Diego Labra*: “El laberinto de Althusser”. A propósito de Louis Althusser. Cursos sobre Rousseau. Buenos Aires, Nueva Visión, 2013


El prefacio a la edición, escrita por el curador Yves Vargas, comienza con unas líneas tan sinceras que ponen en entredicho todo lo que sigue. “Hablar de un filósofo que explica a otro filósofo resulta una empresa paradójica; ¿es necesario explicar una explicación?” (p. 9).  Ya en el tópico de la necesidad ¿Por qué publicar un curso dictado hace cuarenta años? ¿Qué relevancia tiene su contenido hoy? ¿Aporta a las discusiones actuales nuevos elementos, esclarece viejas dudas?

Como es aclarado en la contratapa, “estos cursos de Althusser referidos al Discurso sobre el origen de la desigualdad [escritos por Jean-Jacques Rousseau] fueron dictados en 1972 en la Escuela Normal Superior (calle d’Ulm), en el marco de la preparación para la agregatura de filosofía”.  En lo formal, el volumen está conformado por una pequeña advertencia, seguido por un estudio previo de la pluma del curador de la edición en la forma de un prefacio. Seguido entonces sí por el curso de Althusser, tres exposiciones consecutivas fechadas respectivamente el 25 de febrero, 3 de marzo y 17 de marzo de 1972. Para cerrar con una liviana nota biográfica sobre el francés.

En un panorama mayor, el libro puede colocarse dentro de la iniciativa comercial de las editoriales por hacer público cualquier material asociado a un nombre de ventas probadas que no haya conocido aún prensa. La mano invisible del mercado también debe ser ciega, porque no perdona de este destino ni siquiera a los escritos de sus críticos, entre los que se cuenta Althusser. De ahí las advertencias sobre la transición de formatos que demando la supresión de “algunas vacilaciones en el discurso, repeticiones de una misma palabra y también algunos fragmentos de frases no grabados debido a los segundos necesarios para el recambio de casete de audio” (p. 7).

Estas operaciones no agotan las diferencias entre los formatos, por lo que la lectura debe ser paciente ante las reiteraciones retóricas, propias de la oralidad y más aún del dictado de un curso, pero no de la prosa escrita. A pesar de esto, y más allá de lo comerciales, Vargas expone razones filosóficas para la edición argumentando por su relevancia y lugar dentro de la bibliografía althusseriana.

Este Althusser de sus últimos años intelectuales es muy diferente a la imagen de estructuralista testarudo que se pinta en los cursos universitarios de grado. El más mecanicista dentro de una tradición marxista ya de por sí mecanicista, en la boca de algunos profesores que al simplificar sus ideas hacen un excelente trabajo en disuadir a alumnos de adoptar el materialismo histórico y dialéctico como método de trabajo. Nada más distante al filósofo presente en este texto, quién, por ejemplo, presenta como un camino viable de investigación el intervenir la voz del corazón (p. 66).

Adentrarse en el estudio preeliminar escrito por Vargas antes que detallar los cursos mismos sería entrar de lleno en las problemáticas filosóficas planteadas por Althusser antes de haberlas presentado, por lo que lo dejaremos para el cierre. Aquí sólo diremos del prefacio, en consonancia con la elección arriba tomada, que el compilador utiliza su espacio para discutir con los cursos antes que contextualizaros. O antes que esto, en su descripción de lo dicho por el francés, y en su contextualización, en especial dentro de la trilogía de cursos sobre Rousseau que es completada por los dictados en 1956 y 1966, Yves Vargas presenta su propia tesis sobre el texto. La cual entra en pleno juego con el libro que sigue, y por lo cual llegaría incluso a sugerir su lectura después y no antes de él. Ese es el orden que seguiremos en esta reseña.

Como revela en su primera exposición del 25 de febrero de 1972, la primera operación teórica del francés se presenta como un rescate. Porque Althusser no se interesa por el Rousseau por todos conocido, el “inscripto en la historia de la filosofía por la misma filosofía”. Sus conceptos ubicados cómodamente “entre Locke y Condillac, por un lado, y entre Kant y Hegel, por el otro”. Sino por el otro, que se encuentra debajo. Aspectos de sus razonamientos que al ser ignorados por la Historia de la disciplina, con mayúscula, se transforma “filosóficamente, en letra casi muerta” (p. 42). El aquí presentado es un Rousseau leído entre líneas, y desde el futuro.

Un concepto que toma el centro del análisis es el de origen. Como es opuesto en el texto, un filósofo al borde la modernidad como Maquiavelo pensaba en el hecho a consumar y su comienzo futuro. Mientras que desde el derecho natural se piensa el hecho consumado y su origen. Esta diferencia en el punto de partida tiene que ver con la función del filósofo, que ya no propone lo que debería ser sino que fundamenta y justifica lo que ya es (p. 41).

Pero incluso entre las plumas contemporáneas, la de Rousseau escribe aparte. Mientras todos “los filósofos del derecho natural guardan una posición cercana en tanto y en cuanto todos ellos piensan el origen de manera semejante. Es un hecho consumado y no volveremos más sobre él”. Rousseau se diferencia al ser el “único en pensar el concepto de origen en sí mismo” ¿Qué significa esto?  “Pensar en el sentido fuerte, es decir, no solo utilizar, practicar, manipular, manejar, no solo pensar en el concepto, sino pensar, como decíamos, en sentido fuerte, afrontar el concepto como objeto, afrontar el origen como objeto, hacer un objeto para el pensamiento, el pensamiento bajo la forma de un concepto”(p.46).

Los otros filósofos de su tiempo no pudieron dar con el verdadero origen, señala Rousseau, pues “se mantuvieron encaminados rumbo a los errores ¿Por qué? Porque configuraron un circulo” (p. 48). No pudiendo escapar a las ideas en que estaban inmersos, estos filósofos del derecho natural quedaron atrapados en un circulo de la teoría al caer en “una suposición –en sí misma una presuposición– que era en sí misma una transferencia, una proyección retrospectiva del estado civil (que era el estado presente del hombre civil, del hombre formado por la sociedad y por la historia) al estado natural, al hombre natural, que eran considerados como existentes antes de la historia” (p.49).

Y este círculo sobre el que giran sin poder ver salida los teóricos contemporáneos, Rousseau lo ve inserto aún en un círculo más, “no teórico sin real, a un círculo universal”. “El de la sociedad presente, desnaturalizada, alienada”. Entonces el error circular del falso origen que cometieron los teóricos no debe ser leído como “una aberración subjetiva”, sino antes pensarse como una “racionalidad objetiva”(p. 52).  En un juicio, que suena a Lukács más de cien años antes de su nacimiento, Rousseau denuncia que “las ciencias humanas no solo están atrapadas en el círculo de la alienación, sino que de algún modo son la forma y astucia superior de esta alienación, la que piensa en escapar” (p. 55).

Frente a este estado de cosas, de falsos orígenes y razonamientos atrapados en círculos, el escritor del siglo XVIII, a través del filósofo del XX, propone dar con la verdadera raíz. Lo que el llama “no estado natural, sino estado de pura naturaleza”. Para acceder a él, a pesar de encontrarnos atrapados “en la desnaturalización social y en la alienación teórica”, Rousseau “produce algo nuevo, una facultad apropiada para ese descubrimiento: ya no la razón, sino el corazón”. Una entrada inmediata al mundo de la naturaleza, al mismo tiempo que un escape al “círculo de la razón ‘raciocinadora’” (p. 61). En esta oposición entre la voz del corazón, corazón-voz, contra la razón de la Ilustración, razón-luz, Althusser reconoce no sólo el nacimiento de otro método sino todo un “nuevo objeto filosófico” (p. 66).

En la segunda exposición, del 3 de marzo de 1972, el interesante concepto de la voz del corazón es profundizado. “El recurso del corazón no es en Rousseau solo una palabra; el corazón no es solo una facultad psicológica que se ejercería sobre objetos comunes a otras facultadas, según la modalidad propia de la facultad-corazón”. Sino que es un “poder filosófico, el poder que resuelve las antinomias de la razón y de la sociedad, el poder del origen verdadero” (p. 72). En un giro innovador, Althusser hace a uno de los padres de la razón y prócer del pensamiento moderno hablar sobre todo lo opuesto, sobre “todo lo demás” que es contenido en el origen (p. 75). Plantea un nuevo tipo de génesis, discontinuo e histórico, donde el final no puede ser reducido en esencia al comienzo (p. 81).

El estado de pura naturaleza pensado por Rousseau es entonces la negación de la sociedad, la no-sociedad. El origen como la negación (dialéctica) del resultado (p. 87). Es en este punto donde se hace evidente el interés de Althusser por la obra de su antecesor. Transitar el puente que es la voz del corazón, adentrarse en el “bosque”, otra figura puesta en relieve por el francés, es pensar la relación entre el hombre y la naturaleza, que es también el núcleo duro filosófico del materialismo histórico. Los cimientos sobre los que descansan todas las demás ideas de Marx. En palabras de Althusser, “se puede decir que toda la dialéctica del desarrollo humano está entonces condicionada por la dialéctica de la relación de los hombres con la naturaleza” (p. 94).

Esta lectura de los cursos permite pensarlos (así lo hace Vargas), como una incursión temprana en la expedición mayor de una arqueología de la dialéctica materialista. Volviendo a la filosofía de nuevo por primera vez, excavando por debajo de la “historia de la filosofía [escrita] por la misma filosofía”. Volveremos sobre estas ideas al final, al tratar el prefacio.

En la última exposición, que data de 17 de marzo de 1972, el filósofo profundiza su lectura sobre la construcción y funcionamiento del concepto de “bosque”, y a través de ellos esclareciendo la relación entre hombre y naturaleza, y entre hombre y hombre como es presentada en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad. Un mundo, el del origen, donde los hombres son libres e iguales, gracias a una particular relación entre el hombre y la naturaleza (p. 109). Por detrás siempre, no como fantasma porque la presencia es explicita y explicitada, constantemente presente lo dicho sobre el tema tanto por Hegel como por Marx.

Cuando Althusser copia y pega la imagen pintada por Rousseau sobre un mundo en estado de pura naturaleza, un bosque, donde toda “las necesidades son satisfechas inmediatamente porque son necesidades inmediatas, necesidades físicas” (p. 114), ésta se ve trasmutada por palabras aún no escritas en el siglo XVIII. De la misma manera, el francés hace emanar por entre las líneas del pensador ilustrado la filosofía de la Historia que subyace a su Discurso. Así el bosque, ese origen que nunca tuvo lugar (p. 138), negación de la sociedad, queda configurado como ausencia de tiempo, repetición y sin diferencia (p. 131). El encuentro, lo fortuito es la única forma de acontecimiento en lo natural (p. 129), y la mecánica diametralmente opuesta a la del mundo de Rousseau, ahora ya pasado pero aún presente.

En definitiva, esta es la operación que realiza Althusser en su curso. Romper con “historia de la filosofía [escrita] por la misma filosofía” para escribir otra. Pero esta vez con mayúscula, porque no es una historia de algunas ideas sino la Historia de la dialéctica materialista, que es en definitiva la manera en que opera la misma Historia. Instituir el lugar de Rousseau “el utopista crítico” (p. 140), en la ilustre constelación que lo tiene a Marx en el centro.

 En el prefacio, se habla del juego de interlocutores que se da en lecciones como las que son editadas en el tomo en cuestión. La relación y naturaleza entre las “palabras y expresiones” citadas, o dichas en el espíritu de Rousseau por el orador (p. 21). Incluso ese nivel subterráneo, lo que dijo sin decir el ilustrado, pero que Althusser hace decir al Discurso.

En ese nivel de análisis, el prefacio le agrega aún una arista más a la lectura del libro, un nivel más al juego de muñecas rusas filosófico. Al mismo tiempo que Althusser interpreta a Rousseau, Vargas hace lo mismo. O sea, Vargas lee a Althusser leyendo Rousseau ¿Su cometido al hacerlo? Inscribir la desgrabación de los cursos, que resulta en un texto hasta ahora menor y olvidado, en la genealogía mayor de la genealogía de la dialéctica emprendida por Althusser en sus años tardíos.

A riesgo de perder el interés del lector casual, o incluso el lector crítico no especializado en la filosofía althusseriana, Vargas deposita la importancia de los cursos no tanto en su potencial filosófico crudo, sino que nos permite una mirada intrusa a la cocina intelectual del francés. Nos presenta conceptos e ideas a medio hacer pero que eventualmente serán importantes en cuando resurjan acabadas años luego. Una ecografía de pensamiento no del todo gestado, pero gestación.

De esta manera dentro de las cubiertas de este libro que aquí se vio reseñado se encuentra algo así como un laberinto, o muchos, si es que el lector elige perderse en sus varios niveles. Exposición de ideas de las Rousseau, o lectura althusseriana de las mismas. O prosa filosófica que Althusser construye con palabras de Rousseau cual piezas de rompecabezas. O, incluso, texto de Althusser sobre Rousseau que al ser compilado y editado por Vargas, cobra nueva significancia no por lo que en sí es, sino como escalón perdido en la evolución de las ideas y conceptos que terminarán por madurar en la llamada dialéctica del encuentro. Ninguna de las opciones arriba enumeradas, es correcta porque todas lo son a la vez. En todo caso, las ideas y conceptos del intelectual francés se encuentran en el centro de todos estos los laberintos. Al perdernos en ellos, nos encontramos con Althusser.


* Universidad Nacional de La Plata

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