de classe na “cena política”. No caso da UDR, por exemplo, não revela que é um movimento dos latifundiários e, além disso, se apresenta como “democrático”, quando sabemos que, em muitos momentos, se utilizou de aparato paramilitar para combater militantes sem-terra.

Como alertamos antes – e este será um ponto que retomaremos em outro momento – é preciso se ater tanto à determinação como a posição de classe para compreendermos melhor a atuação dos “movimentos sociais”. Ou seja, nem todos os “movimentos” dos dominados agem de forma “autônoma” e representam os interesses ligados aos seus pertencimentos de classe, pois alguns podem originalmente pertencer aos “explorados” – por exemplo, trabalhadores metalúrgicos da Força Sindical – e, por outro lado, tomarem posição de classe favorável ao capital e à dominação burguesa.[53]

4. Considerações finais

Para sermos rigorosos no entendimento das lutas sociais por meio dos “movimentos”, há a necessidade de desdobrá-los inicialmente a partir de suas determinações de classe(objetos abstrato-formais) e, além disso, nas análises dos objetos concreto-reais, teremos que levar em conta as suas posições de classe. Isto significa que os movimentos sociais não só não constituem em um conceito, em sentido estrito, como também não podem ser reduzidos a um objeto único, homogêneo e indivisível. Tema que merecerá a nossa atenção em outro espaço.


* Este artigo é fruto dos avanços da pesquisa pós-doutoral desenvolvida atualmente no CEIICH/UNAM, embora parte tenha sido apresentada em dois congressos: ANPOCS (Brasil) e Jornadas Nicos Poulantzas (Chile), ambos no segundo semestre de 2013. Nesta versão, ele sofreu várias modificações, a despeito de mantermos a sua hipótese central: os “movimentos sociais” são representações defasadas de classe ao atuarem na “cena política”.

** Professor de Ciência Política da UEL, pós-doutorando do Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades da Universidad Nacional Autónoma de México, coordenador do Grupo de Estudos de Política da América Latina (GEPAL), pesquisador do Núcleo de Estudos de Ideologias e Lutas Sociais (NEILS/PUC-SP) e membro do conselho editorial da revista Lutas Sociais (NEILS/PUC-SP).

[1] Não é o caso neste artigo, mas uma passagem de Bensaïd é muito significativa a respeito: “El retroceso estadístico de la clase obrera industrial es significativa, pero no significa su desaparición. (…) La clase obrera no había desaparecido, sino que se había vuelto invisible. O, más exactamente, se había hecho invisible”. Ver: Bensaïd, D. Cambiar el mundo. Madrid: Diario Público, 2010, p. 75-76.

[2] Ibid., p. 76.

[3] Touraine, A. “Os novos conflitos sociais. Para evitar mal-entendidos”. Lua Nova – Revista de cultura e política, nº 17, junho de 1989, p. 14.

[4] Ibid.,p. 15.

[5] Frank, A. G.; Fuentes, M. “Dez teses acerca dos movimentos sociais”. Lua Nova – Revista de cultura e política, nº 17, junho de 1989.

[6]Id., p. 6.

[7] Op. cit., 1989, p. 8.

[8] Embora não seja o objeto propriamente deste artigo a relação “movimentos sociais” versus “partidos políticos”, mas dada a sua importância político-ideológico no campo das lutas sociais dos dominados, reproduzo um pequeno trecho que está por trás desta afirmação de Touraine, id., p. 8: “A ideia, difundida pelo leninismo e de maneira mais extrema pela maioria dos movimentos nacionalistas e revolucionários do Terceiro Mundo, de que as reivindicações sociais precisam ser assumidas por um partido político para saírem da dependência em que se encontram, parece já muito em atraso com relação à pratica das sociedades industrializadas” [grifos nossos].

[9] Sader, E. Quando novos personagens entram em cena: experiências, falas e lutas dos trabalhadores da Grande São Paulo, 1970-80. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1988, p. 47.

[10] Ibid., p. 49.

[11] Id., p. 53. Tese bastante controversa dentro do marxismo, o “sujeito da história” (ou “sujeito-classe”) foi rebatido, entre outros, por Poulantzas e Althusser, cuja formulação poderia ser sintetizada nos seguintes termos: a história é um processo sem sujeito, cuja luta de classes é o seu motor. Ver: Poulantzas, N. Poder político e classes sociais. São Paulo: Martins Fontes, 1977, p. 56 e ss. Althusser, L. Para una crítica de la práctica teórica: respuesta a John Lewis. Buenos Aires: Siglo XXI, 1974, p. 32 e ss

[12] No caso, Sader se refere ao proletariado dentro da “tradição marxista”. Faltou o autor reconhecer que nem toda tradição marxista é tributária desta formulação, como é o caso, por exemplo, da “escola althusseriana”.

[13] Id., p. 55.

[14] Melucci, A. “Um objetivo para os movimentos sociais?” Lua Nova – Revista de cultura e política, nº 17, junho de 1989.

[15] Gohn, M. G. Teoria dos movimentos sociais: paradigmas clássicos e contemporâneos. São Paulo: Ed. Loyola, 2008, p. 268.

[16] Não obstante o autor não se preocupe em conceituá-los enquanto “movimentos sociais”, a abordagem é rica em detalhes sobre as suas atuações no Brasil, especialmente quando remetidos à atualidade. Ver: Barbosa, J. R. Integralismo e ideologia autocrática chauvinista regressiva: crítica aos herdeiros do sigma. Unesp/Marília: Tese de doutorado, 2012.

[17] Como apontado acima, veja-se, por exemplo, Sader (op. cit.) que, embora reconheça a perda de centralidade dos operários nas lutas sociais, situa os movimentos sociais dentro das “condições proletárias”.

[18] Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra e União Democrática Ruralista, respectivamente.

[19] Althusser, L. Sobre el trabajo teórico: dificultades y recursos. Barcelona: Editorial Anagrama, 1970, p. 12.

[20] Ibid., p. 12-13.

[21] Id., p. 14.

[22] Poulantzas chama a atenção para esta diferença entre determinação e posição de classe e, para a definição teórica das classes, é de fundamental importância. Ver: Poulantzas, N. As classes sociais no capitalismo de hoje. Rio de Janeiro: Zahar Editores, 1974, p. 14 e ss.

[23] Camacho, D. “Movimentos sociais: algumas discussões conceituais”. Scherer-Warren, I.; Krischke, P. J. (orgs.). Uma revolução no cotidiano? Os novos movimentos sociais na América do Sul. São Paulo: Brasiliense, 1987, p. 217.

[24] Ibid., p. 217.

[25] Op. cit., 1987, p. 217-218.

[26] Ibid., p. 218.

[27] Id., p. 221.

[28] Para Camacho (Op. cit.,1987, p. 222), às exceções de Cuba e Nicarágua, os demais processos foram esmagados com sangue, mas, nem por isso, deixaram de constituir movimentos populares.

[29] Ibid., p. 222.

[30] Nem todos os movimentos que lutam por reformas são reformistas. As lutas por reformas podem fazer parte de lutas mais amplas por mudanças revolucionárias.

[31] Já para Ammann, os movimentos sociais supõem a insatisfação e o confronto. Ver: Ammann, S. B. Movimento popular de bairro: de frente para o Estado, em busca do Parlamento. São Paulo: Cortez, 1991, p. 17.

[32] Ver: Poulantzas, op. cit., 1977, p. 185 e ss.; Poulantzas, N. O Estado, o poder, o socialismo. Rio de Janeiro: Graal, 1985, p. 161 e ss.

[33]Marx, K; Engels, F. Manifesto do partido comunista. São Paulo, Boitempo, 1998, p. 42.

[34] Trata-se de uma nota de Engels à edição inglesa de 1888. Ver: Marx, K; Engels, F. Manifesto do partido comunista. São Paulo: Cia. das Letras, 2012, p. 485. [Ebook].

[35] Bensaïd, D. Marx intempestivo: grandezas y miserias de una aventura crítica. Buenos Aires: Herramienta, 2013, p. 292.

[36] Op. cit., 1977, p. 64.

[37] Op. cit., 1974, p. 35.

[38] Ibid., p. 38-39.

[39] Op. cit., 1977, p. 60.

[40] Ibid., p. 62.

[41] Op. cit., 1974, p. 13 e ss.

[42] Op. cit., 1977, p. 185.

[43] Ibid., p. 186.

[44] Id., p. 186-187.

[45] Em um destes tractorazos, ocorrido em 2011, o presidente da FAA, Eduardo Buzzi, declarou: “Vamos a ir a señalar quiénes son los principales beneficiados con la política oficial triguera. Debemos decirlo con todas las letras: si alguna vez existió en laArgentina un pacto Roca-Runciman, que tanto daño le hizo al país, hoy está funcionando unacuerdo Moreno-Cargill. De esto vamos a hablar con el ministro, que ha tenido la buenavoluntad de convocarnos al diálogo”. Ver: http://www.lapoliticaonline.com/nota/49390/.

[46] Marx, K. “O 18 Brumário de Luís Bonaparte”. In: Marx, K. A revolução antes da revolução. São Paulo: Expressão Popular, 2008, p. 319-320.

[47] Ibid., p. 324-325.

[48] Saes, D. Estado e democracia: ensaios teóricos. Campinas: Unicamp/IFCH, 1998, p. 46.

[49] Op. cit., 1977, p. 241-242.

[50] Ibid., p. 242.

[51] Id., p. 243.

[52] Ver: Ridenti, M. Classes sociais e representação. São Paulo, Cortez, 2001, p. 98.

[53] Sobre isso, ver, por exemplo, Boito Jr., A. “Neoliberalismo e relações de classe no Brasil”. Ideias. Revista do Instituto de Filosofia e Ciências Humanas, ano 9 (1), 2002, p. 25 e ss.